Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Capítulo 31

La lluvia había cesado durante la madrugada, dejando en el aire ese olor inconfundible a tierra mojada y piedra húmeda que se filtraba por los muros antiguos de la torre como un recuerdo persistente. El amanecer comenzaba a desplegarse con una luz tibia, dorada, que se colaba sin prisa por los ventanales altos, acariciando las paredes de piedra con dedos invisibles. Esa luz suavizaba los contornos del cuarto, hacía brillar los bordes del mobiliario antiguo y convertía la estancia en algo casi irreal, como si el mundo entero se hubiera detenido solo para contemplar aquel momento. La manta doblada al pie de la cama, aún tibia, brillaba levemente bajo aquel resplandor nuevo.

Todo estaba en silencio. No el silencio frío del vacío, sino uno lleno de vida reciente. Solo se oía el leve crujir de la madera al expandirse con el cambio de temperatura y el débil susurro de la chimenea apagada, que aún conservaba un eco de calor. Hasta el castillo parecía respirar distinto, como si supiera que algo había cambiado para siempre entre aquellas paredes.

Bella dormía con Elarion sobre el pecho, su figura acunada por la almohada y la claridad matinal que se deslizaba sobre su rostro. El bebé estaba envuelto en una manta color crema que conservaba el olor del primer baño, entre agua templada y ternura, y el perfume suave que James había elegido para él con manos temblorosas. Un aroma apenas perceptible a lavanda y lino limpio, como un susurro al comienzo de una nueva vida.

Uno de sus brazos lo envolvía con una naturalidad asombrosa, como si ese gesto viniera de un tiempo anterior al recuerdo. Como si su cuerpo ya supiera, desde siempre, cómo sostener ese corazón diminuto sobre el suyo. Su respiración era tranquila, profunda, como si ambos respiraran al mismo compás, como si el universo hubiese dejado de girar solo para mirar ese momento.

Y James...

James no se había movido de su lado desde que todo había ocurrido. Seguía allí, inclinado, con el mentón apoyado en su brazo doblado sobre la cama, los ojos fijos en los dos amores de su vida. Llevaba horas así, en un silencio reverente, sin atreverse a romper esa calma sagrada. Su mirada estaba cargada de algo que parecía paz, pero también vértigo. Como si acabara de tocar el cielo con los dedos y aún no supiera si estaba soñando o si el mundo, de verdad, le había concedido tanto.

Cada tanto, sus pestañas temblaban, y un suspiro salía de su pecho como un rezo mudo. No se atrevía a hablar. Solo miraba.

Miraba a Bella, con su rostro sereno, como si el dolor jamás hubiera pasado por ella.

Miraba a Elarion, con la boquita entreabierta y los puñitos recogidos, dormido como si conociera el significado de la paz absoluta.

Y en ese instante, bajo la primera luz del día, James Potter supo que ya no le faltaba nada.

Porque todo lo que alguna vez había deseado... dormía frente a él.

Los pasos al otro lado de la puerta rompieron el silencio, pero no alteraron la calma del cuarto. Se escuchó un par de golpes suaves, casi como una pregunta en voz baja.

—¿Se puede...? — dijo una voz conocida, apenas un susurro.

James levantó la cabeza, sonrió con cansancio y asintió, aunque ellos no pudieran verlo.

—Sí. Pero en bajito — murmuró.

La puerta se abrió con cuidado. Remus entró primero, con paso lento, seguido de Sirius, Peter y Lily. Ella llevaba un pequeño ramo de flores silvestres en los brazos, envuelto en un paño claro que olía a lavanda y campo recién llovido. El aire fresco del pasillo entró un segundo con ellos, pero se apagó enseguida contra el calor suave de la habitación.

Se detuvieron al entrar. Nadie dijo nada al principio. Solo miraban. A Bella, dormida con el bebé sobre el pecho. A James, sentado al borde de la cama, como si no se hubiera movido en días.

—Merlín... — murmuró Sirius, rompiendo el silencio — Es real.

Remus sonrió suavemente, con esa serenidad suya que a veces parecía más sabia que cualquier libro del castillo.

—Vaya imagen más bonita, ¿no?

—¿Cómo está? — preguntó Lily, con voz queda. Se acercó un poco, aún con las flores entre las manos, como si no supiera dónde dejarlas sin romper algo.

James los miró por fin, sin moverse del todo.

—Están bien. Los dos. Bella está agotada... pero está bien.

—Tú también lo estás — dijo Remus, bajando la voz — Se te nota en la cara.

James soltó una risa leve, sin alegría, pero con ternura.

—No creo que haya dormido en días. Pero míralos... — bajó la mirada hacia Bella y su hijo — No me importa.

—Siempre dijimos que tú eras el que más rápido se enamoraría perdidamente — bromeó Sirius, cruzándose de brazos con una sonrisa.

—Y el que más lo negaría — añadió Peter, provocando una carcajada contenida, casi inaudible, que se disolvió en la quietud del cuarto.

—Y no os equivocasteis — dijo James, sin dejar de mirar a Bella.

—¿Y tú...? — preguntó Remus, con seriedad ahora — ¿Tú cómo estás, de verdad?

James respiró hondo. Miró el fuego apagado de la chimenea antes de responder, como si necesitara ese segundo de distancia para no romperse al hablar.

—El parto... fue intenso. Pero lo que me dio miedo de verdad fue después. Cuando se desmayó. Tardó tanto en despertar... — tragó saliva, su voz se resquebraja un poco — Pomfrey decía que era normal, que su cuerpo estaba agotado, que solo necesitaba descansar... pero yo...

Hizo una pausa. El silencio que siguió fue denso, como si todos contuvieran el aliento junto a él.

—No sabía si iba a volver a oír su voz. Si iba a ver esos ojos. Fue... la espera más ensordecedora de mi vida.

Todos se quedaron en silencio. Incluso Sirius bajó la mirada, perdiendo por un momento cualquier impulso de broma.

—Tú no dijiste nada — susurró Sirius, clavando la mirada en el suelo — Solo saliste con el bebé en brazos y esa cara... como si se te hubiese caído el mundo.




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