Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Epílogo

Eran las cinco de la tarde, y la luz del sol se colaba entre las cortinas de lino, proyectando líneas doradas y suaves sobre la alfombra tejida a mano que cubría el suelo de la habitación. Todo estaba en calma. Afuera, el lago brillaba como un espejo líquido, inmóvil bajo el cielo claro, como si incluso el agua supiera guardar silencio en ese instante sagrado. Los últimos reflejos de la tarde se deshacían sobre la superficie con un temblor leve, casi imperceptible, y el aire que entraba por la ventana tenía el olor limpio de los días tranquilos, mezclado con piedra templada por el sol y un rastro tenue de hierba mojada.

Adentro, el tiempo tenía otra cadencia, una más lenta, más íntima, casi suspendida.

Bella estaba sentada en una butaca de mimbre junto a la ventana entreabierta, dejando que la brisa tibia le acariciara el rostro. Sus pies descalzos descansaban sobre una alfombra mullida, y una manta de lana suave cubría sus piernas hasta los tobillos. La tela del vestido caía en pliegues tranquilos sobre su cuerpo todavía sensible, y su cabello, suelto, le rozaba los hombros con una suavidad casi somnolienta. Tenía a Elarion dormido en brazos, su pequeña cabecita apoyada contra su pecho, respirando con calma, los puños cerrados con fuerza, como si aún soñara con el cálido refugio del que acababa de salir hace tan poco. Y cada vez que suspiraba en sueños, Bella sonreía sin darse cuenta.

James apareció en el umbral sin hacer ruido, con la camisa remangada hasta los codos, el cabello despeinado como de costumbre y una sonrisa suave, de esas que no usaba con nadie más que con ella. Traía en las manos una taza humeante, que dejó sobre una mesita antes de acercarse. El vapor subió lento, perfumando el aire con algo dulce y cálido que se mezcló con el olor limpio del cuarto y el leve aroma del bebé.

—¿Ya se durmió? —preguntó en voz baja.

—Sí —susurró Bella, sin apartar la mirada del bebé—. Hace un rato. Ha sido un día largo.

James se agachó frente a ella, apoyando el mentón en sus rodillas, sus ojos fijos en la carita dormida de Elarion, con una mezcla de asombro y adoración que seguía pareciendo nueva en él.

—¿Sabes que no puedo dejar de mirarlo? —murmuró, sonriendo—. Es como verte a ti... pero en versión diminuta y con cara de que ya está tramando algo.

Bella rió bajito, la risa temblándole en los labios como un murmullo de agua.

—Suena bastante Potter.

—Exacto —dijo James, orgulloso, dándole un beso rápido en la rodilla antes de volver a mirar al bebé.

Por un momento se quedó en silencio, como si lo absorbiera la escena: el eco lejano del castillo, el calor de la luz, la respiración tranquila de Elarion, la paz suspendida en el aire. Cuando levantó de nuevo la mirada, su expresión había cambiado. Ya no era solo ternura. Era algo más hondo.

—¿Estás bien? —preguntó él, con un tono más serio, más contenido, como si la pregunta abarcara más que lo físico.

Bella alzó los ojos hacia él. Tenía ojeras suaves, cansancio en el cuerpo, y sin embargo dentro de sí todo parecía iluminado por algo nuevo.

—Sí. Muy bien. Aunque agotada. Y llena de amor. Es... mucho, James. Todo al mismo tiempo.

—Lo sé, cariño —respondió él, entrelazando sus dedos con los de ella—. Yo siento lo mismo. Como si el corazón no supiera por dónde empezar a latir.

Durante un momento, solo se escuchó el crujido leve de la madera bajo sus cuerpos, las chispas suaves que escapaban de la chimenea encendida al otro lado del cuarto, y el murmullo del viento, que empujaba con delicadeza las hojas de los árboles afuera. La habitación entera parecía respirar al mismo ritmo que ellos tres.

—¿Te acuerdas de cuando me dijiste que no sabías si esto era real? —susurró James, con la mirada perdida un segundo en el rostro de su hijo—. Yo lo pensaba también. Mucho. Pero cuando vi cómo lo mirabas por primera vez... supe que sí. Que esto es nuestro. Que no podía ser un sueño. No importaba cómo había empezado esta historia. Solo que tú y yo la estuviéramos escribiendo juntos. Página a página.

Bella bajó la vista a Elarion, acariciando con la yema de los dedos su cabello finísimo para después colocarlo despacio en su cuna. El bebé emitió un pequeño sonido dormido, se removió apenas y volvió a acomodarse entre las mantitas, protegido por el calor del cuarto y el silencio amable del atardecer. Luego Bella volvió la mirada hacia James, sus ojos apenas brillantes.

—A veces pienso que todo fue tan rápido —dijo con voz baja, como si pensarlo en voz alta lo hiciera más real—. Que no me dio tiempo a procesarlo. Lo de este mundo. Lo nuestro. El bebé... Y, aun así, nunca me sentí perdida del todo.

James la miró con atención, como si grabara cada palabra en la piel.

—¿Y eso por qué crees que fue?

Bella esbozó una sonrisa pequeña, vulnerable.

—Porque estabas tú.

Él tragó saliva, como si las palabras le hubiesen atravesado el pecho. Luego, con una voz apenas temblorosa, pero firme, dijo:

—Y tú estabas para mí. Aun cuando no sabías cómo ni por qué. Y ahora... estás aquí, siendo madre de nuestro hijo, y no puedo pensar en nada que haya tenido más sentido en mi vida.

Hubo un silencio breve, tierno, antes de que Bella dejara escapar una sonrisa suave.

—James... ¿recuerdas el día de nuestra boda?

La pregunta quedó suspendida en el aire como una caricia. James sonrió, nostálgico, y le apretó suavemente la mano.

—Como si hubiera sido ayer —murmuró, apretándole la mano.

Bella dejó escapar una pequeña risa, pero enseguida su expresión se volvió más suave, como si una memoria le hubiera rozado el alma. Miró un momento hacia la ventana, siguiendo con la vista cómo la luz dorada de la tarde se volvía más profunda.

—Fue como si el mundo entero se detuviera —susurró.

James asintió en silencio, dándole espacio para que siguiera.




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