El Ascenso del Príncipe

Prólogo

La oscuridad la envolvía por completo y el aire característico de la noche se hacía más gélido con cada minuto que pasaba, más ella no sentía los efectos del clima sobre su piel. Apoyada en la baranda plateada del largo balcón esperaba tranquilamente la hora idónea para marcharse. La velada fue divertida sin duda, pero ya no tenía mucho más para dar, el plato fuerte había pasado. Sin embargo, aún quedaba una cosa por hacer.

Mantenía la vista fija en el árbol frente a ella, tan alto que sus gruesas ramas casi penetraban al interior del balcón. Con calma sentía las pequeñísimas hojas caer una tras otra, como si de una mágica danza se tratase, como único nuevo entretenimiento. Un bostezo aburrido escapó de sus labios.

Finalmente, un movimiento diferente entre los ramajes captó su atención y no pudo más que sonreír aliviada. Ya era hora.

–Os habéis tomado vuestro tiempo –regañó, mas no se apreciaba molesta.

–¿Nos escuchan? –preguntó él, ignorando sus protestas mientras señalaba hacia el interior de la fiesta.

La joven negó con la cabeza y el hombre se serenó al instante. Era una ofensa que él pensase que no había tenido la perspicacia de encargase. Aunque ya estaba acostumbrada a los desplantes del niñato, un día de estos le contaría una historia diferente. 

Al saberse solos, él se deslizó suavemente de su seguro escondite y, caminando elegantemente por una de las gruesas ramas, se apegó todo lo que pudo al borde del balcón. Lo suficiente para mantener una segura conversación sin la necesidad de saltar dentro. Ambos sabían que podía ser peligroso y, a pesar de las habilidades de la joven, no era bueno tentar la suerte.

–¿Cómo ha ido? –volvió a preguntar el hombre sin ningún tipo de delicadeza, se notaba apurado.

–Pudisteis haber esperado en casa por dicha respuesta –Amaia sonrió, deleitándose con la situación –Esa incesante curiosidad hará que os maten un día.

–Me halaga ver tu gran preocupación hacia mi persona –de no traer la máscara, la joven hubiese podido apreciar la mueca en los labios de Shadow.

–Igual no hay demasiado para contar –ella se encogió de hombros restándole importancia al asunto –Segura estoy de que habéis presenciado la mayor parte, al menos aquella que os interesaba. Si mis cálculos no me fallan en pocas horas tendréis a vuestra humana justo donde la queréis. Felicidades.

–No creas –negó él risueño –Hubiese dado cualquier cosa por ver la cara de esos estirados invitados ante la noticia estrella. Nuestro querido príncipe nunca dejará de sorprendernos.

–Sois morboso mi querido.

Shadow, para nada ofendido, solo se encogió de hombros y Amaia no pudo dejar de apreciar lo guapo y misterioso que parecía, a pesar de no dejar ver prácticamente nada de su anatomía. Él la miró fijamente, con sus ojos verdes refulgiendo emocionados, y ella se percató de algo importante: Aquello que probablemente él había ido a decirle.

–Esto es una despedida ¿verdad?

–Como comprenderás asuntos más urgentes me reclaman –él asintió –Mas espero que volvamos a encontrarnos muy pronto. Hasta entonces lo dejo todo a tu cargo.

–Estoy celosa –Amaia bajó la voz hasta convertirla en un ronco susurro seductor –Hoy he conocido a vuestra humana y puedo decir de primera mano que no sabe la suerte que tiene.

–No estoy seguro de que ella lo vea así –habló él pensativo.

–Lo hará.

–Una cosa más mi querida bruja… –Shadow arrastró las palabras como esperando ver la reacción de la joven ante ese mote que tan poco le gustaba, más ella, sabedora de sus intenciones, mantuvo la calma –Antes he apreciado una escena ligeramente inquietante…

–Imagino que os habrá resultado difícil controlaros –lo pinchó ella en respuesta.

–Claus Vreeland… –masculló él con la mirada perdida, como si meditara algo importante, y seguidamente concentró su máxima atención en la elfa –Durante mi ausencia mantenlo vigilado, presiento que nos dará problemas.

–Como ordenéis “mi señor” –Amaia hizo una exagerada e irónica reverencia y Shadow subió los ojos al cielo.

De repente, un fuerte murmullo creciente hizo que ambos dirigieran su atención al interior del salón de baile. Una sombra que caminaba con pasos fuertes sobre el impoluto suelo de mármol parecía ser la protagonista de tal espaviento. Incluso la elfa se encogió en su lugar ante el aura tan maligna que transmitía. Alguien estaba enojado, muy enojado.

–Vaya… parece que el invitado de honor finalmente ha llegado –Shadow, a diferencia de su acompañante, parecía sin duda complacido.

–Yo que vos no actuaria tan relajado –advirtió ella bajando muchísimo más la voz, no le convenía arriesgarse –Si el rey Idan os descubre no saldréis vivo de aquí. Ni yo tampoco.

–En este momento su víctima es otro –él joven rio ligeramente ante su propia ocurrencia –No me gustaría encontrarme en los zapatos de Alistar. Imagino que la princesa Stacia tendrá pronta compañía.

–Iros –ordenó la elfa sin ser partícipe de su broma, con cada segundo que pasaba su cuerpo se tensaba aún más –Es hora de que regrese.

–Muy bien querida –concedió él comenzando a marcharse, sin embargo, no había dado un solo paso cuando se detuvo –Solo recuerda que, aunque no ande por aquí, me aseguraré de que cada una de mis órdenes sea ejecutada ¿está claro?

–Tened un buen viaje –fue su única respuesta y la sombra la dio por válida.

En tan solo una fracción de segundo, como si allí nunca hubiese existido nada, Shadow desapareció en la oscuridad. Amaia se encontró nuevamente presa de la tranquila soledad del balcón, sumida en sus pensamientos.

Con una sonrisa se atusó su rojo cabello y se reacomodó el vestido. Era hora de regresar. Quizás, después de todo, la velada aún tenía mucho para ofrecerle.



Mary

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En el texto hay: vampiros, principe, romance

Editado: 14.02.2022

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