El Dragón de Nieve.

El Dragón de Nieve.

Bryan, nunca solía estar en casa todo el día. Siempre estaba en el bosque que estaba cerca de la aldea cazando o recolectando frutas para llevar a su casa. Transcurría su octavo año de vida en el año 476 D.C. Vivía en una aldea pequeña con casas hechas de paja y madera, las calles eran de barro y piedra, aunque había tierra dura, esta se aguadaba por la humedad ya que, a un poco más de un kilómetro comenzaba un bioma donde nevaba. Se supone que nunca debía ir ahí por que rondaban manadas de lobos y jabalíes salvajes, que a la corta de edad de Bryan, lo podían hacer pedazos sin ningún problema. Ese día amaneció más cálido que de costumbre, los arboles del bosque goteaban de la ligera capa de nieve que cayó en la noche. Bryan se había levantado tan temprano que tuvo la oportunidad de ver como salía el sol entre el cielo azul, rojizo-morado.

-¿Por qué tan temprano, hijo? –Preguntó su madre mientras se acomodaba a su lado para ver el amanecer juntos.

-No sé, madre. Hoy me eh levantado con más ganas de ir al bosque a cazar, siento que hoy traeré ciervo para cenar –Contestó mientras sonreía.

-Eso espero, hijo. –Se levantó y fue a la pequeña cocina, donde tenían su pequeño horno de barro.

Bryan se quedó mirando un momento más el amanecer antes de que apareciera el sol y lo cegará. Después de eso se levantó y fue a la cocina junto con su madre, quien había preparado huevos duros para desayunar. Rápidamente se comió tres y salió al bosque a cazar.

El bosque era de un verde-café espeso. Las ramas de los pinos tenían grandes mechones de hojas colgando. Todas goteando. Entró al bosque por completo, la penumbra estaba cálida, salía un vapor caloroso de la tierra del suelo y apenas podían entrar hilillos de la luz del sol. Tomó su lanza con punta de hierro firmemente y caminó en posición de ataque. A su lado derecho escucho un crujir de ramas y volteó al instante. De entre las hierbas, salió un conejo gris saltando a toda velocidad, Bryan ni se molestó en intentar tomarlo, él tenía decidido llevar ciervo para cenar. Pasó un rato sin saber de ningún ciervo, Bryan calculaba que había pasado alrededor de dos o tres horas, así que decidió avanzar más deprisa.

No había recorrido más de cien metros cuando mientras observaba por detrás de un árbol un pequeño lago un ciervo salió corriendo a toda prisa hacía delante. Sin pensarlo, Bryan corrió detrás de él. Bryan era veloz y ágil a la vez que muy ligero. Iba detrás del ciervo en todo momento y no le quitaba la vista de encima mientras intentaba apuntarle con la lanza. Lo persiguió por casi veinte minutos. Al toparse de frente con una gran roca pegada a lo que parecía una montaña el ciervo la saltó pero Bryan era muy bajo como para llegar hasta arriba, así que opto por rodearla. Empezó a escalar la montaña por donde el ciervo escalaba con agilidad, varias veces casi resbalaba. Cuando el ciervo subió la cima comenzó a descender por el otro lado y se perdió de vista. Bryan casi llegaba a arriba. Cuando estaba ya en la cima, se dio cuenta de que hacía mucho frio, pues estaba a tan solo unos pasos del bioma donde nevaba.

-No debería ir –Se dijo- Pero... Necesito ese ciervo.

El animal estaba ya debajo de la montaña y corría hacía la profundidad del Bosque Nevado. Bryan se decidió ir detrás de él así que bajo a toda prisa y siguió su rastro de huellas en la nieve. Duró un poco más de una hora siguiendo sus huellas hasta que se detuvieron dentro de una gran cueva. Sin darse cuenta Bryan estaba ya perdido y no sabía dónde estaba. Cerca de la cueva había un matorral de fresas así que se dirigió a él y cortó unas cuantas. Después de eso, entró a la cueva y durmió. Lo despertó un sonido muy grave, parecía una voz. Rápidamente se incorporó y tomó su lanza, entró lentamente al interior de la cueva. La luz del atardecer era muy tenue, la nieve que caía del cielo se tragaba los rayos del sol pero aun así estaba claro adentro. Volvió a escuchar de nuevo ese ruido extraño, esta vez era un quejido muy fuerte y grave. Sentía que el corazón le latía súper rápido. Había una pequeña curva dentro y al cruzarla ahí estaba. Una bestia gigante, con escamas de un blanco más fuerte que la nieve que caía, tenía unas grandes patas traseras y en las delanteras se extendían unos pliegues de piel, alas. Los ojos los tenía de un amarillo miel y del hocico y la nariz salía un humo gris cuando exhalaba. Era de unas 10 veces el tamaño de Bryan, quien media 1.60. Y lo largo de su cuerpo escamudo era de otros 10 metros. Lo cubría un pequeño hilillo de pelaje blanco también, este se notaba más en la cabeza que media al menos 2 metros. El ciervo que Bryan buscaba estaba chamuscado al lado de más huesos de animales a un costado del Dragón.

Al ver a Bryan el Dragón se sobresaltó y empezó a toser mientras se quejaba.

-¿Qué haces aquí niño, y como llegaste? –Dijo el Dragón mientras se quejaba, su voz era ronca y hablaba muy fuerte.



Ulises Drake

Editado: 13.07.2018

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