El Eco de la Cordillera

Delgadez de pluma

Leone despertó con un sabor amargo en la boca, la indignación latente por el comportamiento de la jefa de los sirvientes se manifestó transformando su saliva en aparente veneno. No dejaría pasar un día más sin hacerse cargo de dicho inconveniente —Helio —llamó desde adentro. Al no recibir respuesta, se asomó al exterior de sus aposentos —Por favor toca a la puerta de Kyun, la necesito urgente.

—¿Tocar a la puerta? —preguntó extrañado.

Leone rodó los ojos, había olvidado que en Lunhae no existía la costumbre de tocar la puerta —Me refiero a que vayas a llamar a su puerta.

—Creo que la señorita Kyun todavía no se despierta.

—Oh, claro que lo está —Kyun había aprendido de su madre artes marciales, era una profesional en el manejo de la espada y combate cuerpo a cuerpo, su disciplina la obligaba a levantarse en las madrugadas —Verás que incluso ya se ha arreglado —insistió. Entró de nuevo en su habitación y corrió a colocarse los zapatos de punta redonda y correa dorada, que compartían la misma tonalidad de verde lima que los brocados de su vestido blanco.

—¡Ave, bonum mane! —saludó animada cuando escuchó la puerta abrirse —¿Sabías que en Lunhae cultivan fresas?

—¿Fresas?

—Sí —sonrió —Aunque no crecen de manera nativa casi en ninguna tierra de oriente, con los cuidados adecuados son capaces de prosperar —trenzó su cabello dejando algunos rizos rebeldes sueltos —Helena logró cultivar grosellas en su invernadero, a pesar de que solamente crecen en regiones de Isfrid.

—Claro —habló confundida —Entonces... ¿Quieres cultivar fresas?

—No —respondió pausada —Quiero comerlas.

—Leone no sé si están disponibles en la alacena real. Iré a comprarlas a la ciudad si tanto lo deseas.

—Las cultivan dentro del palacio. El tercer príncipe... ¿Cómo es que se llamaba? —Se tocó la barbilla fingiendo refrescar su memoria —Ah sí, Kairos —enunció observándola de reojo —Él lo comentó. A propósito, no me contaste que él envió la gran cantidad de dulces y platillos nuestro primer día aquí.

—No lo consideré relevante —se aclaró la garganta.

—Para él lo fue, parecía recordarlo muy bien ayer.

—¿De verdad?

Leone alzó una ceja ante el pequeño entusiasmo que transmitía la pregunta.

—¿De verdad vas a exagerar cada mínima cosa? —dijo Kyun tratando de disimular.

—No exagero —entrecerró los párpados —Ve a buscarlas Kyun —señaló con necedad la puerta.

—¿Buscar qué? —respondió de mal modo.

—Las fresas —siguió moviendo el dedo teatralmente —No te enojes, te saldrán arrugas antes de tiempo.

—No estoy enojada —salió refunfuñando con angustia. Si en la cocina no le proporcionaban las fresas, Leone haría demasiadas preguntas que se le dificultaría contestar.

Leone la miró irse, sacó el reloj de mano que escondió en un cajón días atrás y lo observó con detenimiento. Estaba en tan buen estado que parecía nuevo. Esperó que la aguja de los minutos diera dos vueltas enteras y salió del aposento. Se ubicó en el pasillo pasando al lado de Helio, quien siguió sus movimientos con la mirada —Sígueme —movió su dedo índice en señal de que le acompañase —no creo que quieras perderte esto.

El escolta caminó detrás de ella, más por obligación que por deseo. Salieron del anexo y avanzaron hasta el edifico en que la enorme cocina real tomaba lugar. Leone detuvo el paso unos metros antes de llegar, con su agudo oído, recepcionó la conversación que provenía desde adentro.

—Señora Jeong, solo serán unas cuantas fresas — era la voz de Kyun.

—Lo siento jovencita, soy la jefa de la cocina, pero la señora Are Jin es quien manda entre las sirvientas. Por favor hable con el shokan, es el único que puede solucionar esto.

—Tenga por seguro que hablaré con el embajador incluso. Por favor solo por esta vez ¿Podría darme unas cuántas fresas?

—Vaya, el diseño interior de este sitio es tan impresionante como el resto del palacio —comentó Leone accediendo al lugar mientras sus ojos repasaban cada detalle de la decoración —Buenos días, soy Leone de Cartalia —se inclinó ante la servidumbre.

Los presentes, a excepción de Kyun, se quedaron inmovilizados no era ordinario que un noble, o simplemente, alguien con un rango mínimamente superior se reverenciara ante plebeyos. Rápidamente la jefa de la cocina hizo un gesto con la mano, y los empleados se inclinaron ante la hija del archiduque.

—Su excelencia regrese a sus aposentos, en cuanto su desayuno esté listo, se lo llevaré —por el rabillo del ojo, Kyun observó como uno de los sirvientes salía a toda prisa de la habitación.

—¿Qué pasa Kyun? —se acercó a una mesa, sobre ella reposaban en bandejas muchas frutas frescas, instintivamente dirigió su mano hacia una fresa de un rojo puro.

—Su alteza, me temo que no puede tomar de esas frutas —dijo casi en un susurro la jefa de la cocina.

—¿Por qué no?

—Mi señora, por favor retírese, esta cocina no es sitio para usted —insistió Kyun.

—Qué dices, ni que fuera una selva —se giró hacia la jefa de la cocina —disculpe ¿Cuál es su nombre?

—Da Jeong, alteza.

—¿Es casada?

—Sí, alteza.

—Entonces, señora Da Jeong, podría por favor explicarme el motivo por el cuál no pudo tomar alguna de estas frutas.

—Su dieta ha sido decidida e informada a la servidumbre de la cocina, nosotros nos limitamos a seguir órdenes.

—¿Dieta? —enfocó a Kyun y su rostro pálido —¿Por quién? No creo que mi dama de compañía.

La mujer guardó silencio unos segundos, y cuando se disponía a responder, la señora Are Jin accedió a la estancia, a su espalda, el sirviente que había salido momentos atrás, permanecía cabizbaja.

—Buenos días su alteza ¿Qué la ha traído a este humilde lugar? No es apropiado.

Antes de responder, Leone se sacó de la manga semi larga el reloj de mano, observó la hora y suspiró con fuerza —¡Señora Are Jin! Buenos días —el entusiasmo con el que expulsó el saludo era tan fingido, que un director de teatro habría muerto ciego y sordo si lo hubiese presenciado —Estoy conociendo la cocina real.




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