El Noveno Apellido Maldito

Capítulo 10

24 de agosto de 1796: El año del viento.

Después de una larga noche —en donde lo más complicado fue conciliar mi sueño—, nos preparamos para afrontar este nuevo viaje. El recorrido hacia esa ciudad que lograba ver en mi mente. Pero, que Hiliria conocía como la palma de su mano.

Debo de confesar que, al despertar, el ambiente estaba un poco tenso. Hiliria me veía con cierta molestía por haber guardado un secreto de tal magnitud. Parecía molesta por no poder ver a su maestro de la misma manera en que yo lo hice.

—...

—...

Ambos nos manteníamos en silencio. Ninguno se atrevía a dirigirle la palabra al otro… o bueno… yo no me atrevía a hablarle a ella.

Estábamos viendo como se asaban los pequeños cuerpos de unos Ratones de Tierra. Conocidos por ser una de las pocas especies que hace su vida mientras que la luna y el sol logran verse en el cielo.

Hiliria los había cazado hacía unas horas ya, pero, esta vez, pareció recordar cual era mi reacción habitual. Así que, simplemente armó todo el escenario ella sola mientras que yo miraba hacia la pradera.

Los pequeños ratones daban vuelta encima del fuego, esto por la rama de Hylx que Hiliria atravesó por su cuerpo. Yo, como dije anteriormente, solo me centraba en observar lo que sucedía.

Pasaban los segundos, que se sentían tan pesados como la muerte misma.

Hasta, que al fin, Hiliria decidió hablar.

—Comer —. Dijo, mientras quitaba de la rama los cuerpos asados.

La verdad, no se veían para nada apetecibles; pero, era lo único que había para alimentar mi hambre en el momento. De igual manera, no debía de rechazar la comida que me ofrece Hiliria, si quiero que las cosas vuelvan a estar cómodas, debo de centrarme en valorar cada uno de los esfuerzos que ella hace para los dos.

—Gracias. B-buen provecho~ —. Respondí, con un tono tan tímido que hasta llegué a sentir vergüenza de mi mismo.

Hiliria ni siquiera esperó que yo diera el primer bocado, en cuestión de un respiro, ella ya había introducido más de la mitad del difunto animal a su boca, desgarrandola con sus filosos dientes.

Ver como el color de la otra mitad, pasaba de un pobre dorado a un rojo, esto causado por las tripas que salieron a la intemperie por el gran bocado, hizo que mi apetito disminuyera un poco.

Antes de tan siquiera pensar en cualquier cosa, tenía la mirada de Hiliria fija en mí. Observando con aquellos ojos amenazantes. Parecía que, si no le daba aunque sea un pequeño bocado a mi presa, estaría destinado a enfrentar nuevamente su furia.

Tomé un largo suspiro, como si ella en realidad no me estuviera mirando de esa manera. Me prepare, puse mi mente en blanco y di un largo bocado.

El jugo del animal salió una vez que mis dientes aplastaron su cuerpo. El sabor no era lo mejor, la sensación de tener su pelaje rozando mi lengua y sus bigotes chocando con mi garganta, me hizo sentir una enorme repulsión.

Sentía como lo que había comido en toda la semana volvía a subir nuevamente por mi cuerpo preparándose para escapar por el asco que sentía. Pero… Hiliria no lo permitió.

Con un movimiento rápido, llevó su enorme mano a mi boca. El vómito se devolvió por su camino a causa del enorme susto que había dado. Sus ojos, que estaban medianamente abiertos. Ahora, se encontraban rasgados, verdaderamente amenazantes.

—Terminar comer. Hace tarde.

Efectivamente… no me quedó más opción que disfrutar del… delicioso~ manjar que Hiliria había preparado antes de partir…

El sonido de nuestros pasos se mezclaban con el pasto que chocaba a causa de la fuerza del viento.

Había conseguido sobrevivir a aquella prueba. Hiliria no me quitó la mano de la boca hasta asegurarse que me había tragado hasta el último pedazo de carne del animal.

Ella llevaba la delantera, ya no se preocupaba en llevarme en su espalda o tan siquiera caminar a mi lado. Notaba la distancia que, a nivel de fuerza, siempre había existido.

Podía ver una gran molestia en ella. Como si estuviera reteniendo palabras que no quería dejar salir a la ligera. Sus músculos tensos me lo confirmaban, sin duda, era algo que tenía que tomar con suma consideración.

Seguíamos avanzando con paz filosa. El viento arremetía con más fuerza a las pobres flores, fue allí cuando, un pequeño Sapo de Agua, se me acercó a la pierna. La sensación viscosa… pegajosa de su piel… hizo que diera una corta arcada al viento cubriendo mi boca con las manos.

Hiliria, por sus agudos sentidos, logró percatarse de eso. Se volteo con fuerza y se acercó hacia mí con pasos que hicieron temblar el suelo.

Al estar ambos frente a frente. Ella se agachó y tomó al pequeño sapo con sus manos. El pequeño animal, con sus ojos saltones, parecía no comprender la situación en la que estaba; mantenía su vista pegada a la nada.

—Pequeño Axael… ¡Hiliria decir algo!

¿Eh?

Aquella aura de furia contenida, se escabulló al pronunciar sus palabras. Se llevó el sapo hasta cerca de su cara y continuó:




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