Lux no supo en qué momento se quedó dormido.
Lo último que recordó fue el cielo sobre el Nido, oscuro y limpio, con las estrellas tan cerca que parecían cosa de mentira. Despertó con un codo clavándose en sus costillas.
—Arriba, cobarde con huevos.
La voz venía de arriba. Abrió los ojos y encontró una cara inclinada sobre él, con la cicatriz bajo la ceja derecha y una expresión que no era mala, pero tampoco le daba opciones.
Lux miró alrededor. La noche anterior había terminado con él y Soplamuerte y cuatro hombres más tirados junto a la fogata, con las mantas que alguien había repartido sin preguntar. Soplamuerte seguía ahí, boca arriba, roncando con la entrega de quien no tiene deudas pendientes con el mundo. Dos de los otros ya no estaban.
—¿Qué hora es? —preguntó Lux, la voz ronca por el sueño y el licor.
—La de levantarse.
El hombre ya se alejaba. No caminaba rápido, pero sus pasos no esperaban respuesta.
Lux se sentó. El frío de la mañana le cayó encima como agua helada. Se frotó la cara con fuerza, miró sus manos —las muñecas todavía con las marcas rosadas de los grilletes— y se puso de pie con un gruñido.
A su alrededor, el Nido ya estaba despierto.
No de golpe, sino de esa manera que tiene la gente que lleva años en el mismo lugar: gradual, sin órdenes, cada uno sabiendo su sitio. Una mujer cortaba leña con ritmo parejo, el hacha levantándose y cayendo con precisión. Un niño cargaba dos cubos de agua con los brazos extendidos para equilibrar el peso. Alguien sacaba un barril de entre dos construcciones. Una anciana le revisaba los dientes a un caballo con la misma concentración que si le leyera el futuro.
El de la cicatriz apareció de nuevo a su lado.
—Aquí todos hacemos algo —dijo, mirando al frente—. No hay quién venga a pedirte que lo hagas. Solo pasa.
Lux lo miró.
—¿Qué me toca a mí?
El hombre bajó la vista hacia sus manos, las de Lux, con el ojo de quien ha visto muchas manos y sabe lo que dicen.
—¿Has cargado sacos? ¿Trabajado la tierra?
—Toda mi vida.
—Bien.
Lux cargó sacos hasta que los hombros le ardieron. Después partió leña, el hacha mordiendo la madera con golpes secos que resonaban en el aire fresco. Después ayudó a un hombre viejo a subir un barril a una plataforma que crujía bajo el peso. Nadie le dio las gracias. Nadie lo trató con la desconfianza de los primeros días en un lugar nuevo. Lo dejaron trabajar, que era lo mismo que aceptarlo.
Era la primera mañana en días que no empezaba a golpes ni con alguien apuntándole algo.
Cuando el sol subió lo suficiente para calentar la piel, el de la cicatriz le trajo una taza con agua fresca y se sentó a su lado sobre el tronco que Lux estaba usando de banco. Le echó un vistazo a los sacos que había movido.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Lux de nuevo, tal vez ahora habría más suerte.
El hombre tomó un sorbo.
—Don Filarti —una pausa—. Aunque nadie me llama completo. Solo me llaman Don.
—¿Por qué?
—Porque Don Filarti es un nombre horrible. Y si unes las letras de otra forma dicen “Infiltrado”.
Lux se rio sin pensarlo. Don no cambió la expresión, pero algo alrededor de sus ojos se relajó un poco.
—¿Este lugar tiene nombre? —preguntó Lux.
—Nosotros le llamamos el Nido. Para el reino y la gente honesta no existe.
Lux miró alrededor. Las construcciones torcidas, los tendederos con ropa raída, los niños ya correteando entre los adultos, el olor a leña, carne asada y algo que podía ser pan si uno era optimista.
—¿Quiénes son toda esta gente?
Don bebió otro sorbo, despacio, como si la respuesta necesitara un momento antes de salir.
—Todo lo que el Rey no quiere. Marcados que escaparon de alguna forma. Desertores. Gente de pueblos que la cosecha, los impuestos y el mismo poder arruinó y no tenía a dónde ir —bajó la taza—. Y los que simplemente no cabían en ningún lado más.
Lux entendió eso. Cada parte.
—¿Y el Sumo Vidente?
Don le echó un vistazo de costado.
—El anciano lleva aquí más tiempo que las colinas. O eso creen muchos. Cree en los dos dioses. En ambos y en ninguno al mismo tiempo, según el día —una pausa—. Pero sobre todo cree en lo que dicen las escrituras. Las de los Innombrables y las del Que Ve y Marca.
—¿Qué dicen?
Don no respondió de inmediato. Miró su taza.
—Que vendrá un marcado de sombras. Que ese marcado va a acabar con el Rey y con sus espejos y con todos sus marcados. Que el reino va a cambiar de forma o va a desaparecer —una pausa—. El Sumo Vidente según cuenta lleva años esperando eso. Y por eso no muere.
Lux no dijo nada. Sostuvo la taza con las dos manos y miró hacia el fondo del Nido, hacia la cabaña donde estaba el anciano.