Mila no supo en qué momento dejó de fingir que dormía.
Los niños de alrededor se levantaron uno por uno con la misma naturalidad con que el Nido hacía todo: sin que nadie lo pidiera, porque era la hora. La niña de la cicatriz en la frente le dijo su nombre antes de irse —Bisca, que no era nombre sino un apodo, aunque a ella no parecía importarle— y le señaló con el mentón hacia donde estaban preparando la comida de la mañana.
Mila ya estaba sentada en el suelo junto a una fogata pequeña, desayunando con Bisca, una niña de su edad que tenía los ojos bizcos y el cabello largo y trenzado en varios mechones. La pequeña le pasaba un pedazo de pan duro y Mila lo aceptaba con timidez, pero comía.
Aun así, Mila seguía comportándose como niño por costumbre. Cuando Bisca le preguntó si era niño, Mila asintió con la cabeza sin dudar. La otra niña le creyó sin problema. Mila, a pesar del miedo que aún le apretaba el pecho, mantenía la fachada que sus padres le habían enseñado durante años. Era su forma de sobrevivir.
Desde lejos, Mila notó que Lux también la buscaba con la mirada. Cuando sus ojos se encontraron, ella le dedicó una sonrisa pequeña y valiente. Lux le devolvió el gesto. Mila notó que Lux se veía… casi feliz en este lugar a pesar de cómo habían llegado. Había trabajo, gente, movimiento. Para alguien que siempre había soñado con salir de Coatzaca, el Nido tenía un extraño atractivo. Pero Mila seguía creyendo, en el fondo, que ambos escaparían de este lugar y que él la llevaría de vuelta con sus padres.
Llamas llegó cuando todavía masticaba. No la saludó. Solo le hizo un gesto seco con la cabeza de que la siguiera.
Mila dejó el plato.
La llevaron al otro lado del Nido, a un área algo más despejada donde alguien había limpiado el suelo con intención, aunque sin mucho cuidado. Soplamuerte estaba allí. En pie, con los brazos cruzados, mirando el suelo con la expresión de quien está en un lugar donde no quiere estar y ha decidido que eso es problema de todos los demás.
Tenía resaca. Era visible en sus ojos inyectados y en la forma en que apretaba la mandíbula.
—Niña tonta —dijo, sin mirarla—. Ponte ahí.
Señaló un punto en el suelo con el pie. Mila fue.
—Llamas me dijo que eres de viento —Soplamuerte la miró por primera vez. Sus ojos le hicieron un recorrido rápido y poco generoso—. Eres pequeña, ya veo por qué te dijeron que te portaras de niño.
—Tengo ocho años.
—Ya lo sé. Igual eres pequeña.
Mila apretó la mandíbula.
—¿Has hecho algo con la marca? —preguntó él.
—Sí. Por accidente.
—¿Qué hiciste?
Mila lo pensó. En el Paso, algo había empujado. No sabía si eso contaba.
—Empujé aire.
—¿Empujaste “aire”? —La repitió con el tono específico de quien imita algo para dejarlo en ridículo—. Madre de los dioses. Pónte ahí y no te muevas.
Mila se quedó dónde estaba.
—Bien. Viento tiene muchos estilos posibles —se acercó a ella.
—¿Cuáles? —preguntó Mila.
—¿Crees que soy un maldito maestro de marcas? —dio una pausa—. Eres muy estúpida.
Empezó a enojarse por tener que recordar lo que le habían enseñado en los orfanatos de marcados.
—Los que yo recuerdo son más de diez —movió la cabeza como si le doliera recordar eso—. Ahora me vas a demostrar eso que dijiste de empujar aire. Sin accidente. A propósito.
Mila lo miró.
—No sé cómo.
—Ya sé que no sabes. Por eso estamos aquí —se cruzó de brazos, cada vez más fastidiado—. Siéntelo. Está en ti, no en el aire de afuera. El de afuera solo lo lleva. Inténtalo.
Mila intentó. Cerró los ojos. Buscó algo en el interior del pecho que no sabía cómo describir. Como buscar la llave de una puerta que no había abierto nunca.
Nada.
—Nada —dijo.
—Lo sé. Tu cara lo dice. Inténtalo de nuevo.
Mila intentó de nuevo.
Esta vez algo se movió. No grande. Un espasmo, como cuando se estornuda sin llegar a estornudar. El aire levantó un poco de tierra y la volvió a dejar caer.
Soplamuerte la miró. No dijo nada por un momento.
—Eso fue horrible —dijo al final—. Pero fue algo. Repítelo.
Mila lo repitió. Y después otra vez. Y después Soplamuerte le dio un golpe en el hombro, no fuerte, pero real, y le dijo que lo estaba haciendo mal con todo el cuerpo y no con la marca, y que eso era la diferencia entre moverse por el viento y ser movida por él. Mila no entendió del todo, pero intentó ajustarse. El golpe siguiente le llegó en la pantorrilla.
—Concéntrate.
Mila apretó los dientes.
La siguiente ráfaga movió su propia ropa.
Soplamuerte la miró con la cabeza levemente inclinada.
Frunció el ceño.
—¿Estás segura que antes de la cosecha nunca habías hecho algo? —preguntó.