El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 23: ORDENES DEL REY

La carta llegó esa misma noche al cuartel de Batallador. Unas horas antes de que Ramos, 22 y Saúl regresaran.

No llegó de la manera dramática en que suelen llegar las malas noticias, con un portador tembloroso y cara larga. Llegó enrollada en la espalda de un águila mensajera más veloz que la anterior, sellada con cera negra. A simple vista se parecía al correo rutinario que llegaba cada semana con instrucciones triviales. Pero el sello lo distinguía de todo lo demás: la corona con los tres círculos entrelazados, marcada en la cera con una presión tan fuerte que dejó el relieve perfecto, como una herida fresca.

Ramos la leyó solo, de pie junto a su mesa, con la antorcha a sus espaldas proyectando su sombra larga y temblorosa sobre la pared de piedra.

La leyó una vez. Luego la volvió a leer, más despacio, porque a veces las malas noticias tienen la costumbre de empeorar en la segunda lectura.

Y empeoraron.

El documento informaba que en los próximos días llegarían al cuartel tres marcados: uno de tierra, uno de metal y uno de rayo. Junto a ellos, doscientos hombres. Del cuartel, y con esos refuerzos, partirían hacia un punto marcado en el mapa adjunto: coordenadas precisas, camino señalado con líneas rojas, terreno descrito con la frialdad de quien ya ha enviado gente a morir en él y no encuentra razón para emocionarse.

La orden era simple.

Matar a todo el que encontraran en ese lugar.

Con dos excepciones.

La primera: la marcada originaria de Coatzaca. Seguramente hablaba de Mila, pensó Ramos. La segunda: un hombre con una cicatriz bajo la ceja derecha, que llevaba tiempo infiltrado en el objetivo y debía ser extraído con vida. Los retratos de ambos serían enviados en unos días para ubicarlos.

Ramos dobló el papel con cuidado y lo dejó sobre la mesa. Luego lo volvió a tomar. Luego lo volvió a doblar, con más lentitud esta vez, como si el papel tuviera la culpa de lo que decía.

Había otro documento dentro del sobre. Más corto.

Ordenaba que él mismo eligiera los hombres necesarios y los enviara a Coatzaca antes de la fiesta patronal de los Innombrables con el pretexto de cuidar sus vidas por lo ocurrido en el Paso. El pueblo se había vuelto un problema. El Rey creía que el alcalde y su gente llevaban meses apoyando a los rebeldes, y tenía razones para pensar que eran los responsables de lo sucedido en el Paso de las Espinas.

La orden era quemarlo.

El pueblo entero. Durante la fiesta, cuando la gente estuviera reunida. Y a los que salieran corriendo, matarlos también.

Ramos puso los dos documentos sobre la mesa y los miró durante un momento largo.

Luego apagó la antorcha.

Se quedó de pie en la oscuridad, con el papel bajo la mano, y no dijo nada. No había nadie a quien decírselo. Y aunque hubiera habido alguien, no habría sabido bien por dónde empezar.

Afuera, el cuartel de Batallador seguía su noche con la indiferencia de quien no sabe lo que viene. Guardias en las esquinas, fogatas bajas, el sonido lejano de alguien afilando una hoja contra piedra, rítmico y constante, como un reloj.

Ramos volvió a encender la antorcha.

Puso los papeles en el cajón. Los cerró con llave.

Y fue a descansar y prepararse para lo que seguía.

Sabía que estas eran órdenes directas del Rey. No estaba allí para juzgarlas, ni para cuestionarlas. Su deber era obedecer. Siempre lo había sido. El peso de esa certeza le cayó sobre los hombros como una armadura demasiado pesada, pero familiar. Se sentó en el borde de su camastro, miró la pared de piedra desnuda y respiró hondo. Mañana empezaría a elegir hombres. Mañana empezaría a preparar la muerte de un pueblo entero.

Ramos cerró los ojos, pero el sueño tardó en llegar. En su mente solo veía fuego, cuerpos corriendo y el sello real brillando como una sentencia de muerte.

No había lugar para la duda. Solo para la ejecución.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 08.06.2026

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