El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 24: FUTURO DE CENIZAS

Ramos durmió muy poco.

Pasó lo que restaba de la noche sentado en la silla de su despacho con los ojos mirando el estandarte del reino y un mapa al lado del mismo. La antorcha se consumió sola. Él no la reemplazó. Cuando la oscuridad llenó el cuarto, dejó que se quedara, porque había algo honesto en estar en la oscuridad con una orden que pedía matar a un pueblo entero durante la fiesta de sus dioses.

Antes de que saliera el sol fue a buscar a Veintidós.

La encontró en el área de los marcados. Sola en toda esa sección grande y fría, sentada en un banco de madera con los codos sobre las rodillas, ajustándose las correas de la armadura ligera con una lentitud mecánica que no tenía nada que ver con el cuidado y sí mucho con alguien que necesita tener las manos ocupadas. Cuando Ramos cruzó el umbral, ella no levantó la vista. Pero sus ojos rojos ya lo habían registrado desde el primer ruido de bota sobre piedra.

—Subcomandante —dijo. La voz intentando ser normal¬—¿Qué trae aquí tu anciano trasero?

Ramos no saludó ni contesto. Se acercó hasta que sus sombras se juntaron en la pared y, sin preámbulo, sacó la carta del Rey y se la tendió.

El papel crujió al cambiar de mano. Ese sonido seco fue lo más ruidoso del cuarto.

Veintidós leyó. Sus dedos, cruzados por cicatrices finas que el fuego le había dejado en años de entrenamiento, recorrieron el sello antes de estirar la hoja, como si el tacto pudiera adelantarle lo que decían las palabras. Luego sus ojos bajaron por la hoja línea a línea, con la concentración de quien lee órdenes y no noticias. Ramos la observó. Notó el momento exacto en que la mandíbula se tensó. Notó cuando los músculos del cuello se marcaron como cuerdas bajo la piel. Notó que los ojos empezaron a brillar, el rojo más encendido, con ese fulgor que ella siempre había tenido cuando el calor interno superaba la temperatura de lo razonable.

La mano con el papel cayó a su costado.

—¿Quemar el pueblo? —La voz salió baja. La palabra "quemar" llevaba algo adentro que no era solo indignación: era el calor literal de alguien que conoce el fuego desde los huesos—. Ramos. Estuvimos allí. Hablamos con esa gente. Les dijimos que les traeríamos a sus hijos.

—La niña tiene que ser capturada, no ejecutada —dijo Ramos—. Eso sigue en pie.

—¡Pero el resto sí! —El grito de Veintidós rompió el cuarto de golpe. Se puso de pie y el banco de madera raspó el suelo de piedra hacia atrás. La temperatura subió de manera perceptible; una esquina del altar de madera del Dios Que Ve y Marca, cerca de donde ella había estado sentada, la vela que estaba encendida empezó a moverse—. ¡Es un matadero, no una misión! ¡Están reunidos en su fiesta, bailando, comiendo, sin armas! ¿Qué rebeldes, Ramos? ¿El alcalde con sus herramientas de labranza? ¿Los padres de la niña rezando a los Innombrables porque esperan que su hija regrese?

Ramos no retrocedió ante el calor. La miró. Cuando habló, lo hizo bajando la voz hasta casi nada, que era lo más peligroso que podía hacer con esa voz.

—Aquí puedes gritar. Conmigo puedes ser humana un momento. —Una pausa—. Pero si muestras esto frente a los hombres, si dejas que un gramo de lo que sientes ahora se te vea cuando estemos en Coatzaca, te trataré como traidora. No habrá advertencia. No habrá conversación. Te ejecutaré yo mismo.

Veintidós lo miró. El humo le salía entre los dedos cerrados.

—Lo sé —dijo ella, sin suavizarlo—. Sé que lo harías.

—Entonces límpiate la cara y ajusta esa cota.

Salieron al patio.

El patio recibió el amanecer con la indiferencia de siempre: guardias cambiando turno, el sonido de los cubos de agua en el establo, el olor a leña húmeda de las cocinas. Los treinta hombres formaron cuando Ramos salió al centro. Lo hicieron rápido, con esa precisión nerviosa que tiene la tropa cuando nota que algo viene.

Saúl ya estaba en su lugar, tercera fila, el lado derecho. Tenía la mirada de siempre: tranquila en la superficie, leyendo todo por debajo. Notó la cara de Ramos. Notó la de Veintidós, dos pasos detrás del subcomandante, los ojos fijos en algún punto entre la primera fila y el horizonte.

—Atención. —La voz de Ramos no necesitó subir. Las paredes la recogieron solas—. El entrenamiento rutinario queda suspendido. Iniciamos maniobras de combate especializado: emboscada, entrada a estructuras, muerte rápida, persecución en campo abierto. Y quema controlada.

El silencio cambió de textura. Nadie se movió, pero algo se tensó colectivamente.

—En los próximos días partimos hacia Coatzaca. El pueblo ha sido infiltrado por elementos rebeldes que desafían al Rey. No vamos a parlamentar. Elegiremos hombres para instrucciones específicas. Los demás: aceite, brea, espadas afiladas. Quiero que eso sea lo único en lo que piensen hoy.

Nadie habló. La formación se sostuvo.

Ramos los dejó así un segundo más, como quien deja que las palabras se asienten, y luego dio media vuelta.

—Rompan.

La jornada fue larga.

Saúl pasó la mañana practicando entradas: una puerta ficticia marcada con estacas, un ocupante representado por un saco de paja, la orden de neutralizar antes de que el saco pudiera gritar. Lo hizo bien. Lo hacía siempre bien, y eso no le daba ninguna satisfacción.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 08.06.2026

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