El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 25: EL TORPE

La primera vez que Saúl mató a alguien tenía diecisiete años y fue un accidente que ninguno de los dos supervisores de la práctica quiso llamar accidente, porque hubiera implicado admitir que estaban enseñando a adolescentes a ser demasiado buenos.

La segunda vez tenía diecinueve y fue en serio.

Para la tercera ya había perdido la cuenta.

Sonalia era ese tipo de lugar.

***

El pueblo fronterizo aparecía en los mapas del reino porque ignorarlo hubiera sido una mentira demasiado grande para cualquier cartógrafo con un mínimo de honestidad. Ahí estaba, marcado con un punto pequeño, sin el adorno de los nombres más ilustres, sin el símbolo que indicaba presencia militar significativa. Solo el nombre: Sonalia.

Lo que los mapas no dibujaban eran los burdeles. Los fumaderos de Huarimana, esa planta que olía a tierra mojada y te enganchaba tan limpio que la primera vez uno ni se daba cuenta de que ya estaba enganchado. Las plazas de distribución donde los Hijos de Sonalia movían mercancía con la misma naturalidad con que en otros pueblos se vendía maíz o las ratas andaban como si nada. La red de calles donde cada edificio tenía dueño, y ese dueño no le respondía a ningún sello real.

Los Hijos de Sonalia llevaban décadas operando así. No porque el reino no lo supiera. Sino porque el reino había calculado, en algún momento que nadie documentó, que era más barato dejarlos funcionar que pagar el precio de aplastarlos.

El cuartel que el rey mantenía en Sonalia era una anomalía dentro de esa lógica, pero una anomalía útil. No era como Batallador. No tenía formaciones al amanecer ni reglas escritas en las paredes. Era una fortaleza llena de hombres sin marca, todos con nombre en los registros del Distrito Mexa, entrenados para una sola cosa: el trabajo de cuerpo a cuerpo con una obsesión que los convertía en algo que Saúl, describía como máquinas que sangraban.

El cuartel de Sonalia no formaba guerreros. Formaba depredadores.

El entrenamiento era casi exclusivamente sigilo, muerte silenciosa, espionaje. No había espacio para marcas ni para el tipo de combate abierto que enseñaban en otros cuarteles del reino. Aquí se aprendía a entrar a una habitación sin hacer ruido. A leer la respiración de un hombre dormido para saber si en realidad duerme. A degollar a alguien de tal manera que el cuerpo tarda tres segundos en caer y durante esos tres segundos, si uno tiene cuidado, no hace ningún sonido.

Era un entrenamiento pensado para las luchas contra los Hijos de Sonalia y organizaciones como ellas. Gente que no peleaba en campo abierto, que no usaba uniformes, que se escondía en los propios pueblos que controlaba. Contra eso, la espada larga y el escudo eran inútiles. Contra eso hacía falta alguien que pensara como ellos.

Saúl aprendió todo eso antes de aprender a afeitarse.

***

Su padre era teniente del cuartel.

Un hombre de hombros anchos y pocas palabras, de los que llenan una habitación con cruzar el umbral. Saúl lo admiró durante años con la intensidad ciega de los hijos que todavía no han aprendido a ver defectos. Su padre sabía moverse. Sabía leer una situación antes de que la situación se declarara. Sabía callarse en los momentos exactos en que callarse era más peligroso que hablar, y aun así lo hacía.

Lo que no sabía hacer era seguir las reglas que él mismo imponía a los demás.

Los soldados del cuartel de Sonalia no podían tener familia. Era una norma que existía por razones que todos entendían: si alguien con información sensible tenía familia en un lugar así, los Hijos de Sonalia, o cualquier organización con dos dedos de frente, usaba esa familia para tenerlo controlado. La familia era una deuda. En Sonalia las deudas se cobraban tarde o temprano.

El teniente sabía todo eso.

Una noche se llevó a una chica de uno de los burdeles de los Hijos.

No fue un acto de violencia. Fue algo peor: fue una decisión. La mujer nunca dijo su nombre en voz alta, o si lo dijo fue solo con él, en esa casa pequeña de las afueras donde el teniente la instaló lejos del burdel, lejos del cuartel, lejos de todo lo que tuviera ojos. Era callada. Tenía manos delgadas y una manera de mirar que era hacia adentro más que hacia afuera, como alguien que ha aprendido a vivir sobre todo en su cabeza porque el mundo de afuera no le ha dado muchas razones para quedarse en él.

Allí vivieron como si el mundo no supiera que existían.

El mundo sabía.

En el cuartel de Sonalia ese tipo de cosas se sabían desde el primer día. Los hombres que vivían así conocían cada movimiento de sus superiores, cada deuda, cada debilidad. Era la única moneda que valía en ese lugar. Pero mientras el teniente fuera útil, mientras nadie tuviera interés en usar esa información, el silencio era más conveniente que el escándalo.

Tuvieron a Saúl un invierno más frío que los anteriores.

El teniente no estuvo en el parto. Supo que había nacido de noche, por el recado de un chico del mercado. Fue a verlos antes del amanecer, estuvo menos de una hora, volvió al cuartel. Le puso Saúl porque era el nombre de un soldado en un libro viejo de registro militar: un hombre que había muerto matando a docenas de rebeldes en una guerra que nadie ya recordaba bien, y que algún oficial con tiempo libre había consignado como héroe en las páginas polvorientas del ejército. El teniente leyó ese nombre una tarde y pensó que sonaba a alguien que sabe hacer lo que tiene que hacer.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 08.06.2026

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