Saúl regresó al cuartel con los pies pesados y la cabeza más pesada aún. El portón de madera crujió cuando lo empujó, y el sonido se disolvió de inmediato entre el estruendo del patio: espadas de entrenamiento chocando contra escudos, cuerpos cayendo sobre tierra apisonada, voces de instructores que ladraban órdenes con la monotonía cruel de quien ya no necesita convencer a nadie. El aire olía a sudor, cuero viejo y tierra removida. A Saúl no le molestaba ese olor. Era el olor de las horas que pasan sin dejar rastro, y eso, al menos, era algo.
Ramos y Veintidós ya estaban en el patio. Los soldados se movían en formaciones que se rompían y volvían a armarse como huesos que alguien fracturaba y reponía una y otra vez, metódicamente, hasta que el cuerpo aprendía a no romperse. O hasta que ya no importaba si se rompía.
Ramos se acercó a él antes de que pudiera perderse entre las filas. Lo miró de la misma manera en que miraba todo: analizando.
—Ve a descansar unas horas —dijo—. Luego te integras.
Saúl negó con la cabeza. Un movimiento lento, casi imperceptible.
No era que no necesitara dormir. Su cuerpo lo sabía y lo pedía con ese dolor sordo que se instala entre los omóplatos y detrás de los ojos cuando llevas demasiadas horas despierto cargando cosas que no se pueden soltar. Pero si cerraba los ojos, lo que había visto en el Paso de las Espinas, lo que recordaba de Sonalia y las palabras del padre de la niña, volvería. Eso era lo que siempre pasaba. Las imágenes no esperaban al sueño; se quedaban grabadas en el interior de los párpados como marcas de brasa que nadie apagó del todo.
Prefería el dolor físico. Siempre era más fácil lidiar con él.
—Solo déjeme echarme agua a la cara, subcomandante.
Ramos asintió sin decir nada más. Ese era su lenguaje: pocas palabras, mucho peso.
Saúl fue a los lavaderos, llenó sus manos con agua fría y se la arrojó a la cara con fuerza, como si pudiera lavar algo más que el polvo y el cansancio. El agua escurría por su cuello, se colaba entre el cuero del arnés, fría y sin piedad. Cuando levantó la vista, su reflejo lo miraba desde la superficie oscura del agua: los mismos ojos cansados, las mismas sombras que no venían del sueño sino de lo que ya no podía olvidar.
Volvió al patio.
* * *
Las horas siguientes fueron iguales al día anterior: movimientos repetitivos, golpes contra muñecos de paja que crujían con un sonido húmedo y desagradable, formaciones que se rompían y volvían a armarse bajo el sol de mediodía. A Saúl le ardían los brazos. Las palmas le sangraban levemente por las ampollas viejas que el entrenamiento había vuelto a abrir, pero no se detuvo.
En Sonalia no te enseñaban eso.
En Sonalia te enseñaban a moverte en oscuridad total sin hacer ruido, a calcular cuántos pasos separaban una puerta de un cuerpo dormido, a distinguir cuándo alguien roncaba de verdad y cuándo fingía. Te enseñaban cómo se sentía el momento exacto en que alguien dejaba de luchar, ese instante breve y horrible en que el cuerpo acepta que ya no hay salida. Te enseñaban a correr detrás de alguien que huía, a sentir la diferencia entre el miedo que da velocidad y el miedo que paraliza, y a actuar antes de que la víctima eligiera cuál tenía.
Te enseñaban a quemar casas.
Eso era lo que Saúl recordaba con más nitidez, aunque se esforzara por no hacerlo. El olor de la madera cuando empieza a arder: primero seca y dulce, luego amarga, luego algo que ya no tiene nombre. El sonido que hace una puerta cuando alguien la golpea desde adentro. Puños primero, después antebrazos, después el cuerpo entero lanzándose contra la madera que no cede porque alguien, afuera, se ha asegurado de que no ceda. El instructor decía que no miraran hacia atrás. Decía que el fuego era una herramienta como cualquier otra. Decía que el trabajo era el trabajo.
Saúl había aprendido a no mirar hacia atrás. Pero los sonidos se quedaron, almacenados en algún lugar del cerebro, y salían en los momentos menos esperados: en el silencio antes de dormir, en el olor de una hoguera común, en el crujido de cualquier puerta en la oscuridad.
No quería volver a pasar eso. Nunca más.
Y sin embargo, lo que se avecinaba en Coatzaca era exactamente eso.
Fue durante una pausa del entrenamiento cuando Ramos pasó a su lado, caminando despacio, con las manos a la espalda. No lo miró de frente. Solo habló con esa voz baja y precisa que no necesitaba volumen para llegar.
—No me había percatado de que eres muy bueno en el sigilo —murmuró, los ojos fijos en el resto de los soldados—. Y cuando se trata de matar por detrás.
Hizo una pausa. Saúl no respondió.
—Ahora entiendo por qué eres malo en las demás cosas.
Era lo más parecido a un cumplido que Ramos era capaz de hacer. Saúl asintió apenas. Eran muy pocos los de rango que sabían lo que realmente se hacía en el cuartel de Sonalia, así que era de esperarse que Ramos no conociera sus habilidades. O eso creía Saúl.
* * *
Pasado el mediodía, el comedor se llenó con el ruido de bandejas y conversaciones que nadie terminaba. Saúl tomó su ración sin mirar qué era y caminó directo a la mesa de los marcados: más alejada, más silenciosa, cercana a la zona donde comían los de alto rango.