El renacer del señor de las sombra

CAPITULO 27: TALENTOS DISTINTOS

El sol caía de lado sobre el Nido, tiñendo de ámbar sucio las paredes de piedra y los techos de paja. Lux pasó el día moviéndose entre tareas: acarreando agua, apilando leña, fregando vasijas de barro que olían a comida. Sus manos, que había soñado empuñando una espada frente a las murallas de la capital, ahora olían a jabón.

Cada vez que levantaba la vista, se preguntaba qué demonios hacía ahí. Había soñado con salir de su aldea con un propósito claro, una imagen grabada en el pecho como una cicatriz: llegar a la capital, convertirse en algo, en alguien que valiera. Y en cambio estaba aquí, en este nido de ladrones y niños salvajes, cargando cubos. Él había salido como prisionero del reino y había llegado aquí como prisionero de rebeldes. Eso no lo olvidaba.

La fatiga se instalaba en sus hombros en oleadas, pero había algo más debajo de ella. Una calma extraña, casi molesta, como si una parte de él ya hubiera aceptado este lugar sin pedirle permiso al resto. La rechazaba cada vez que su mente le recordaba sus sueños.

De Llamas, ni rastro. Del anciano al que todos llamaban Sumo Vidente, tampoco. Era como si ambos se hubieran evaporado con la mañana.

Lo único constante era Don, siguiéndolo con esa tranquilidad perezosa de quien no tiene ningún apuro en llegar a ningún lado.

Desde el otro extremo del Nido, a intervalos irregulares, llegaban los gritos de Soplamuerte. Lux giraba la cabeza sin querer cada vez que escuchaba uno, buscando a Mila entre la distancia y el polvo. La veía moverse, caer, levantarse. Nada que exigiera intervención. Al menos eso se decía.

Cuando la tarde empezó a deshacerse y el calor dejó de pesar, Don y él se dejaron caer sobre un tronco grueso que alguien había colocado como asiento cerca de los límites del campamento. Sin que nadie lo pidiera, dos niños se acercaron con jarrones de barro y los dejaron a sus pies antes de desaparecer en silencio.

Lux tomó el suyo. El agua estaba fría, casi demasiado fría para el calor que hacía. Bebió despacio, mirando el horizonte que empezaba a enrojecerse.

—Oye, Don.

Don giró la cabeza.

—¿Qué eras antes de esto? ¿Cómo terminaste aquí?

Don no respondió de inmediato. Tomó el jarrón con ambas manos, bebió de un solo trago largo, dejó que el agua le escurriera por la comisura y cayera al cuello. Después se vertió el resto sobre la cabeza. El líquido le oscureció el pelo y le corría por la frente en hilos delgados.

—Soy... —marcó esa palabra como si todavía importara— comerciante. De Huarimana, traído del mero Sonalia.

Sonrió cuando dijo el nombre. No la sonrisa de quien cuenta algo gracioso, sino la de quien recuerda algo que quedó lejos y que ya no puede alcanzar.

Lux frunció el ceño. Huarimana no le decía nada. Sonalia lo había escuchado mencionar de pasada, en conversaciones a media voz entre soldados de cosechas anteriores que hablaban sin cuidado.

Don lo notó antes de que él dijera nada. Leyó la mueca en su cara con la facilidad de quien lleva años leyendo a compradores indecisos.

—Un momento.

Metió la mano en la bolsa que llevaba al costado del pantalón y sacó un pequeño cilindro de papel enrollado, apretado, con algo de color verde oscuro molido en el interior. Lo sostuvo entre los dedos con una familiaridad que Lux encontró incómoda, como si fuera una extensión de su propia mano.

—¿Sabes lo que es un sikar?

Lux negó con la cabeza.

—Son plantas molidas que se queman para sacar humo. La gente los fuma para relajarse, para pasar el rato —lo levantó apenas—. Esto es parecido, solo que la planta que lleva dentro tiene algo especial. Te hace sentir mejor. Más liviano. Como si los problemas tuvieran menos peso del que realmente tienen.

Se lo pasó por debajo de la nariz y lo olió despacio, con los ojos entrecerrados, como si estuviera recuperando algo que se le había escapado.

—En Sonalia le llamamos porro. Lo mejor que ha salido de esas tierras, y créeme que he vendido bastantes cosas.

Lux lo miró sin entusiasmo. No veía qué tenía de especial ese cilindro arrugado. Pero lo que sí vio fue la manera en que Don lo describía. Demasiado fácil, demasiado suave, demasiado calculado. Era la voz de alguien acostumbrado a convencer. Y lo que vendía no era cualquier cosa.

—¿Quieres saber a qué sabe? ¿Cómo se siente? —Don se lo ofreció con la mano extendida.

—No. Así está bien.

Don encogió los hombros sin molestarse y lo guardó de nuevo en la bolsa.

Lux se quedó mirando ese bolsillo un momento más de lo necesario. Le caía bien Don, eso era innegable. Pero lo que llevaba ahí dentro, y la manera en que hablaba de ello como si fuera algo inocente, algo útil, algo que hacía bien a la gente, eso le dejaba un sabor amargo que no tenía nada que ver con el agua del jarrón.

—¿Y cómo llegaste aquí?

—Verás... —Don se recostó ligeramente, mirando al frente— quise vender esto cerca de la capital. Puse mi puesto, todo listo. Y los soldados me agarraron antes de que pudiera hacer una sola venta.

—¿Te metieron preso?

—En la cárcel de Colinas. Directo.



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En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 08.06.2026

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