El olor llegó antes que la imagen: humo frío, tierra húmeda, cuerpos que llevaban demasiado tiempo juntos. La explanada frente a la cabaña del Sumo Vidente ya estaba repleta. Cientos de personas apretadas hombro contra hombro, niños sentados sobre los hombros de sus padres, ancianos en los bordes sosteniendo bastones o apoyándose en la pared de roca. Todos miraban hacia el frente, donde una mesa de madera tosca separaba a la multitud del umbral de la cabaña. Sobre la mesa, a cada extremo, descansaban las dos estatuas: la del Dios que Ve y Marca y la de los Dioses Innombrables.
Mila jaló a Lux de la mano hacia el frente, abriéndose paso entre codos y espaldas sin pedir permiso. Él la dejó ir, siguiéndole el ritmo, hasta que encontraron un hueco cerca de la primera fila. Entonces ella se detuvo y se pegó a su costado como si la distancia fuera una amenaza. Él sintió el peso de su cabeza contra su brazo y le pasó una mano despacio por el cabello, sin pensar, solo porque era lo que había que hacer.
Nadie hablaba. Eso era lo primero que llamaba la atención: no había conversaciones, no había niños llorando, no había el murmullo constante de una multitud. Solo el sonido del viento pasando entre las rocas y el crujir de alguna antorcha. Era una espera que la gente del Nido conocía de memoria.
La puerta de la cabaña se abrió.
El Sumo Vidente salió con pasos que pesaban más de lo que debería permitir su cuerpo. Llevaba ropajes desgastados, de una tela que alguna vez fue blanca y ahora era el color del polvo, y apoyaba cada paso en un bastón de madera oscura que golpeaba el suelo con una firmeza deliberada. Sus ojos eran blancos por completo. Sin iris, sin pupila. Solo blanco, como si la visión le hubiera sido arrancada y sustituida por algo distinto. Se colocó frente a la mesa sin titubear, levantó esa mirada ciega hacia la multitud y luego hacia el cielo. El atardecer lo pintaba todo de naranjas quemados, azules profundos y violetas que sangraban hacia la oscuridad.
Detrás de él, en el umbral, se detuvo Llamas. No entró. Solo se recargó en el marco de la puerta con los brazos cruzados, la mirada encendida fija en la multitud, y una media sonrisa que no era de alegría sino de algo más parecido a la vigilancia satisfecha.
—Gente del Nido, hermanos y hermanas, niños y niñas—la voz del anciano era baja, casi íntima, y aun así llegaba hasta el último rincón de la explanada como si el aire mismo la empujara—. Como cada día a esta hora, somos bendecidos por los dioses: un día más, y a la vez, un día menos. Somos afortunados de estar donde estamos. De ser quienes somos. Aunque no seamos lo que nuestro Rey espera o desea de nosotros.
Recorrió la multitud con esa mirada blanca que no debería ver nada y sin embargo parecía registrar todo. Se detuvo un instante en la estatua de los Innombrables antes de seguir hablando.
—Todos esperamos al salvador que las escrituras de los Innombrables han presagiado a quienes saben leerlas. Un ser que con su sombra cubrirá el reino. Que acabará con el Rey. Que oscurecerá los espejos y pondrá fin a las marcas que nos arrancan a nuestros hijos de los brazos.
Las palabras le cayeron a Lux en el pecho como piedras en agua quieta. Sintió algo moverse dentro de él, incómodo, casi físico. Empezaba a entender por qué lo habían traído aquí.
La multitud estalló. Aplausos, gritos, algunos llorando, otros con el puño en alto. El anciano dejó que durase. Luego golpeó el bastón contra el suelo, una sola vez, y el silencio regresó como un animal amaestrado.
—Un ser sin rostro, sin nombre, sin marca. Eso es lo que dicen las escrituras de los Innombrables—hizo una pausa larga, calculada—. Pero yo, que fui parte de los Legionarios de la Voz del Rey, y que he leído también las escrituras del Dios que Ve y Marca, debo decirles algo que pocos saben: en ellas también se habla de otro. De un marcador. Un ser que marcará a todos, que verá a todos a través de sus espejos. Que no dejará sombra donde nadie pueda esconderse. Ante cuya llegada hasta los Innombrables temblarán.
Las cabezas se agacharon. No de reverencia, sino de miedo instintivo. El tipo de miedo que no necesita que te expliquen por qué.
Lux lo notó entonces: esa mirada blanca que recorría rostro por rostro, pausa por pausa, sin detenerse nunca en él. Lo evitaba. Deliberadamente. Como si mirarlo le diera miedo. Llamas, en cambio, tenía los ojos clavados en él desde que había salido. Una mirada roja, brillante, que no parpadeaba. Y una sonrisa en la comisura que a Lux no le gustó nada.
—Levanten la vista. Miren el cielo—ordenó el anciano, golpeando de nuevo el bastón.
Cien, doscientas cabezas se levantaron al mismo tiempo. Lux también lo hizo. El cielo sangraba en franjas: el naranja del sol que se rendía, el azul oscuro de la noche que avanzaba, y entre los dos, ese violeta sucio donde ninguno de los dos ganaba todavía.
—¿Ven una batalla? ¿O ven dos cosas que simplemente coexisten?—hubo un murmullo suave entre la multitud, un “oh” colectivo y casi avergonzado—. Esta es la hora en que ambos dioses están en paz. La oscuridad y la luz no se destruyen: se necesitan. No hay sombra sin luz. No hay luz sin sombra. No hay bien sin mal. No hay valiente sin cobarde. Todos han interpretado mal las escrituras porque las dividieron en dos mitades enemigas, cuando en realidad son una sola historia contada por voces distintas. Y cuando llegue él—y les juro que ya camina en este mundo—, los marcados, los soldados, los rebeldes y hasta el mismo Rey empezarán a temblar. Porque lo que conocen habrá llegado a su fin.