Don no comía como alguien que tiene hambre. Comía como alguien que lleva años aprendiendo a disfrutar lo poco, de manera que lo poco nunca parezca poco. El tazón de guiso en sus manos olía a chile seco y a hueso hervido, y él lo sostenía con las dos palmas como si fuera algo valioso, soplándolo despacio antes de cada cucharada.
Mila estaba sentada a su lado en el tronco, con el tazón encima de las rodillas y la espalda tan recta que parecía que alguien le había puesto un palo por dentro. No tocó la comida de inmediato. Miraba el Nido moverse a su alrededor: niños corriendo entre las fogatas, mujeres hablando a gritos desde una cabaña a otra, alguien afilando una herramienta con un sonido rítmico y rasposo que se mezclaba con el olor a comida y a tierra pisada. Sus ojos no paraban. Los tenía muy abiertos, como los de alguien que no termina de decidir si el lugar es peligroso o no.
Don la observó de reojo. No dijo nada todavía.
Ella tomó la cuchara. Probó. El guiso estaba caliente y tenía más sal de la que esperaba, pero se lo terminó con rapidez, como quien no sabe cuándo volverá a tener algo caliente enfrente.
Don esperó a que dejara la cuchara.
—¿De dónde eres? —preguntó, sin apartar la vista del tazón.
Mila lo miró de lado.
—Coatzaca.
—¿Y eso dónde queda?—Don sabia donde quedaba pero preguntaba para que Mila entrara en confianza.
—Al sur. Cerca del Paso de las Espinas. Un pueblo chico. —Hizo una pausa.— Con ratas corriendo por donde quiera.
Don asintió.
—¿Y eres marcada?
Mila lo miró directo esta vez. No con desconfianza, exactamente, sino con el cálculo silencioso de alguien que está midiendo cuánto puede decir.
—Sí.
—¿De qué?
Un momento.
—Viento.
Don levantó las cejas, pero solo un poco, como si la respuesta le interesara sin sorprenderlo del todo.
—Viento. —Lo repitió en voz baja, como para él.— ¿Y tienes familia? ¿Padres?
Mila bajó los ojos al tazón medio vacío.
—Tengo. En Coatzaca.
—Bien. —Don lo dijo como si fuera buena noticia real, no consuelo.— No todo el mundo puede decir eso.
Ella no respondió. Pasó un dedo por el borde del tazón, recogiendo lo que quedaba.
—¿Y el idiota con huevos? —Preguntó Don después de un momento.— ¿Qué es para ti?
Ahí sí tardó un poco más.
—Es como... No sé. —Frunció el ceño, buscando las palabras con el esfuerzo de quien no está acostumbrada a explicar cosas que para ella son obvias.— No es mi papá. Pero a veces se siente como si fuera. O como un tío, o algo así. Es raro. Lo conocí cuando era más niño, él siempre venía a visitarnos. —Se corrigió de inmediato, aunque sin sobresalto, con la naturalidad de alguien que lleva tiempo practicando.— Cuando era más niña.
Don no señaló la corrección.
—¿Y por qué te comportas como niño? —preguntó en cambio, con la misma calma con que había preguntado todo lo demás.
Mila lo miró. Esta vez sí había algo de guardia en los ojos.
—Mis padres me lo enseñaron.
—¿Por qué?
Ella apretó el tazón con los dedos.
—Para que los soldados u otra gente no me llevaran. Las niñas... —Se detuvo. Volvió a empezar. — Las niñas a veces las llevan a otros lugares. Mis padres dijeron que era más seguro así.
Don dejó de comer. Lo hizo despacio, con cuidado, como si dejar el tazón enla mesa fuera algo que requería atención.
—Tus padres fueron sabios —dijo.
Había algo distinto en su voz. No tristeza, exactamente. Algo más parecido a que la frase le pesara más de lo que quería que pesara.
Mila lo notó.
—¿Por qué lo dice así?
Don se sobo su estómago un poco, mirando las fogatas del Nido. El humo subía torcido, empujado por el viento de la noche que bajaba de las colinas.
—Porque hay lugares en el reino donde lo que tus padres temían pasa de verdad. —Hizo una pausa. No la pausa de quien busca las palabras, sino la de quien decide hasta dónde decirlas.— Se llaman los Burdeles de Muñecas. Están en varios puntos del reino, cerca de las ciudades grandes. Unos hombres se dedican a llevarse niñas desde que empiezan a verse como muñecas. Las toman de los orfanatos, de los orfanatos de Marcados si les llegan al precio o alguien importante las quiere, de los caminos, de las cosechas vendidas por los soldados, a veces directamente de los pueblos. Las llevan ahí y ya no salen.
Mila se quedó quieta.
—¿Qué les hacen? —preguntó, aunque algo en su voz decía que no quería saber del todo.
Don la miró. Fue una mirada honesta, no de las que protegen ni de las que exageran.
—Lo que no les deberían hacer. Lo que nadie debería hacerle a nadie. Pero les hacen hasta que ya no están ellas en si.
El silencio entre los dos duró varios segundos. Alrededor, el Nido seguía sonando igual: voces, risas, el crepitar de la leña. Pero algo en ese rincón donde estaban sentados parecía estar aparte de todo eso.