El renacer del señor de las sombra

CAPÍTULO 40: LA FIESTA DE LOS INNOMBRABLES *COATZACA*

Veintidós despertó mucho antes de que amaneciera. Las pesadillas no la dejaron dormir más.

Estuvo acostada con los ojos abiertos al techo escuchando el pueblo. El chillido de las ratas. Los perros que ladraban hacia la oscuridad y se callaban solos. El ritmo lento y predecible de sus propios soldados haciendo guardia en el exterior de la posada. Contó esos sonidos como se cuentan las respiraciones cuando el cuerpo no quiere dormirse: uno por uno, sin que sirviera de nada.

Pensó en los padres de Lux. En esa calma suya que no era ignorancia sino convicción. Y la convicción era peor que la ignorancia, porque la ignorancia se puede corregir y la convicción no. Los había visto irse después de que la despidieran con la misma serenidad con que alguien apaga una vela antes de acostarse. No con miedo. No con negación. Con esa paz particular de los que creen de verdad que algo más grande que ellos tiene todo bajo control.

Pensó en Saúl. En que no había llegado. En lo que eso podía significar.

Pensó en la mujer de la capucha y los brazos quemados y en sus ojos rojos. Solo por el color de esos ojos supo que era una marcada de fuego igual que ella. Una rebelde marcada.

Cuando el cielo se puso gris en el borde de la ventana, se levantó.

Se vistió. Se ajustó la armadura con los movimientos de alguien que ha hecho eso tantas veces que ya no lo piensa, solo lo hace, y agradeció que el cuerpo supiera hacer cosas que la cabeza no quería ordenar.

Salió al patio antes de que ningún soldado hubiera desayunado.

Los reunió a todos en el patio trasero de la posada. Veintinueve hombres. Columnas parejas, espaldas rectas, caras hacia adelante. El entrenamiento del cuartel era bueno para esas cosas: les quitaba la iniciativa y les daba la disciplina, y en ese momento la disciplina era lo único que Veintidós necesitaba de ellos.

Habló en voz baja.

—Esta mañana se mueven por el pueblo como si solo cuidaran y vigilaran. Nada más. —Recorrió las filas de izquierda a derecha sin apurarse—. No pregunten. No expliquen. Si alguien del pueblo los interroga, digan que el alcalde pidió refuerzos al Rey para la seguridad de la fiesta. —Hizo una pausa—. Esta tarde les asigno posiciones. Cada uno sabrá exactamente dónde tiene que estar y a qué hora. Hasta entonces: calma. Normalidad. No hay que alarman a nadie.

Un soldado al fondo levantó la mano medio centímetro, el gesto mínimo de quien quiere preguntar sin parecer que está cuestionando nada.

—¿Y la carreta, marcada? Los barriles de aceite. Si alguien entra al establo y los ve…

—La carreta se queda en el establo. Cubierta. Nadie entra a ese establo. —Sus ojos los recorrieron uno por uno—. Si alguien pregunta, son suministros del cuartel que no se pudieron transportar antes de la fecha. —Pausa—. ¿Alguna pregunta más?

Nadie.

—Bien.

Los dispersó. Los vio irse en grupos pequeños hacia el pueblo, mezclándose con el movimiento del mercado y los primeros preparativos de la fiesta, volviéndose invisibles de la única forma en que los soldados pueden volverse invisibles: dejando de comportarse como soldados.

Cuando se quedó sola en el patio, cerró los ojos un momento.

Había calculado los tres pozos de agua del pueblo y los había bloqueado mentalmente. Había identificado los callejones sin salida. Había marcado en su cabeza las cuatro casas con paredes de madera seca en los extremos del pueblo: prenderlas primero crearía un cerco de fuego que empujaría a la gente hacia el centro, hacia la plaza, donde la concentración haría el resto del trabajo más rápido y más fácil.

Lo sabía todo. Lo tenía todo calculado.

Lo que no tenía era la forma de dejar de saberlo.

***

Once la observó desde las sombras.

Había pasado la noche en la casa vacía de la familia de Mila, sentado en la silla más cercana a la puerta, sin dormir. O sin dormir en el sentido ordinario: su cuerpo descansaba en fragmentos cortos y superficiales que no requerían oscuridad ni quietud, que podía hacer con los ojos parcialmente abiertos y los oídos activos. Lo había aprendido en el orfanato, donde el sueño profundo era un lujo que los más débiles no podían permitirse.

A primera luz había salido de la casa con el mismo silencio con que había entrado y se había instalado en el tejado antes de que Veintidós siquiera abriera la puerta de la posada.

La vio reunir a los soldados. La vio hablar. No podía escuchar las palabras desde esa distancia, pero no las necesitaba: leía los cuerpos. La forma en que los soldados se tensaban ligeramente al principio y se relajaban después. La ausencia de gestos de sorpresa o confusión, lo cual significaba que lo que les decía era consistente con lo que ya sabían, o consistente con lo que querían escuchar. A veces era lo mismo.

Veintidós no improvisaba. Ejecutaba un plan.

Solo que Once todavía no sabía qué plan exactamente.

La ambigüedad lo irritaba. Era la única cosa que de verdad lo irritaba: no tener suficiente información. Todo lo demás, el frío, el hambre, la incomodidad, las horas de espera sin movimiento, eran variables irrelevantes. La falta de información era el único problema real, porque los problemas reales eran los que interferían con la capacidad de actuar correctamente.



#2062 en Fantasía
#411 en Magia

En el texto hay: darkfantasy, villano, grimdark

Editado: 08.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.