El Señor De Las Sombras (sds #8)

El Lago De Las Almas

PARTE UNO
 


 

Prólogo
 


La Muerte estaba en las cartas aquel día, pero ¿en las nuestras o en las 
de la pantera?

Las panteras negras en realidad son leopardos. Si las miras de cerca, 
puedes ver unos tenues puntitos que se entremezclan en su piel. Pero créeme: ¡salvo en un zoo, nunca querrías estar tan cerca de una pantera!

Se cuentan entre los mayores asesinos de la naturaleza. Se mueven rauda 
y silenciosamente. En un combate cuerpo a cuerpo, casi siempre salen 
victoriosas. No puedes escapar corriendo, porque son más rápidas que tú, ni tampoco trepando, porque también trepan mejor. Lo mejor es no cruzarse nunca en su camino, a menos que seas un cazador experto en caza mayor y hayas venido armado con un rifle.

Harkat y yo nunca habíamos cazado una pantera, y nuestras mejores 
armas eran unos cuantos cuchillos de piedra y un largo bastón de punta 
roma que servía de garrote. Aun así, allí estábamos, al borde de un foso que habíamos cavado el día anterior, contemplando al ciervo que habíamos atrapado y que estábamos usando como cebo, esperando a una pantera.

Habíamos estado allí durante horas, ocultos tras un arbusto, con nuestras humildes armas apretadas contra los costados, cuando descubrimos algo grande y negro entre el ramaje de los árboles circundantes. Un hocico bigotudo asomó por detrás de un árbol y olfateó el aire analíticamente: la pantera. Le di un suave codazo a Harkat y la observamos, conteniendo la respiración, rígidos de miedo. Al cabo de unos segundos, la pantera se dio la vuelta y se alejó lentamente, 
internándose de nuevo en la oscuridad de la jungla.

Harkat y yo comentamos en susurros la retirada de la pantera. Yo pensaba que había intuido la trampa y no volvería. Harkat no estaba de acuerdo. Decía que regresaría. Si nos alejábamos más, podría acercarse totalmente la próxima vez. Así que nos arrastramos hacia atrás, sin detenernos hasta llegar casi al final del largo tramo de arbustos. Desde 
allí, sólo alcanzábamos a ver vagamente al ciervo.

Pasaron un par de horas. No decíamos nada. Yo estaba a punto de romper el silencio y sugerir que estábamos perdiendo el tiempo, cuando oí moverse un animal grande. El ciervo se había puesto a saltar alocadamente. Se oyó un gruñido gutural. Venía del lado más alejado del foso. Eso era genial: si la pantera atacaba al ciervo desde allí, caería directamente en nuestra trampa y moriría en el foso. ¡En ese caso, ni 
siquiera tendríamos que luchar!

Oí ramitas quebrándose mientras la pantera se arrastraba hacia el ciervo. Luego se oyó un sonoro chasquido cuando un cuerpo pesado atravesó la cobertura del foso y aterrizó pesadamente sobre las estacas que habíamos dispuesto en el fondo. Se oyó un aullido salvaje, al que siguió el silencio.

Harkat se puso lentamente en pie y miró atentamente el foso por encima del arbusto. Yo me incorporé y miré con él. Y luego nos miramos el uno al otro. Con voz vacilante, dije:

—Funcionó.

—Da la impresión de que no te… lo esperabas, Cate—comentó Harkat con 
una sonrisa forzada.

—Y así era —reí, y me dirigí hacia el foso.

—Cuidado —me advirtió Harkat—. Puede que aún esté viva.

Pasó delante de mí y fue hacia la izquierda, indicándome a mí que 
fuera hacia la derecha. Cuchillo en alto, rodeé el foso en sentido contrario a Harkat, de manera que nos acercamos lentamente desde direcciones opuestas.

Harkat estaba unos cuantos pasos delante de mí, así que fue el primero en ver el interior del foso. Se detuvo, confundido. Un par de segundos después, vi por qué. Un cuerpo yacía empalado en las estacas, su sangre goteando de un montón de heridas provocadas por los pinchazos. Pero no era el cuerpo de la pantera: se trataba de un babuino rojo.

—No lo entiendo —dije—. Era el rugido de una pantera, no el de un mono.

—¿Pero cómo…? —Harkat se interrumpió y emitió un grito ahogado—. ¡La garganta del mono! ¡Está desgarrada! ¡La pantera debió…!

No logró seguir. Hubo un movimiento borroso en las ramas superiores del árbol más cercano a mí. Me giré, vislumbrando muy brevemente una cosa larga, gruesa y puramente negra volando por el aire con las garras extendidas y las mandíbulas abiertas… y acto seguido, la pantera estaba sobre mí, rugiendo triunfalmente.

La Muerte estaba en las cartas aquel día.

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SiVeLa123

Editado: 04.07.2019

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