Aún me acuerdo de aquella vez que lo vi, sin saber quién era realmente, sin imaginar lo que significaría en mi vida. Aún me acuerdo del brillo de sus ojos en la penumbra de la biblioteca, de cómo su voz sonaba como cualquier otra, sin títulos ni coronas. Aún me acuerdo de aquella primera palabra que me dirigió, como si el destino se hubiera disfrazado de casualidad.
En aquellos tiempos, mi madre trabajaba como sirvienta en el palacio. Sus manos estaban siempre ocupadas, ya fuera con jarras de agua, con telas que debía lavar o con bandejas que debía llevar a los salones. Yo era apenas un muchacho, y los pasillos del palacio me parecían interminables, como un laberinto de piedra y secretos. Me refugiaba en la biblioteca, un lugar que pocos visitaban, donde los estantes polvorientos guardaban historias de reinos lejanos y héroes olvidados. Allí me sentía libre, lejos de las órdenes y de las miradas que me recordaban mi lugar en el mundo.
Fue allí donde apareció él. Un joven de mi misma edad, curioso, con una sonrisa franca. No llevaba corona ni capa, solo un libro entre las manos y una mirada que parecía buscar algo más allá de las páginas. No sabía que era un príncipe. Para mí, solo era Narion, un amigo que compartía secretos y juegos en silencio, lejos de los ojos de los mayores.
—¿Qué lees? —me preguntó aquella primera vez, inclinando la cabeza hacia el tomo abierto frente a mí.
—Historias de caballeros —respondí, con timidez.
—¿Y qué tienen de especial? —insistió, con esa curiosidad que parecía no agotarse nunca.
—Que luchan por algo más grande que ellos —dije, sin saber que esas palabras se quedarían grabadas en mi memoria.
Narion sonrió, y desde ese día volvimos a encontrarnos en la biblioteca, en los jardines, en los pasillos oscuros del palacio. Compartíamos risas, juegos improvisados y sueños que parecían imposibles. Yo no sabía que él era un príncipe, y él nunca me lo dijo. Éramos simplemente dos niños que buscaban compañía en un mundo demasiado grande.
Con el tiempo, entendí quién era él. Los murmullos de las sirvientas, las reverencias de los guardias, las miradas de respeto que lo seguían. Narion no era solo un amigo: era el heredero de la corona. Pero para mí, seguía siendo el muchacho que me preguntaba por mis libros, el que se reía de mis ocurrencias, el que me enseñaba a trepar muros y escapar de las lecciones aburridas.
Crecimos juntos, entre páginas y pasillos, entre risas escondidas y promesas que nunca dijimos en voz alta. Yo aprendí a luchar, a entrenar con la espada, a convertirme en lo que los demás esperaban de mí: un caballero. Él aprendió a ser príncipe, a cargar con el peso de un reino que algún día sería suyo. Y aunque nuestros caminos parecían distintos, siempre encontrábamos la manera de cruzarlos.
Un día, escuché a las sirvientas murmurar en la cocina. Decían que el príncipe estaba destinado a casarse, que su futuro ya estaba escrito. Mi madre también lo sabía, y en su mirada había una mezcla de orgullo y tristeza. Yo fingí indiferencia, pero dentro de mí algo se quebró. Era como si las paredes del palacio se cerraran sobre mí, como si el aire se volviera más pesado.
—Dicen que será pronto —susurró una de las mujeres, mientras lavaba platos.
—La princesa Varissa… —añadió otra, con voz emocionada.
Yo me quedé quieto, con el corazón golpeando en mi pecho. Varissa. Un nombre que sonaba como un destino inevitable.
Ahora, en el presente, camino por esos mismos pasillos con la armadura que me han dado, con el nombre que me han impuesto: Sir Elyndar. Busco a Narion, no al príncipe, sino al amigo que conocí en la biblioteca. Pero el eco de las coronas y las espadas me recuerda que quizás ya no exista ese muchacho, y que lo que queda es un destino que ninguno de los dos eligió.
El palacio está lleno de preparativos. Las sirvientas corren de un lado a otro, los guardias vigilan con más atención que nunca, y los nobles murmuran en los salones. Todo gira en torno a la boda, a la unión que sellará alianzas y asegurará el futuro del reino. Pero yo solo pienso en él, en Narion, en el niño que me preguntó por mis libros y que ahora se prepara para convertirse en esposo de Varissa.
Me detengo frente a la biblioteca, el lugar donde todo comenzó. El polvo sigue acumulándose en los estantes, los libros siguen esperando a ser leídos. Cierro los ojos y escucho, como si aún pudiera oír su voz preguntándome qué tienen de especial los caballeros. Y me pregunto si él también recuerda, si en medio de coronas y espadas aún queda espacio para la memoria de dos niños que no sabían quiénes eran.