Aún hay momentos que se quedan grabados en la memoria, como si el tiempo no pudiera borrarlos. No son grandes gestas ni coronaciones, sino pequeños gestos que, sin saberlo, cambian todo. Yo lo recuerdo bien: el día en que mi juguete cayó al suelo y Elyndar lo recogió.
Era un caballo de madera, tallado con torpeza pero con cariño por las manos de un artesano del palacio. Yo lo llevaba conmigo a todas partes, como si aquel pedazo de madera pudiera protegerme de la soledad que a veces me envolvía. Tenía apenas siete años, y los pasillos del palacio eran demasiado grandes para un niño que aún no entendía lo que significaba ser príncipe.
Corría por el patio interior, riendo, cuando tropecé y el caballo salió volando de mis manos. El golpe resonó contra las piedras, y por un instante sentí que el mundo se me venía abajo. Antes de que pudiera reaccionar, Elyndar apareció. Era un niño como yo, con los ojos llenos de curiosidad y las manos aún manchadas de tinta de la biblioteca. Se inclinó, recogió el juguete con cuidado, como si fuera un tesoro, y me lo tendió con una sonrisa.
—Aquí está —dijo, con voz suave.
Yo lo miré, sorprendido por la delicadeza de su gesto.
—Gracias… —murmuré, y en ese instante supe que no era como los demás. No me miraba como a un príncipe, sino como a un amigo.
Desde entonces, Elyndar estuvo siempre cerca. Compartíamos juegos, secretos y silencios. Él me escuchaba cuando yo me sentía atrapado por las expectativas, y yo lo buscaba cuando necesitaba escapar de las lecciones interminables. No importaba que mi destino estuviera marcado por coronas y alianzas, con él, yo podía ser simplemente Narion.
Los años pasaron, y nuestra amistad se convirtió en algo más profundo. Elyndar se entrenaba como caballero, y yo aprendía a cargar con el peso de un reino. Pero en medio de todo, seguíamos encontrándonos en la biblioteca, ese refugio de páginas y polvo donde nadie nos juzgaba. Allí hablábamos de sueños imposibles, de viajes que nunca haríamos, de batallas que solo existían en los libros.
Ahora, en el presente, camino por los pasillos del palacio con el eco de aquel recuerdo en mi mente. El palacio está lleno de preparativos: sirvientas corren de un lado a otro, nobles murmuran en los salones, y todo gira en torno a la boda que se acerca. Mi boda. Con Varissa. Un nombre que suena como un destino inevitable.
Entro en la biblioteca, buscando un momento de calma. El olor a pergamino y madera me envuelve, y por un instante siento que vuelvo a ser aquel niño con un caballo de madera en las manos. Y entonces lo veo: Elyndar, de pie entre los estantes, con la armadura que ahora lleva su nombre. Sir Elyndar. Pero para mí, sigue siendo el muchacho que recogió mi juguete con cariño.
—Narion… —dice, con voz baja, como si temiera romper el silencio del lugar.
—Te estaba buscando —respondo, y mi corazón late con fuerza.
Nuestros ojos se encuentran, y en ese instante todo lo demás desaparece: las coronas, las espadas, las promesas. Solo estamos nosotros, dos jóvenes que crecieron juntos y que ahora se enfrentan a un futuro que ninguno eligió.
Me acerco, y las palabras se me escapan sin pensarlo:
—¿Recuerdas aquel caballo de madera?
Elyndar sonríe, y en su mirada hay un brillo que me devuelve al pasado.
—Claro que lo recuerdo. Nunca lo olvidaría.
Y yo tampoco. Porque aquel gesto, tan simple, fue el inicio de todo. El inicio de una amistad que desafía el tiempo, de un cariño que no entiende de títulos ni de destinos. Y mientras lo miro, sé que lo que siento por él es más fuerte que cualquier alianza, más verdadero que cualquier promesa.