Narion
El salón estaba lleno de luz. Los ventanales dejaban entrar el sol de la tarde, y los tapices bordados con hilos dorados parecían brillar como si quisieran celebrar el momento. Los nobles se alineaban en los pasillos, las sirvientas corrían con bandejas de vino y frutas, y los músicos afinaban sus instrumentos. Todo estaba dispuesto para la presentación de la princesa Varissa.
Yo avancé con paso firme, aunque dentro de mí el corazón golpeaba con fuerza. La corona sobre mi cabeza parecía más pesada que nunca, y cada mirada que se posaba en mí me recordaba que no era simplemente Narion, sino el príncipe heredero. Y allí estaba ella, Varissa, con un vestido azul adornado con bordados que parecían muy detallados cosidos a mano, su sonrisa radiante y sus ojos llenos de ilusión. Se veía feliz, como si el mundo entero se hubiera detenido para ella.
Me acerqué, y cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí la presión de todos los presentes. Sonreí, pero fue una sonrisa forzada, una máscara que debía llevar. No podía mostrar lo que realmente sentía, no podía dejar que nadie viera la duda que me consumía.
—Princesa Varissa —dije, inclinando ligeramente la cabeza.
—Príncipe Narion —respondió ella, con voz suave y clara, como una melodía.
Su mano se posó en la mía, ligera, delicada, y los aplausos llenaron el salón. Yo mantuve la sonrisa, fingiendo alegría, mientras por dentro me preguntaba si aquel gesto era el inicio de un destino que no había elegido.
Elyndar
Desde un rincón del salón, observaba la escena. Mi armadura brillaba bajo la luz de los candelabros, pero yo me sentía invisible. Nadie miraba al caballero, todos miraban al príncipe y a la princesa. Y yo, Elyndar, solo podía apretar los puños y contener el nudo que se formaba en mi garganta.
A mi lado, una sirvienta murmuraba con otra, sin darse cuenta de que yo escuchaba.
—Mira qué lindo es el príncipe —dijo, con voz emocionada.
—Y la princesa, parecen hechos el uno para el otro —añadió la otra, suspirando.
Esas palabras me atravesaron como una espada. “Hechos el uno para el otro.” Yo sabía que no debía sentir lo que sentía, que mi lugar era el del caballero, el protector, el servidor. Pero dentro de mí, algo se quebraba. Porque yo conocía a Narion de otra manera, no como príncipe, sino como amigo, como alguien que me había acompañado desde niño, alguien que me había dado más que cualquier título.
Miraba su sonrisa forzada, y aunque los demás la veían como un gesto de felicidad, yo podía leer lo que había detrás. Conocía sus ojos, conocía su silencio. Sabía que aquella sonrisa no era real. Y eso me dolía más que cualquier herida de batalla.
Narion
Varissa hablaba con dulzura, preguntando por el palacio, por los jardines, por las fiestas que vendrían. Yo respondía con cortesía, con frases ensayadas, mientras mi mente vagaba hacia otro lugar. Cada palabra que pronunciaba era un deber, no un deseo. Y en medio de todo, buscaba con la mirada a Elyndar, como si necesitara su presencia para recordar quién era realmente.
Lo vi, de pie entre los sirvientes, con la armadura que lo distinguía, pero con la expresión que solo yo podía entender. Su mirada era un espejo de lo que yo sentía: un dolor silencioso, una verdad que nadie más veía. Y por un instante, quise dejarlo todo, correr hacia él, decirle que nada de esto importaba. Pero no podía. No debía.
Elyndar
Las palabras de las sirvientas seguían resonando en mi mente, como un eco que no podía apagar. “Qué lindo es el príncipe.” “Parecen hechos el uno para el otro.” Yo apretaba los dientes, intentando mantener la compostura. Pero dentro de mí, la rabia y la tristeza se mezclaban.
Recordaba los días en la biblioteca, las risas compartidas, los secretos guardados. Recordaba el caballo de madera. El gesto que nos unió. Y ahora, todo parecía desvanecerse bajo el peso de una ceremonia que no dejaba espacio para lo que realmente importaba.
Me obligué a mirar hacia otro lado, a fingir indiferencia. Pero mi corazón no obedecía. Cada gesto de Narion hacia Varissa era una herida, cada sonrisa forzada era un recordatorio de que nuestro mundo estaba cambiando, y que quizás ya no había lugar para nosotros.
Narion
La presentación terminó con aplausos y música. Varissa sonreía, los nobles celebraban, y yo seguía con mi máscara. Pero en lo más profundo de mí, sabía que Elyndar estaba allí, que me observaba, que entendía lo que nadie más podía ver. Y eso me daba fuerzas, aunque también me llenaba de miedo.
Porque el futuro se acercaba, y con él, decisiones que pondrían a prueba todo lo que éramos. Y mientras la princesa Varissa se mostraba feliz, yo solo podía pensar en Elyndar, en el amigo, en el caballero, en el secreto que nunca había dicho en voz alta.