Varissa
La celebración se extendía como un río de luces y música. Los candelabros iluminaban el salón con destellos dorados, y las risas de los nobles se mezclaban con el sonido de las flautas y los violines. Yo caminaba entre ellos, intentando mantener la compostura que se esperaba de mí. Pero dentro de mí, los pensamientos eran un torbellino.
Narion estaba allí, a mi lado, con su sonrisa que parecía perfecta. Qué lindo es, pensé, observando cómo la luz resaltaba sus rasgos, cómo su porte era digno de un príncipe. Había algo en él que me atraía, una mezcla de fuerza y dulzura que me hacía sentir segura. Y sin embargo, había algo extraño en su mirada, como si detrás de esa sonrisa hubiera un secreto que no podía compartir.
Me repetía a mí misma que debía estar feliz, que todo esto era lo que siempre había soñado: un príncipe, un palacio, una celebración que parecía sacada de los cuentos que escuchaba de niña. Pero mi corazón no entendía de protocolos, y cada gesto de Narion me dejaba con más preguntas que respuestas.
Mientras los músicos tocaban y los invitados brindaban, me aparté un poco, buscando aire entre tanta multitud. Fue entonces cuando lo vi. Un guardia, de pie junto a una de las columnas, con la armadura reluciente y la mirada fija en el salón. No era como los demás. Había algo en su postura, en la forma en que observaba, que me hizo detenerme.
Nuestros ojos se cruzaron por un instante, y sentí un escalofrío recorrerme. No era un príncipe, no llevaba corona ni capa, pero había en él una presencia que me sorprendió. Me pregunté quién era, cómo había llegado allí, y por qué su mirada parecía atravesar todas las máscaras de la celebración.
Me acerqué, casi sin pensarlo, y él inclinó la cabeza con respeto.
—Mi señora —dijo, con voz firme pero suave.
—No recuerdo haberte visto antes —respondí, intentando sonar segura, aunque mi corazón latía con fuerza.
Él sonrió apenas, una sonrisa discreta, y volvió a mirar hacia el salón. Yo me quedé allí, observándolo, sintiendo que algo nuevo había comenzado. Era una chispa, una curiosidad que me quemaba por dentro.
Volví a mi lugar junto a Narion, y lo miré de nuevo. Qué lindo es, me repetí, intentando convencerme de que todo estaba bien. Pero ahora, en mi mente, había dos imágenes: la del príncipe que debía ser mi futuro, y la del guardia que había aparecido como una sombra inesperada.
Narion me habló con dulzura, preguntando si estaba disfrutando de la celebración. Yo asentí, sonriendo, pero mis pensamientos estaban divididos. Porque aunque él era todo lo que debía desear, había algo en aquel guardia que me hacía sentir diferente, algo que no podía ignorar.
Elyndar
Desde la distancia, observaba todo. Vi la sonrisa de Narion hacia Varissa, vi cómo ella lo miraba con admiración, y sentí el peso en mi pecho. Pero también vi el momento en que sus ojos se desviaron hacia otro, hacia un guardia que estaba allí, silencioso, firme. Y aunque nadie más lo notó, yo sí.
Las sirvientas murmuraban cerca de mí, hablando de lo lindo que era el príncipe, de lo feliz que parecía la princesa. Yo apretaba los puños, intentando no dejar que la rabia me dominara. Porque sabía que detrás de esas sonrisas había un mundo que se desmoronaba, y que yo estaba atrapado en medio de él.
Varissa
La música seguía, los brindis se multiplicaban, y yo me sentía dividida. Narion era mi destino, el príncipe que todos admiraban. Pero aquel guardia… aquel guardia había encendido algo en mí que no podía apagar. Y mientras la celebración continuaba, su imagen se quedaba grabada en mi mente, como un secreto que nadie debía descubrir.