Entre la Corona y la Espada.

CAPÍTULO 5. La luna como testigo. (Narion, Varissa, Elyndar).

Narion

La celebración se apagó como una vela al final del pasillo. Los músicos guardaron sus instrumentos, los sirvientes recogieron las copas, y el murmullo de los nobles se convirtió en un eco cada vez más lejano. Acompañé a Varissa hasta la puerta de su nueva habitación, el palacio había decidido que estuviera junto a la mía, como si las paredes pudieran acostumbrarnos al destino antes de que llegara.

—Descansa —le dije, con una sonrisa que intenté mantener firme.
—Buenas noches, Narion —respondió, con esa dulzura que hace fácil la cortesía.

La vi entrar. El borde de su vestido azul rozó la madera como un suspiro, y cuando la puerta se cerró, el silencio me cayó encima. Regresé a mi cuarto. Una brasa vivía aún en la chimenea, latiendo con un rojo lento. Me acerqué a la ventana. La luna, inmensa y limpia, parecía grabada en el cielo.

Golpearon suavemente. Supe quién era antes de abrir.

—Entra —dije.

Elyndar cruzó el umbral. La luz plateada se rompió en su armadura, y en sus ojos había un cansancio que conocía. Cerró la puerta con la delicadeza de quien teme despertar algo más que el sueño.

—Felicidades por la celebración —murmuró, mirando al suelo un instante. —La princesa se veía feliz.

Sentí la tensión en su voz. No era envidia ni reproche: era una tristeza transparente, como agua pura.

—Gracias —respondí, y la palabra se me quedó pequeña. —Ven.

Nos apoyamos juntos en la piedra fría de la ventana. La luna entró por el marco como un secreto. No había necesidad de llenar el aire: nuestros silencios sabían más que muchas frases.

—¿Recuerdas los jardines por la noche? —pregunté.
—Recuerdo todo —dijo. —El caballo de madera. Las carreras hasta la biblioteca. La manera en que el mundo parecía más grande cuando no tenía nombre.

La brasa se rindió en la chimenea, quedó sólo el resplandor de la luna sobre nuestras manos.

No quiero que cambie lo que somos —dije, sin coronas en la voz.
Elyndar respiró hondo.
—Lo que somos no lo decide el palacio —contestó—, pero sí nos obliga a probarlo.

Me miró, y su mirada era una promesa que no se atrevía a pronunciar. Quise decir tantas cosas que no encontré ninguna. Me quedé a su lado, como al borde de un precipicio que elegimos no saltar.

—Quiero que sigas viniendo —añadí.
—Vendré —dijo, y su respuesta fue sencilla y total.

Nos quedamos contemplando la luna, que parecía escribir con luz sobre el suelo. Sentí que esa noche quedaría guardada en algún lugar que nadie podría tocar.

Varissa

No pude dormir al principio. La celebración me había dejado el corazón despierto. Abrí el balcón: la noche tenía olor a ciprés, a agua tranquila. Las estrellas parecían encender pequeñas campanas sobre los jardines.

Entonces vi a un guardia apostado junto a la columna del corredor. No era uno de los habituales, su porte tenía algo contenido, atento sin ser rígido. Al girar, me saludó con una inclinación y le hice una señal con la mano. Subió y abrí la puerta y entró.

—Mi señora —dijo, con voz serena.

Me acerqué un paso, curiosa sin perder el decoro.

—No nos han presentado formalmente —sonreí—. Soy Varissa.

—Sir Aldren —respondió, y el nombre se asentó en mi memoria como una nota clara.

Nos asomamos ambos al jardín. El viento movía las hojas, y la fuente parecía una conversación distante.

—La noche está hermosa —dije.
—Es más sincera que el día —contestó él, con una calma que me sorprendió.

Lo miré de reojo. No había audacia en su gesto, sino una honestidad que, sin saber por qué, me tranquilizó.

—Hoy todo ha sido… mucho —confesé.
—Los salones amplifican las alegrías —dijo Aldren— y, a veces, los silencios.

Sentí que sus palabras tocaban con delicadeza algo que yo misma no alcanzaba. No era un poeta, era un guardia, y sin embargo, su forma de mirar la noche me parecía un lugar en el que quedarse.

—Gracias por tu guardia —añadí, más bajito.
—Es un honor —respondió—, y también una responsabilidad.

Nos quedamos unos minutos más, hasta que el frío comenzó a morder el borde de mi vestido. Antes de entrar, él se llevó el puño al pecho en saludo. Yo asentí, y el gesto me dejó un latido quieto y nuevo.

Cerré la puerta con suavidad. Tenía la sensación de que la noche me había presentado un nombre que quizá volvería a encontrar.

Elyndar

Aún llevaba el brillo de la luna en los ojos cuando salí del cuarto de Narion. Caminé despacio. Sentía la armadura más pesada que de costumbre, no por el metal, sino por lo que no digo. Me detuve junto a una ventana del pasillo: el patio dormía, los cipreses parecían escucha.

Cualquiera pensaría que un caballero aprende a separar el deber y el corazón. A veces ocurre al revés: uno se vuelve más obediente cuando el corazón sabe exactamente qué quiere.

Quise volver a la biblioteca, siempre fue mi refugio, pero me quedé en el corredor, como si mis pasos estuvieran esperando una señal. Pensé en Narion apoyado en la piedra, en su voz despojada del título, en el “vendré” que le dije y que me sostuvo como una cuerda.

Escuché el crujido leve de una puerta: la de la princesa. Vi pasar su silueta hacia el balcón más cercano, no me acerqué. Un guardia que no reconocí tomó postura junto a la columna, atento. Lo observé un instante. Era correcto, sobrio. Pensé que tal vez a Varissa le haría bien una presencia así: firme sin imponerse.

Volví la vista a la noche. A veces la luna parece una moneda: la tiras al cielo y deseas que salga la cara que necesitas. No siempre ocurre, pero ilumina igual.

No me acerqué al balcón. No era mi lugar. Mi lugar estaba donde había dejado una parte de mí: en la ventana de Narion, en el silencio compartido, en la palabra que no dije. Respiré hondo y seguí caminando. Prometerme disciplina, en esa hora, fue la única manera de mantenerme fiel.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.