El olor a hospital siempre le había parecido insoportable.
Demasiado limpio.
Demasiado blanco.
Demasiado silencioso.
Como si el mundo ahí dentro estuviera suspendido.
Santiago observa el techo mientras el médico revisa las imágenes una vez más en la pantalla frente a él. Resonancias. Términos clínicos. Sombras grises que para él no significan nada… pero que todos miran con demasiada seriedad.
Eso sí lo entiende.
Mala señal.
—Necesitamos esperar a que baje la inflamación para evaluar completamente el alcance de la lesión —dice el traumatólogo.
Santiago resopla.
—Entonces todavía no saben nada.
El médico mantiene la calma profesional.
—Sabemos que hubo un daño importante en la rodilla.
Importante.
Qué palabra tan elegante para decir desastre.
Santiago aparta la mirada.
—¿Cuánto tiempo?
—Aún es pronto para decirlo.
—¿Meses?
Silencio.
Y ahí está otra vez.
Ese pequeño vacío en el estómago.
No miedo.
Todavía no.
Algo peor.
La sensación de estar perdiendo terreno.
—Voy a volver antes del cierre de temporada —dice, firme.
El médico no responde enseguida.
Error.
Porque Santiago conoce esa mirada.
La ha visto en periodistas cuando un jugador está acabado.
En entrenadores cuando alguien deja de ser útil.
En directivos cuando empiezan a calcular reemplazos.
Lástima disfrazada de prudencia.
Y la detesta.
—Voy a volver —repite, esta vez más duro.
—Santiago…
—Estoy bien.
La puerta se abre antes de que el médico termine la frase.
Su madre entra con el rostro tenso y el bolso todavía colgando del hombro, como si hubiera salido corriendo apenas recibió la llamada.
Cuando lo ve, algo en su expresión se rompe.
Y eso le molesta más de lo que debería.
—Mamá, no pongas esa cara. Parece que me estoy muriendo.
Ella intenta sonreír.
No le sale bien.
—¿Cómo estás?
—Perfecto.
Mentira.
La rodilla palpita incluso estando quieto.
Pero no piensa admitirlo.
Nunca aprendió a hacerlo.
Una hora después, las noticias ya están en todas partes.
Santiago Ruiz abandona el partido tras una fuerte lesión.
¿Fin de temporada para la estrella del Club Atlético Central?
La preocupación crece entre los aficionados.
Santiago desliza el dedo por la pantalla del teléfono con irritación creciente.
No debería leer comentarios.
Los lee igual.
“Sin él el equipo se cae.”
“Seguro vuelve en un mes. Es una máquina.”
“Si se rompe los ligamentos, ya fue.”
Ya fue.
Aprieta la mandíbula.
Bloquea el teléfono y lo deja a un lado de golpe.
—Deja de leer eso —dice su madre desde la silla junto a la ventana.
—Estoy aburrido.
—Estás asustado.
La respuesta sale tan rápido que incluso él se sorprende.
—No.
Ella lo mira en silencio.
Y ahí está el problema con las madres que realmente te conocen:
ven lo que intentas esconder incluso cuando tú mismo no quieres mirarlo.
Santiago desvía la vista primero.
—No es para tanto.
—Santi…
—He salido de cosas peores.
Otra mentira.
Porque no recuerda la última vez que algo lo hizo sentir tan vulnerable.
Ni siquiera cuando empezó en primera división a los diecinueve.
Ni cuando lo destrozaron en prensa tras perder aquel penal decisivo años atrás.
Esto es distinto.
Porque esta vez no puede correr más rápido.
No puede marcar un gol y arreglarlo.
No puede sonreír frente a cámaras y fingir que todo está bajo control.
Su cuerpo decidió detenerse.
Sin preguntarle.
Más tarde, cuando su madre sale a responder una llamada, el cuarto queda en silencio.
Demasiado silencio.
Santiago gira apenas el rostro hacia la ventana. Afuera ya está oscureciendo. Las luces de la ciudad titilan a lo lejos mientras el hospital sigue funcionando como si el mundo no acabara de tambalearse bajo sus pies.
Eso es lo absurdo.
Todo sigue.
Los partidos.
La gente.
Las noticias.
Incluso el equipo.
Con o sin él.
La idea le aprieta algo en el pecho.
Toma el teléfono otra vez. Abre Instagram.
Miles de mensajes.
Fotos del partido. Videos de su caída. Edits dramáticos con música triste.
Y luego…
un video de uno de los comentaristas deportivos.
“Si la lesión es tan grave como parece, el club tendrá que empezar a pensar en alternativas.”
Alternativas.
Qué manera tan elegante de decir reemplazo.
Santiago siente algo caliente subirle por el pecho.
Rabia.
Cierra la aplicación de golpe.
Lanza el teléfono sobre la cama.
—Mierda.
El insulto revienta solo en la habitación.
Respira hondo.
No funciona.
Se pasa las manos por el rostro. Intenta ordenar la cabeza. Controlarse. Pensar como siempre piensa.
Solución.
Recuperación.
Entrenamiento.
Volver.
Fácil.
Pero entonces mira su pierna inmovilizada.
Y por primera vez desde el accidente…
la idea aparece completa.
Clara.
Brutal.
¿Y si no vuelve igual?
El pensamiento dura apenas un segundo.
Uno.
Pero basta.
Porque deja una grieta.
Pequeña.
Invisible.
Peligrosa.
Santiago traga saliva de golpe, como si pudiera expulsarla antes de que crezca.
No.
No va a pensar eso.
No va a convertirse en uno de esos jugadores rotos que terminan comentando partidos desde un estudio de televisión mientras hablan del pasado porque ya no tienen futuro.
Él no.
Él va a volver.
Tiene que volver.
Porque si no vuelve…
¿qué queda de Santiago Ruiz?
Y esa pregunta, mucho más que el dolor de la rodilla,