La clínica deportiva olía a café recién hecho y desinfectante.
Una combinación extraña.
Demasiado tranquila para el estado en el que Santiago estaba.
El ascensor termina de abrirse y él sale apoyándose apenas en las muletas. Apenas. Porque incluso lesionado se niega a parecer débil.
Dos chicas en recepción levantan la vista inmediatamente.
Lo reconocen.
Claro que lo reconocen.
Una sonríe nerviosa.
La otra murmura algo que él no alcanza a escuchar, pero sí entiende.
Santiago responde con esa media sonrisa automática que lleva años perfeccionando. La suficiente para agradar. La suficiente para seguir siendo Santiago Ruiz incluso sentado, cansado y con una rodilla inmovilizada.
—Buenos días —dice una de ellas demasiado rápido—. El doctor Valdés…
—La doctora Soriano llevará su rehabilitación.
La sonrisa de Santiago se congela apenas un segundo.
—¿Doctora?
—Sí.
La recepcionista señala hacia el fondo del pasillo.
—Consultorio siete.
Santiago asiente con desgano.
Perfecto.
Otra especialista que seguramente lo tratará como cristal.
Otra persona diciéndole que tenga paciencia.
Otra persona mirándolo con lástima.
Avanza por el pasillo ignorando el dolor punzante de la rodilla. Cada paso le recuerda algo que odia: depende de otros.
Y peor aún…
depende del tiempo.
Golpea dos veces la puerta antes de entrar.
—Adelante.
La voz femenina es tranquila. Clara.
Cuando abre, lo primero que nota no es el consultorio.
Es ella.
La doctora Beatriz Soriano está revisando una tableta electrónica mientras habla con alguien por audífonos. Lleva el cabello recogido de manera sencilla, bata blanca sobre ropa oscura y una expresión concentrada que no cambia cuando él entra.
Ni siquiera de inmediato.
Eso ya le parece raro.
La mayoría de personas reaccionan al verlo.
Ella no.
—Sí, envíame los resultados cuando estén listos… gracias.
Termina la llamada y por fin levanta la mirada.
Directa. Serena.
Profesional.
No hay sobresalto.
No hay sonrisa nerviosa.
No hay ese brillo de “sé quién eres”.
Solo evaluación clínica.
Santiago arquea una ceja.
Ella se pone de pie y se acerca.
—Santiago Ruiz.
No es pregunta.
—Depende de quién pregunte.
La frase suele funcionar.
Siempre arranca una sonrisa.
Pero Beatriz apenas sostiene su mirada mientras toma la carpeta clínica.
—Depende de qué tan dispuesto estés a colaborar.
…Bien.
Eso no era lo que esperaba.
Ella señala la camilla.
—Siéntate, por favor.
Nada de coqueteo.
Nada de admiración.
Solo trabajo.
Y por alguna razón, eso le irrita.
Santiago se acomoda con dificultad.
Beatriz revisa la resonancia en la pantalla unos segundos antes de hablar.
—Ruptura parcial del ligamento cruzado anterior. Inflamación importante. Compromiso meniscal leve.
Habla rápido. Precisa.
Como si estuviera describiendo el clima.
—He visto jugadores volver de cosas peores.
—Y también he visto jugadores arruinar su carrera por no respetar los tiempos de recuperación.
Touché.
Ella se acerca para evaluar la rodilla y él contiene apenas una mueca cuando la moviliza.
Beatriz lo nota.
No comenta nada.
—¿Dolor?
—No mucho.
Mentira.
Ella levanta la vista lentamente.
Y ahí ocurre algo incómodo.
No parece impresionada por él.
No parece intimidada.
Parece… que lo está viendo de verdad.
No al futbolista.
A él.
Santiago desvía primero la mirada.
—Vas a necesitar rehabilitación intensiva —dice ella mientras anota algo—. Y paciencia.
Él deja escapar una risa seca.
—La paciencia no es mi fuerte.
—Ya me di cuenta.
La respuesta llega tan natural que por un segundo él no sabe si sentirse ofendido o divertido.
Beatriz sigue revisando documentos.
Demasiado tranquila.
Demasiado inmune a él.
Y eso despierta algo que Santiago conoce bien:
la necesidad de romper esa distancia.
—¿Siempre eres así de amable con tus pacientes?
Ahora sí ella sonríe apenas.
Pequeño error.
Porque la hace verse peligrosamente bonita.
—Solo con los que creen que el ego acelera la recuperación.
Santiago suelta una carcajada corta.
—Ah, eres de esas.
—¿De cuáles?
—Las que no soportan a los futbolistas.
Beatriz se cruza de brazos, pensativa.
—No. Los futbolistas me caen bien.
Hace una pausa breve.
—Los hombres que creen que el mundo funciona alrededor de ellos… un poco menos.
Golpe limpio.
Y por primera vez desde que salió del hospital…
Santiago siente algo distinto al miedo o la frustración.
Interés.
La sesión continúa entre evaluaciones, ejercicios simples y explicaciones que él apenas escucha a medias.
No porque no entienda.
Porque está demasiado ocupado intentando entenderla a ella.
Beatriz no lo trata como estrella.
No intenta impresionarlo.
No cambia el tono cuando habla con él.
Y eso debería molestarle.
Pero no.
Lo intriga.
Al final de la consulta, ella le entrega un plan inicial de rehabilitación.
—Tres sesiones por semana. Nada de entrenar por tu cuenta.
—Eso suena a cárcel.
—Suena a que quieres volver a caminar bien.
Santiago toma el documento sin dejar de mirarla.
—¿Siempre eres tan dura?
Beatriz recoge unos papeles antes de responder.
—No. Solo cuando alguien cree que recuperarse significa fingir que no está roto.
Silencio.
Ahí está otra vez esa sensación extraña.
Como si ella pudiera ver cosas que él lleva años escondiendo incluso de sí mismo.
Santiago baja la mirada apenas un segundo.
El suficiente para que Beatriz lo note.