El gimnasio de rehabilitación era mucho más pequeño de lo que Santiago esperaba.
Sin cámaras.
Sin prensa.
Sin cánticos.
Solo máquinas, colchonetas, bandas elásticas y el sonido repetitivo de cuerpos intentando recuperarse.
Lo odiaba.
Un hombre mayor hacía ejercicios lentos en una bicicleta estática al fondo. Una chica con el hombro vendado trabajaba movilidad frente a un espejo. Nadie parecía impresionado de compartir espacio con Santiago Ruiz.
Y eso era profundamente ofensivo para su ego.
—Llegas tarde.
La voz de Beatriz lo recibe incluso antes de verla.
Ella aparece desde una oficina lateral con una carpeta en la mano y una coleta alta que se balancea apenas cuando camina.
Simple.
Demasiado simple para verse tan bien.
Santiago mira el reloj.
—Tres minutos.
—Siete.
—¿Los contaste?
—Sí.
Respuesta seca. Automática.
Como siempre.
Él sonríe apenas mientras deja las muletas apoyadas junto a una banca.
—Empiezo a pensar que te gusto.
Beatriz ni siquiera pestañea.
—Empiezo a pensar que nunca maduraste después de los diecisiete.
…ouch.
El hombre de la bicicleta suelta una risa disimulada al fondo.
Traidor.
Santiago resopla mientras ella le señala una camilla.
—Vamos a trabajar movilidad y carga parcial. Y antes de que preguntes: no, no puedes volver a entrenar todavía.
—Sabes, eres increíblemente negativa para alguien del área de salud.
—Y tú increíblemente terco para alguien con la rodilla así.
Empate.
Más o menos.
La sesión empieza tranquila.
Demasiado tranquila.
Beatriz le guía movimientos simples mientras revisa estabilidad, fuerza y tolerancia al dolor. Profesional. Precisa. Sin tocarlo más de lo necesario.
Y eso lo desconcentra más de lo que debería.
Santiago está acostumbrado a otro tipo de atención.
La gente suele girar alrededor suyo:
Todos quieren algo.
Todos reaccionan.
Beatriz no.
Ella solo trabaja.
—Activa el cuádriceps.
—Lo estoy haciendo.
—No. Estás fingiendo hacerlo.
Él la mira con fastidio.
—¿Siempre tienes que sonar como profesora decepcionada?
—Solo cuando el alumno actúa como niño caprichoso.
Santiago deja caer la cabeza hacia atrás dramáticamente.
—Definitivamente me odias.
—No eres tan importante para provocar odio.
Golpe otra vez.
Directo al ego.
Y lo peor es que parte de él quiere reírse.
Treinta minutos después, el humor desaparece.
El dolor aumenta.
La pierna tiembla durante un ejercicio de estabilidad y Santiago aprieta la mandíbula para ocultarlo.
Beatriz lo nota enseguida.
—Descansa un minuto.
—Estoy bien.
—No te pregunté.
Él intenta continuar igual.
Error.
La rodilla falla apenas y un pinchazo brutal le atraviesa la pierna. Santiago suelta una maldición por lo bajo mientras se aferra al borde de la camilla.
Silencio.
Beatriz lo observa unos segundos.
No con lástima.
Con atención.
—Te duele más de lo que dices.
—He jugado partidos completos lesionado.
—Y mira cómo terminó eso.
Santiago aparta la mirada.
Odia cuando tiene razón.
Beatriz toma una bolsa fría y se la pasa sin dramatismo.
—No tienes que demostrarme nada.
Ahí.
Esa frase.
Tan simple.
Tan innecesariamente incómoda.
Porque toda su vida ha sido exactamente eso:
demostrar.
Que era bueno.
Que era fuerte.
Que valía.
Incluso ahora.
Sobre todo ahora.
Mientras ella ajusta unos documentos en la computadora, Santiago la observa en silencio.
Y por primera vez se da cuenta de algo raro:
Beatriz no parece cansada de ayudar personas.
La mayoría de médicos deportivos que conoce terminan endurecidos. Automáticos.
Ella no.
Es firme, sí.
Pero hay algo tranquilo en su manera de hablar, de mirar, de moverse.
Como si no necesitara demostrar autoridad porque ya sabe quién es.
Qué molesto.
—¿Qué? —pregunta ella sin girarse.
Santiago alza una ceja.
—¿Qué qué?
—Llevas cinco minutos mirándome en silencio. O estás pensando algo inteligente o algo problemático.
Él sonríe lentamente.
—Te sorprendería saber cuántas veces pueden ser ambas.
Beatriz suspira apenas, divertida pese a sí misma.
Pequeña victoria.
Muy pequeña.
—¿Siempre coqueteas cuando te incomoda algo?
La pregunta lo toma desprevenido.
Solo un segundo.
Pero suficiente.
Santiago recupera la sonrisa rápido.
—¿Siempre analizas demasiado a tus pacientes?
—Solo a los que usan el encanto como mecanismo de defensa.
Silencio.
Otra vez esa sensación.
Como si ella sacara piezas de él sin permiso.
Y eso empieza a ponerlo nervioso.
La sesión termina una hora después.
Santiago está agotado aunque jamás lo admitiría.
Beatriz anota algo en la carpeta antes de hablar:
—Vas progresando.
—¿Eso fue un cumplido?
—No te emociones. Sigues siendo desesperante.
—Ah, ahí estás. Ya me preocupaba.
Ella niega con la cabeza mientras guarda los papeles.
Y entonces ocurre algo pequeño.
Pero importante.
Santiago ve cómo una paciente mayor se acerca con dificultad al área de recepción. Antes de que diga nada, Beatriz deja lo que está haciendo y va hacia ella inmediatamente.
Le habla suave.
La ayuda.
La escucha de verdad.
Sin prisa.
Sin superioridad.
Sin esa distancia clínica fría.
Y Santiago entiende algo incómodo:
esa mujer no es distante porque no le importen las personas.
Es distante porque probablemente le importan demasiado.