Fuera de juego

Capítulo 6

La primera vez que Santiago se despierta en mitad de la noche, piensa que fue casualidad.

La segunda, empieza a irritarse.

La quinta, deja de mirar la hora.

Porque ya sabe.

3:17 a.m.

Otra vez.

El apartamento está en silencio absoluto mientras él permanece acostado mirando el techo oscuro, con la pierna latiendo bajo las sábanas y una presión extraña en el pecho que no sabe cómo explicar.

No es dolor físico exactamente.

Es algo más inquieto.

Más vacío.

Se pasa una mano por el rostro y se incorpora despacio.

Mierda.

Necesita dormir.

Necesita entrenar.

Necesita volver.

Necesita dejar de pensar.

Termina sentado en la cocina con una botella de agua y el celular encendido frente a él.

Error.

Videos del partido.
Entrevistas.
Análisis deportivos.

Y luego…

un clip del nuevo delantero entrenando con el equipo titular.

Santiago observa apenas unos segundos antes de sentir el estómago tensarse.

El chico sonríe mientras los periodistas lo rodean.

Hambriento. Rápido. Nuevo.

Exactamente el tipo de jugador que los clubes aman cuando necesitan reemplazar a otro.

Santiago bloquea el teléfono de golpe.

La cocina vuelve al silencio.

Y ahí está otra vez.

Ese pensamiento.

¿Qué pasa si dejan de necesitarme?

Aprieta la mandíbula inmediatamente.

Ridículo.

Va a volver.

Tiene que volver.

Pero esta vez la seguridad no llega tan rápido.

A la mañana siguiente llega a rehabilitación de peor humor del habitual.

Beatriz lo nota apenas entra.

Claro que lo nota.

—Dormiste mal.

No es pregunta.

Santiago deja las muletas contra la pared.

—¿Ahora lees mentes?

—No. Solo tienes cara de querer discutir con alguien.

—Tal vez quiero discutir.

Ella le entrega una banda elástica sin alterarse.

—Primero haz diez repeticiones. Luego puedes elegir con quién pelearte.

Santiago la mira con fastidio.

—Eres insoportablemente tranquila.

—Y tú insoportablemente dramático para alguien que mide un metro ochenta y cinco.

Él resopla.

Pero por primera vez en días…

casi sonríe.

La sesión empieza normal.

Ejercicios. Correcciones. Frustración.

Hasta que la rodilla vuelve a fallar ligeramente durante una carga.

No es grave.

Pero Santiago reacciona demasiado rápido.

—¡Mierda!

El golpe que le da a la camilla resuena en el gimnasio.

Algunas personas voltean.

Beatriz no se inmuta.

Solo espera.

Eso lo enfurece más.

—¿Sabes qué es lo peor? —dice él respirando agitado—. Todos actúan como si tuviera que aceptar esto tranquilamente.

—Nadie dijo eso.

—Mi carrera puede irse al carajo y todos quieren que respire profundo y tenga paciencia.

Beatriz lo observa unos segundos.

Serena.

Demasiado serena.

—No estás enojado solo por la lesión.

—No me analices.

—Entonces deja de gritarle a una camilla como si fuera responsable de tus problemas.

Silencio.

Tenso.

Santiago aprieta los dientes.

Porque quiere seguir discutiendo.

Pero algo dentro de él está demasiado cansado.

Beatriz se acerca despacio.

—Siéntate un momento.

—Estoy bien.

Ella alza apenas una ceja.

Santiago resopla y termina obedeciendo.

Odia obedecer.

Especialmente a ella.

Por unos segundos ninguno habla.

El gimnasio sigue funcionando alrededor:
pesas,
música baja,
personas recuperándose en silencio.

Y Santiago tiene una sensación extraña.

Nunca había notado cuánto dolor existe en un lugar así.

No solo físico.

Hay gente aprendiendo a caminar otra vez.
A mover un brazo.
A aceptar límites nuevos.

Y todos siguen.

¿Cómo demonios siguen?

—¿Quieres saber algo? —dice Beatriz mientras revisa la tablet.

Santiago la mira sin muchas ganas.

—Seguro lo dirás igual.

Ella ignora el comentario.

—Los deportistas suelen creer que el dolor solo cuenta cuando puede verse.

Él no responde.

—Pero lo más difícil casi nunca aparece en una resonancia.

La frase queda suspendida entre ambos.

Y algo en Santiago se tensa.

Porque entiende perfectamente de qué está hablando.

Aunque no quiera admitirlo.

—No estoy deprimido, si eso intentas decir.

—No dije eso.

—Solo estoy frustrado.

—Claro.

Ese “claro” suave le molesta.

Porque suena a:
no te creo, pero no voy a obligarte a admitirlo.

Santiago aparta la mirada.

—No necesito terapia emocional.

—Nunca mencioné terapia.

—Pero lo pensaste.

Beatriz suspira apenas.

Y entonces deja la tablet a un lado.

Eso llama su atención inmediatamente.

Porque por primera vez parece hablarle menos como doctora y más como persona.

—Santiago… ¿sabes cuál es el problema de vivir tanto tiempo necesitando validación?

El golpe es instantáneo.

Directo.

Él se ríe sin humor.

—Ah, ya empezamos.

—Cuando todo el mundo deja de aplaudir… no sabes qué hacer contigo mismo.

Silencio.

Brutal silencio.

Santiago siente algo cerrarse en el pecho.

Porque esa frase…

esa maldita frase…

suena demasiado cerca de la verdad.

—No tienes idea de quién soy.

La respuesta sale más baja de lo que pretendía.

Más cansada.

Beatriz sostiene su mirada.

—Creo que llevas tanto tiempo intentando ser quien los demás esperan… que ya ni siquiera sabes si eso te hace feliz.

Ahí.

Ahí toca algo que nadie toca.

Ni periodistas.
Ni amigos.
Ni mujeres.

Porque todos aman a Santiago Ruiz.

Pero muy pocos parecen preguntarse si Santiago Ruiz está bien.

Y él tampoco lo hace.

Nunca tiene tiempo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.