Fuera de juego

Capítulo 8

—Otra vez.

Santiago deja caer la cabeza hacia atrás, exhausto.

—Juro que disfrutas torturarme.

Beatriz sostiene la banda elástica mientras lo mira sin impresionarse.

—Y yo juro que dramatizas más que mis pacientes de ochenta años.

—Ellos al menos reciben compasión.

—Ellos sí hacen caso.

Touché.

Otra vez.

Han pasado casi tres semanas desde el partido.

Tres semanas de rehabilitación,
frustración,
insomnio
y conversaciones incóodamente personales que Santiago nunca pidió tener.

La rodilla mejora.

Él no tanto.

Y Beatriz lo nota.

Claro que lo nota.

El gimnasio está más vacío de lo normal esa tarde. Afuera llueve y el sonido del agua golpeando las ventanas llena los silencios entre ejercicio y ejercicio.

Santiago termina otra repetición y deja escapar el aire con fuerza.

—¿Puedo decir oficialmente que odio este lugar?

—No. Aún no alcanzas el nivel emocional suficiente para el discurso dramático de superación.

Él suelta una risa corta.

Pequeña.

Real.

Y eso ya empieza a ser peligroso.

Beatriz anota algo en la tablet mientras él se seca el sudor del cuello con la camiseta.

—Tu movilidad mejoró.

—¿Eso significa que ya puedo correr?

—No.

—¿Trotar?

—No.

—¿Caminar rápido y llamarlo trote psicológico?

Ella levanta la mirada lentamente.

—¿Te das cuenta de que negocias como niño intentando romper un castigo?

Santiago sonríe apenas.

—Siempre consigo lo que quiero.

La frase sale automática.

Confiada.

Habitual.

Pero Beatriz no reacciona como los demás.

Nunca lo hace.

—No —dice tranquilamente—. Solo aprendiste a distraer a la gente antes de que puedan decirte que no.

Silencio.

Santiago deja de sonreír apenas.

Porque otra vez…

otra maldita vez…

ella ve demasiado.

—¿Tú analizas a todos así o solo tengo el privilegio especial?

Beatriz deja la tablet sobre la mesa.

—No necesito analizar demasiado cuando alguien se pasa la vida buscando validación.

El golpe llega limpio.

Y esta vez algo en Santiago se cansa de defenderse.

—¿Y qué si me gusta sentirme admirado?

La pregunta sale más agresiva de lo que pretendía.

Beatriz no se mueve.

—No tiene nada de malo querer reconocimiento.

Hace una pausa.

—El problema es cuando no sabes existir sin él.

Ahí.

Otra vez ahí.

Como si tomara exactamente la pieza que él intenta esconder y la pusiera frente a ambos.

Santiago aparta la mirada inmediatamente.

Porque la rabia empieza a mezclarse con algo peor:

vergüenza.

—No todos tenemos la vida perfectamente resuelta como tú, doctora.

El comentario sale filoso.

Injusto.

Beatriz se queda inmóvil apenas un segundo.

Solo uno.

Pero Santiago lo nota.

Y entiende demasiado tarde que tocó algo sensible.

Ella recoge unos papeles lentamente antes de hablar.

—¿Eso crees?

El tono cambió.

Más frío.

Más distante.

Santiago aprieta la mandíbula.

Perfecto.

Ahora la hizo enojar.

Y extrañamente eso le molesta.

—Mira, yo no…

—No tienes idea de cuántas personas llegan aquí sintiendo que perdieron su vida porque su cuerpo dejó de responder como antes.

Beatriz habla tranquila.

Pero ya no suave.

—Atletas. Bailarines. Nadadores. Personas que construyeron toda su identidad alrededor del rendimiento.

Levanta la mirada hacia él.

Directa.

—Y la mayoría no sabe qué hacer cuando descubre que el dolor más fuerte no aparece en una radiografía.

Silencio.

La lluvia sigue golpeando las ventanas.

Más fuerte ahora.

Santiago traga saliva lentamente.

Porque entiende exactamente de qué habla.

Aunque todavía no quiera ponerle nombre.

—No estoy roto psicológicamente, Bea.

Primera vez.

No doctora.

No Beatriz.

Bea.

El cambio queda suspendido entre ambos.

Ella lo nota.

Claro que lo nota.

Pero no comenta nada.

—No dije eso.

—Entonces deja de actuar como si estuviera teniendo una crisis existencial.

Beatriz lo observa unos segundos.

Y luego dice algo que le corta el aire.

—¿Hace cuánto no tienes una conversación honesta con alguien?

Silencio total.

Santiago se ríe sin humor.

—Tengo amigos.

—¿Amigos o gente alrededor?

Golpe.

—Tengo relaciones.

—¿Relaciones o distracciones?

Golpe más fuerte.

—¿Qué se supone que quieres decir?

Beatriz suspira apenas.

Y por primera vez parece cansada.

No de él.

De algo más viejo.

Más profundo.

—Que eres bueno haciendo que todos crean que te conocen… sin dejar que nadie realmente llegue demasiado cerca.

El corazón de Santiago golpea incómodo contra su pecho.

Porque ahí está la verdad.

Cruda. Desnuda. Molesta.

Tiene gente.

Muchísima.

Pero vínculos reales…

casi ninguno.

La tensión crece demasiado rápido.

Santiago se pone de pie.

—¿Sabes qué? Esto ya parece terapia barata.

Beatriz también se incorpora.

—¿Y sabes qué parece lo tuyo? Autodestrucción elegante.

Eso lo golpea de lleno.

—No sabes nada de mí.

—Sé que estás agotado de sostener una versión de ti que ni siquiera sabes si es real.

Silencio.

Brutal.

Pesado.

Y Santiago siente algo horrible:

ganas de romperse un poco.

Por unos segundos ninguno habla.

Solo la lluvia.

Solo el aire pesado entre ambos.

Hasta que Beatriz baja apenas la voz.

—No tienes que ser extraordinario todo el tiempo para merecer quedarte.

Ahí.

Ahí toca algo que nadie toca nunca.

Algo viejo.

Algo que viene de mucho antes del fútbol.

Y Santiago siente el pecho cerrarse tan fuerte que necesita apartar la mirada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.