Fuera de juego

Capítulo 9

Santiago empieza a notar a Beatriz incluso cuando ella no está hablando.

Y eso es un problema.

Porque antes todo en su vida era rápido:
personas,
fiestas,
partidos,
mujeres,
ruido.

Pero Bea…

Bea es distinta.

Ella no invade el espacio.

Lo ocupa sin esfuerzo.

La descubre riéndose con una paciente anciana mientras acomoda unas vendas.

La descubre quedándose después de horario revisando estudios.

La descubre tomando café frío porque olvidó terminarlo mientras ayudaba a alguien más.

Y lo peor es que nunca parece hacerlo para que la admiren.

Simplemente es así.

Real.

Eso lo desconcierta más de lo que debería.

Esa tarde el gimnasio está casi vacío.

Solo ellos dos y el sonido bajo de una playlist instrumental que alguien dejó olvidada.

Santiago termina un ejercicio de equilibrio y deja escapar el aire lentamente.

—¿Sabes qué extraño más?

Beatriz levanta la vista de la tablet.

—¿El fútbol?

—No.

Ella arquea apenas una ceja.

—¿Los aplausos?

La respuesta llega demasiado rápido.

Y eso le molesta.

Beatriz sostiene su mirada unos segundos.

No con juicio.

Eso sería más fácil.

Con comprensión.

Y Santiago odia cuánto le afecta eso.

—Debe ser agotador.

Él frunce el ceño.

—¿Qué cosa?

—Sentir que necesitas demostrar todo el tiempo que eres suficiente.

Silencio.

Otra vez.

Maldita mujer.

Santiago toma una botella de agua y bebe más lento de lo necesario solo para evitar responder enseguida.

—¿Siempre haces que la gente quiera huir de las conversaciones?

—Solo las personas que llevan años huyendo solas.

Golpe limpio.

Directo al ego.

Directo al pecho.

Pero esta vez no discute.

Y Beatriz lo nota inmediatamente.

Claro que lo nota.

—¿Quieres saber algo triste? —dice él finalmente.

Ella se recarga apenas contra la mesa cercana.

Esperando.

Escuchando.

Como siempre.

—Cuando estaba jugando… había días en los que tenía cientos de mensajes.

Hace una pausa breve.

—Ahora dejo el teléfono horas enteras y casi nadie escribe si no necesita algo.

Beatriz no responde enseguida.

Y ese silencio no incomoda.

Extrañamente… acompaña.

—La gente se acerca mucho al brillo —dice ella al final—. Pero muy pocos saben quedarse cuando las luces bajan.

Santiago suelta una risa suave.

Sin humor.

—Eso sonó dolorosamente específico.

Algo cambia apenas en la expresión de Beatriz.

Pequeño.

Casi invisible.

Pero él lo ve.

Y entiende algo importante:

ella no habla solo de él.

—¿Quién te rompió así?

La pregunta sale antes de que pueda detenerla.

Silencio.

Instantáneo.

El ambiente cambia.

Beatriz baja la mirada apenas un segundo mientras acomoda unos documentos innecesariamente.

Ahí está.

La armadura subiendo otra vez.

—No estamos hablando de mí.

—Eso no responde la pregunta.

Ella sonríe apenas.

Pero triste.

Y Santiago siente algo incómodo en el pecho al verla así.

Más humana.

Más vulnerable.

—A veces ayudar personas también rompe cosas —dice finalmente.

Demasiado ambiguo.

Demasiado controlado.

Pero suficiente para confirmar lo que él sospechaba:

ella también sabe lo que es quedarse vacía intentando sostener a alguien más.

Por primera vez desde que la conoce, Santiago no intenta coquetear.

No intenta bromear.

No intenta aliviar el momento.

Solo la observa.

Y Bea parece darse cuenta.

Porque algo en su expresión se suaviza apenas.

—¿Qué? —pregunta ella en voz baja.

Santiago tarda demasiado en responder.

Porque la verdad lo toma desprevenido.

—Nada.

Mentira.

Está pensando que nunca había conocido a alguien que pareciera tan fuerte… y tan cansada al mismo tiempo.

La tensión cambia de forma.

Ya no es solo choque.

Ya no es solo curiosidad.

Ahora hay algo más peligroso creciendo entre ambos:

reconocimiento.

Dos personas acostumbradas a esconder heridas detrás de versiones funcionales de sí mismos.

Beatriz rompe el silencio primero.

—Bien. Vamos a probar carga progresiva.

La profesional otra vez.

Santiago sonríe apenas.

—Ahí volvió la doctora Soriano.

Ella lo mira mientras ajusta unas bandas.

—Y ahí volvió Santiago Ruiz evitando emociones con sarcasmo.

—Es mi talento natural.

—No. Tu talento natural es distraer a la gente antes de que puedan acercarse demasiado.

Silencio.

Porque otra vez tiene razón.

Y eso empieza a cansarlo.

Los ejercicios continúan unos minutos más hasta que Santiago logra completar una secuencia sin dolor importante.

Beatriz sonríe apenas.

Orgullosa.

Realmente orgullosa.

Y algo en él se aprieta de manera extraña.

Porque se da cuenta de algo absurdo:

esa pequeña sonrisa de aprobación significa más que miles de aplausos.

Mierda.

Eso sí es peligroso.

Cuando terminan, Santiago se deja caer sentado en la camilla, agotado.

Beatriz guarda algunos materiales cerca.

El ambiente se siente demasiado tranquilo.

Demasiado íntimo.

Sin darse cuenta, él habla.

—Cuando era niño pensé que si lograba ser suficiente… nadie se iría.

El silencio cae pesado entre ambos.

Santiago parpadea apenas.

¿Qué demonios acaba de decir?

Lentamente levanta la mirada hacia Beatriz.

Ella está quieta.

Mirándolo como si acabara de entregarle una pieza delicada de sí mismo.

No responde rápido.

No invade.

Solo pregunta suavemente:

—¿Y funcionó?

Ahí.

Directo al centro.

Santiago baja la mirada hacia sus manos.




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