Y eso es exactamente el problema.
Ya no se trata solo de rehabilitación.
Ahora espera sus comentarios sarcásticos.
Espera sus miradas de “no me impresiona tu ego”.
Espera esa calma extraña que parece bajarle el ruido interno aunque apenas estén hablando.
Y Santiago Ruiz no sabe hacer las cosas a medias.
Ni el fútbol.
Ni el deseo.
Ni el vacío.
—Llegaste temprano.
Beatriz levanta la vista de unos informes cuando él entra al consultorio.
Santiago se encoge de hombros mientras deja las muletas apoyadas.
—Milagros existen.
—O te aburriste en tu casa.
—También.
Ella sonríe apenas.
Pequeño error.
Porque últimamente Santiago empieza a buscar esas sonrisas como si fueran recompensas.
Y eso no le gusta nada.
La sesión empieza normal.
Movilidad.
Carga progresiva.
Correcciones constantes.
Pero algo cambió entre ellos desde aquella conversación días atrás.
Ahora los silencios no pesan tanto.
Ahora Santiago habla más de lo que debería.
Y Bea escucha más de lo que planeaba.
—Mi madre cree que estoy insoportable.
Beatriz acomoda una banda elástica alrededor de su pierna.
—Tu madre parece una mujer muy observadora.
Él resopla.
—Tú harías buen equipo con ella. Las dos disfrutan atacarme emocionalmente.
—No te atacamos. Solo ya no puedes distraernos tan fácil.
Santiago sonríe apenas.
Pero esta vez no hay defensa rápida.
Porque empieza a cansarse de fingir todo el tiempo.
Mientras trabaja equilibrio, Beatriz revisa algunos mensajes en la tablet.
Santiago la observa distraídamente.
El mechón suelto escapando de su coleta.
La concentración en su rostro.
La forma en que siempre parece sostener todo bajo control.
Hasta que pregunta sin pensar:
—¿Nunca descansas?
Ella levanta la mirada.
—¿Perdón?
—Siempre estás trabajando.
Beatriz se encoge apenas de hombros.
—Me gusta lo que hago.
—Sí, pero eso no responde la pregunta.
Pequeño silencio.
Ella vuelve la atención a la tablet.
—A veces mantenerte ocupada es más fácil que pensar demasiado.
Ahí.
Otra pequeña grieta.
Y Santiago la siente inmediatamente.
—Eso sonó peligrosamente honesto.
—No te emociones. No pienso contarte mi historia traumática todavía.
Él sonríe.
—¿Todavía?
Beatriz lo señala con una mirada.
—No hagas eso.
—¿Qué cosa?
—Creer que porque alguien baja la guardia un segundo ya tienes permiso para entrar.
Golpe.
Pero esta vez el golpe no viene con enojo.
Viene con miedo.
Y Santiago lo nota.
Por unos segundos ninguno habla.
Hasta que él pregunta algo más suave.
Más real.
—¿Quién te enseñó a cerrarte así?
Silencio inmediato.
Beatriz deja lentamente la tablet sobre la mesa.
Mala señal.
Muy mala señal.
—Estamos hablando demasiado de mí últimamente.
—Eso significa que no estoy hablando solo.
—Eso significa que eres insistente.
Santiago sonríe apenas.
—Y tú buena esquivando.
Beatriz suspira bajito.
Como alguien cansado de sostener demasiadas puertas cerradas.
—Tuve una relación con alguien del hospital hace unos años.
La voz sale tranquila.
Demasiado tranquila.
La clase de tranquilidad que solo existe cuando algo ya dolió muchísimo.
Santiago permanece completamente quieto.
Porque por primera vez ella está dejando entrar a alguien.
Aunque sea apenas un poco.
—Era brillante —continúa ella—. Encantador. Todo el mundo lo admiraba.
Santiago siente algo incómodo en el pecho.
Porque esa descripción le suena peligrosamente familiar.
—Y al principio pensé que me veía de verdad.
Hace una pausa.
Pequeña.
Dolorosa.
—Después entendí que solo le gustaba cómo lo hacía sentir tenerme cerca.
Silencio.
El gimnasio parece quedarse lejísimos de repente.
—¿Te hizo daño?
La pregunta sale más baja de lo habitual.
Más cuidadosa.
Beatriz sonríe sin humor.
—Digamos que aprendí que puedes amar muchísimo a alguien… y aun así desaparecer dentro de la relación.
Algo en Santiago se tensa.
Porque entiende demasiado bien la parte de desaparecer.
Solo que él siempre desaparece antes de que alguien pueda hacerlo con él.
—Por eso no mezclas trabajo y sentimientos.
Ella asiente lentamente.
—Por eso no dejo entrar a cualquiera.
La frase queda suspendida entre ambos.
Y Santiago siente algo raro.
Algo cálido.
Algo peligrosamente parecido a querer ser excepción.
Mierda.
La sesión termina más tarde de lo habitual.
Y ninguno parece tener prisa por irse.
Eso también es peligroso.
Santiago toma su chaqueta mientras Beatriz guarda algunos documentos.
El silencio entre ambos ya no es incómodo.
Es… íntimo.
Y eso lo pone nervioso.
Porque la intimidad real nunca fue su fuerte.
Coquetear sí.
Conquistar sí.
Encantar sí.
Pero quedarse…
eso es otro idioma.
—¿Qué? —pregunta Beatriz al notar que él la mira otra vez.
Santiago tarda un segundo demasiado largo en responder.
—Nada.
Mentira.
Está pensando que ya no viene solo por rehabilitación.
Y ambos empiezan a darse cuenta.
Beatriz toma las llaves del escritorio.
—Nos vemos el jueves.
Santiago asiente.
Pero antes de salir se detiene junto a la puerta.
No sabe por qué pregunta lo siguiente.
Tal vez porque últimamente piensa menos antes de hablar con ella.
Tal vez porque Bea hace que quiera dejar de esconderse un poco.
—¿Alguna vez te arrepientes de mantener tanta distancia?
Silencio.
Beatriz sostiene las llaves entre los dedos mientras lo mira.