Con Leah guiando el camino, montaron toda la noche sin descanso. El alba ya había pasado y el pleno sol del mediodía no tardó en llegar. Estaban cansados y los boockas también. Por el calor Leah le había puesto su capa en la cabeza al animal y Finn la imitó. Por donde miraran solo había arena y más arena.
—¿Falta mucho? —preguntó Borns que ya ni se agarraba y solo se dejaba llevar, mientras reposaba su cabeza sobre el cuello del animal.
—De seguro ya estamos cerca, ¿verdad? —Finn le pregunto a Leah que con solo mirarlo le respondió—. El tiempo pasa volando. —Les sonrió para que puedan pensar en positivo como él se estaba esforzando por pensar.
—Sí, cuando sabes a donde ir y no vagas por el medio del desierto —dijo Reik ya arto del sol y la arena.
—No seas tan pesimista.
—¿Cuál es el punto? De seguro esa cosa ni funciona. —Hablaba del mapa—. ¿Qué estamos haciendo?
—Buscamos a Koda.
—Cierto, la persona que los entrenará para convertirse en...
—Obas. —Él ya sabía la respuesta, pero Finn le contestó igual.
—Obas. Seres mágicos, claro. —Por su tono sarcástico era obvio que Reik no estaba convencido del plan—. No crees que, si ese mapa funcionara, Comodoro ya lo hubiese usado hace tiempo.
—No, solo seres de luz pueden usarlo —interrumpió Leah.
—¿Seres de luz? Finn, no hay nada más alejado a eso que nosotros. Somos campesinos, no Seres mágicos.
—¿Hablas de nosotros o de mí?
A Finn no le gustaba que discutieran, además, no estaba molesto con él por ser un príncipe y no decirle. Comprendía que él tampoco lo sabía. Pero no pudo evitar que las palabras salieran de su boca.
—No sabía eso.
—Yo tampoco lo sabía.
—¿Y qué? ¿Solo porque un par de locos lo digan, lo vas a creer?
—Pero eso tampoco significa que no sea cierto.
Reik apartó la vista, ya no quería discutir y, sinceramente, Finn tampoco. Aliviado de que no discutirían más, miró hacia el frente y en diagonal estaba Borns. <<¡Borns!>>, le gritó, pero ya era tarde. El muchacho se cayó del boocka y se estampó contra el suelo. Se había quedado dormido, después de todo, desde el mediodía del día anterior que no dormían. Se detuvieron, Finn y Leah salieron a socorrerlo, pero Reik los miró con indiferencia desde arriba del boocka y siguió para alcanzar al animal que se escapaba. Finn tomó su bota, la destapó y le tiró el agua en la cara. A los segundos reaccionó y Mike le lamió el agua.
—Estoy bien. Solo quiero beber un poco de agua.
—Claro. —Sacudió su bota y le preguntó a Leah si ella tenía. Ninguno tenía más agua—. Esto no es bueno. —Borns lo observó y se desplomó de nuevo.
Finn no sabía qué hacer, él había sido el que los arrastró a adentrarse en el desierto y ahora era probable que se murieran en él. Leah se paró y se apartó de ellos. De nuevo había hecho el movimiento de sus manos, juntó palma con palma, giró la derecha hacia abajo, las separó y estiró la izquierda hacia el suelo. Esperaron un momento. Finn y Borns ya sabían lo que tenía que pasar, pero, por otro lado, Reik se veía confundido, no entendía qué esperaban. Entonces del suelo brotó agua, como una fuente. Todos se acercaron y lograron refrescarse. Reik se acercó a Leah y le sonrió en señal de aprobación, a lo que ella le devolvió el gesto.
Su sonrisa era suave, pequeña y relajada. Sonreír no era algo que hiciera a menudo frente a cualquiera. Esto quería decir que Leah no era cualquiera. Las sospechas de Finn sobre que entre ellos había algo eran fuertes y las reacciones de Borns le aseguraban que no eran ideas locas.
Una vez que pasó la euforia del agua, había que continuar. En eso, Reik se paró y llamó la atención del resto. Aunque parecía ya tenerla. Estaba señalando que algo se acercaba.
—¿Qué hacemos? —Leah le estaba preguntando a Finn. No entendía. ¿Debía decidir él lo que iban a hacer? Miró al suelo sin saber qué hacer—. ¿Deberíamos pedir ayuda? —preguntó nuevamente. Él la miró y después a Reik.
—Tú decides. Sabes que voy a seguirte. —respondió Reik a su mirada.
Le costó decidir, pero una vez que supo lo que iba a hacer, le indicó a Leah que cerrara la filtración y que todos se secaran. Ella creía que con indicaciones o comida era más que suficiente, pero Finn tenía pensado otra cosa.
Esperaron a que se acercara más. Ya más cerca se podía distinguir lo que era. Era una caravana. Grandes estructuras de madera cubiertas por telas coloridas, encima de ciempiés gigantes. Se detuvieron frente a ellos y una cortina se abrió. Un tipo extra obeso estaba sentado en un trono, su piel era verdosa y achicharrada, estaba transpirado, pero como todos. No debían olvidar que estaban en un desierto. Tenía sirvientes que lucían pocas telas coloridas que cubrían apenas sus partes y con velos que cubrían desde la nariz hasta el pecho. Dos de ellos estaban a sus lados abanicándolo.
Como nadie emitió una sola palabra, Finn dio un paso al frente. Y se presentó.
—Hola, soy Finn. Y ellos son Reik, Leah y Borns... y Mike. Nos preguntábamos si podíamos acompañarlos.
Leah pellizcó su brazo. Comprendió que tal vez no tomó la mejor decisión, pero y no podía echarse atrás.
El hombre se inclinó hacia ellos sin levantarse, aparentaba llevar demasiado tiempo sentado como para no poder pararse nunca más, clavó la mirada en Reik. Este al darse cuenta esquivó la mirada. Finn también lo notó así que se paró delante de él y tomó nuevamente la palabra.
—Ya no tenemos provisiones y llevamos demasiado tiempo sin un poco de sombra. ¿Cree que podríamos acompañarlo hasta salir del desierto? —El hombre se recostó sobre el respaldar del trono.
—¿Hacia dónde van? —Su voz era muy gruesa. Se oía anciana.
—Al oeste... Señor. —interrumpió Leah. El hombre asintió pensando y accedió a llevarlos a cambio de sus boockas. Ellos aceptaron.
Subieron a uno de los vagones, por así decirlo, solo para ellos. Finn les agradeció a los sirvientes que los acompañaron hasta allí, pero ninguno contestó. Debían ser mudos. Era un espacio amplio y abierto, lo que era bueno por el calor, al menos ahora tendrían sombra.