Las personas transitaban por las calles de la ciudad. Algunos mostraban una prisa abrumadora, su velocidad era tan intensa que parecían desvanecerse en un abrir y cerrar de ojos. Por otro lado, había quienes se tomaban el tiempo para disfrutar de cada instante, con una paciencia y tranquilidad que daba la impresión de que la vida se extendía ante ellos como si fuera eterna.
Así transcurrían los días, marcados por la rutina de sus habitantes, quienes encontraban disfrute en un entorno sereno. Las risas de los niños que jugaban en los parques resonaban como ecos de alegría, creando una sinfonía vibrante que se entrelazaba con el suave murmullo de las conversaciones en las calles, donde los vecinos compartían anécdotas y sueños en un ambiente de confianza. El cautivador aroma a pan recién horneado que se escapaba de las casas, orgullosas y acogedoras, no solo seducía a los transeúntes, sino que también evocaba recuerdos de tiempos pasados y de tradiciones familiares que se transmitían de generación en generación.
De repente, de forma inesperada, un inquietante mal presagio se apoderó de la ciudad que siempre había estado rebosante de vida. Lo que antes parecía un lugar idílico comenzó a revelar su lado sombrío, como si la felicidad y la serenidad se hubieran desvanecido en un instante. La energía vibrante que solía invadir las calles ahora se tornaba pesada, y la gente se encontraba desconcertada, sin saber qué esperar. Fue como un golpe sorpresivo que transformó todo de la noche a la mañana.
El sol comenzaba a ocultarse tras las montañas, tiñendo el cielo de brillantes tonos anaranjados y lilas que parecían sacados de una obra maestra. A medida que la noche iba tomando posesión del paisaje, una brisa fresca comenzaba a soplar, trayendo consigo los ecos del lejano puerto: el suave vaivén de las olas y los gritos de los pescadores que daban por concluida su jornada después de un largo y provechoso día.
El ambiente se había cargado de prisa y expectación, ya que varias personas apresuraban el paso hacia los astilleros del puerto, con los ojos brillantes y miradas curiosas, anticipando la llegada inminente de un pomposo barco a las orillas de la ciudad.
No era un navío cualquiera; era uno especial que provenía de la ciudad de Cardania, el corazón de todo el imperio, y para ser un navío muy extravagante seguramente traía consigo a individuos muy importantes.
Las casas cercanas habían comenzado a iluminarse con los faroles, las sombras danzaban en las paredes, y mientras algunos se dirigían al puerto con palpable ansiedad, otros permanecían atrás, quietos e intrigados por lo que podría llegar a acontecer en el puerto de Ender. No era habitual en esta ciudad que barcos llegaran a parar en sus costas a dichas horas, quizás por esta razón hubiera tanto revuelo entre los ciudadanos y no pudieran evitar la curiosidad del momento. O quizás, las circunstancias prometían mucho más que una simple llegada, un preludio detrás de un misterio que implicaba a todos en Ender y podría cambiar drásticamente su destino.
El navío yacía amarrado al muelle del puerto. Inmediatamente, a través de una rampa de madera, descendieron tres individuos con apariencias muy peculiares que alimentaba aún más la intriga de aquellos espectadores que habían acudido a recibir el barco recién llegado.
El primer individuo, un anciano muy alto que aparentaba una edad muy elevada, vestía una túnica azul oscura de una tela muy fina con una capucha que le cubría toda la blanca cabellera sobre su cabeza. Traía una mirada tenue y fría, su rostro estaba poblado de una espesa y larga barba blanca que colgaba hasta tocar su pecho. Las mangas de la túnica, que no terminaban de cubrir sus brazos, dejaban ver sus muñecas, cada una adornada con exuberantes brazaletes de oro que reflejaban la luz de las antorchas encendidas alrededor, como también los haces de luz de la luna llena que empezaba a ponerse en lo alto del firmamento. En su mano derecha sostenía un largo bastón de madera de color gris, en la parte superior del báculo, se distinguía la figura de un cuervo tallado en la misma madera que componía ese bastón. En su brazo izquierdo, cargaba un pesado tomo antiguo y voluminoso, cuya tapa de cuero negro estaba adornado con sugerentes cadenas de plata y muchos alijos distintivos que cubrían una parte de su superficie.
A este le seguía un sujeto de apariencia más joven, tenía el cabello negro recogido en una coleta que colgaba sobre su nuca, mostraba un rostro bien cuidado, donde una corta barba negra le adornaba el mentón. Al rededor de su cuello se mantenía atado un vistoso collar de un colmillo de oso que pendía sobre su pecho desnudo. Llevaba más que un chaleco negro sobre su torso, muñequeras negras en cada brazo, pantalones sueltos de color negro y, finalmente, un par de botas negras hechas de un cuero de una buena calidad, que completaban su atuendo.
Finalmente, el tercero, que aparentaba ser aún más joven, traía una cabellera escarlata algo crecida y desordenada, su rostro totalmente pulcro no mostraba un solo rastro de pelo. Vestía un ligero abrigo de piel de color gris que le llegaba hasta por debajo de las rodillas. En su mano derecha empuñaba un sable muy peculiar de una hoja curva y delgada, el arma tenía un aspecto bastante refinado y se había visto poco de esta elegante espada entre los reinos humanos en todo Falagor. En la mano izquierda, sostenía un bolso de cuero marrón que probablemente contenía algunas de sus pertenencias, también traía un pantalón negro y unas sencillas botas de cuero de color marrón.
Al descender, fueron recibidos con gran amabilidad por el Ayudante del gobernador, un apuesto y elegante sujeto que vestía un refinado traje negro, muy pulcro por donde se viese. Se mantenía parado firme frente a los recién llegados y era imposible no notar la preocupación y angustia reflejados en sus intensos ojos cafés.
Editado: 13.11.2025