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La Cámara

La Cámara

El hedor de la sangre era insoportable, pero para Pedro, que llevaba años entrando y saliendo de esa cámara, era casi imperceptible. Le gustaba estar ahí, era su lugar privado y especial, donde podía estar tranquilo y disfrutar de lo que le gustaba hacer.

Una fila de cadáveres despellejados colgaba bocabajo cerca de la pared trasera, mientras pequeñas gotas de sangre caían intermitentemente desde los cuerpos hacía el suelo. A Pedro no le importaba; había llegado a gustarle la textura pegajosa del suelo causada por la cantidad de sangre coagulada que ya casi no se molestaba en limpiar.

Revisó que la puerta estuviera bien cerrada y tomó uno de los cuerpos más recientes, que estaban apilados en una esquina. Lo levantó con relativa facilidad y lo depositó sobre la mesita que estaba adjunta a la sierra. Cómo amaba esa sierra. Si bien le gustaba tener un poco más de contacto con los cuerpos, no podía dejar de fascinarse por la facilidad en que aquella delgada cuchilla los cortaba en dos, incluso envidiaba su habilidad, aunque jamás lo habría admitido en voz alta. La encendió, y su chillido ensordecedor llenó la estancia. Debía aceitarla. Todos los días se decía lo mismo, pero siempre lo olvidaba al caer la tarde.

Con un movimiento alegre empujó el cuerpo hacia la cuchilla móvil, y una vez más se asombró de su habilidad: El cadáver se partía en dos limpiamente, como si fuera masa para galletas en vez de un gran cúmulo de grasa, hueso y músculos. Casi sentía lástima de que su sierra fuera tan eficiente, algunos días deseaba observar el espectáculo por un poco más de tiempo. Pero, en fin, así eran las cosas.

Tomó entre sus brazos una de las mitades recién cortadas, manchándose la ropa con sus fluidos. Esto tampoco lo preocupaba demasiado, al igual que el suelo, no se ocupaba mucho de lavar la ropa que ocupaba en aquella cámara. Dejó caer el cuerpo cercenado con suavidad sobre su mesa de trabajo, que era probablemente el único mobiliario en toda la habitación que destacaba por su limpieza.

No había si quiera un mínimo deje de rojo sobre la superficie cromada, Pedro se aseguraba de eso al menos tres veces al día, que era la cantidad de veces que la usaba por lo general. Aunque había días más ocupados que otros. Al hombre no le importaba la limpieza en sí, sino la sensación de estar llevando a cabo un trabajo pulcro y cuidadoso, donde cada movimiento del cuchillo se apreciara bien, y donde el color rojo final de la carne viva no fuera a confundirse con pozas de sangre. Le gustaba observar aquellos cuerpos con toda la claridad posible.

Escogió un machete de entre las herramientas que colgaban en la pared a su lado y revisó sin ninguna necesidad que estuviera bien afilado antes de desatar su ira sobre el cuerpo que yacía en la mesa. Sus músculos se tensaron y su cara se contorsionó a causa de la fuerza, pero su mente estaba lejos de allí.

Recordó la primera vez que había visto su cámara. Nueva, limpia, reluciente. El tipo que se la vendió no sabía para qué la quería y poco le importaba averiguarlo. Recordó también los primeros cuerpos que llegaron, su técnica irregular para tratarlos, y como se sentía fácilmente impresionado y un tanto perturbado al “tratar” con ellos. Recordó también como su cuerpo debilucho había crecido a la vez que su mente se había fortalecido: ya no era el joven asustadizo que había sido, ahora era un hombre fuerte y de temer, todo gracias a su cámara, a su sierra y a sus adorados machetes.

Después de poco más de media hora yendo y viniendo entre pensamientos que bordeaban lo delirante, el mutilador había terminado de reducir una de las mitades a pequeños trozos, compactos y portables, fácilmente transportables en un bolso de mujer. Su frente estaba cubierta con pequeñas gotas de sudor, y aunque era un hombre fuerte, estos últimos días había estado trabajando con gran ahínco, y la parte baja de la columna le dolía mucho. No quería admitirlo, pero quizás no había estado manejando el hacha correctamente y le había salido una hernia. El hombre intentó obviar el dolor: esa mañana se había propuesto terminar con al menos uno de los bultos, puesto que se le estaban comenzando a acumular, y por mucho que le gustara tenerlos en su cámara, el olor se volvía notorio y eso no era bueno en un barrio respetable como ese.

 Así que Pedro cambió su herramienta por un machete más grande y más afilado y se ensañó con la segunda mitad. Pequeñas gotas de sangre saltaban esporádicamente en dirección a su cabeza y manchaban su cabello ceniciento, pero Pedro no les prestaba atención, el brazo derecho del hombre subía y bajaba con tal fuerza que las venas se marcaban bajo su piel, y el cuerpo, que se suponía debía permanecer inmóvil por la falta de vida, rebotaba bajo la furia de la herramienta, desprendido ahora de la poca dignidad que le quedaba.

Si alguien hubiera estado observando la escena, habría podido describir la expresión enloquecida en el rostro del monstruo, el hedor terrible de la podredumbre que acompaña a la muerte y la nauseabunda imagen de más cadáveres mutilados apilados en el mismo lugar de los que una persona cuerda querría rodearse ver en su vida.

Pero no había nadie observando, porque a nadie le interesaba.

Cuarenta minutos más tarde, cuando Pedro se hubo lavado y arreglado para salir al frontis de la tienda, una señora de avanzada edad estaba sentada esperándolo con una bolsa de compras en la mano.

—¡Buenos días doña Rosa! —exclamó jovial el hombre—, hace tiempo que no se la veía por estos lados.



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En el texto hay: gore, violencia, asesinato

Editado: 02.02.2021

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