La gente que camina después de que le cortan la cabeza

1|Josh

1|

Josh

Jane nunca fue la indicada.

Lo tuve claro desde el primer instante en que nos cruzamos y no hubo ningún instante en que lo dudara. Jane no era la mujer indicada para mí. O, puede que yo no era el hombre indicado para ella. Quizá se trataba de una vaga intuición o un simple presentimiento, pero era un asunto sin discusión. Sin importar cuán grande y necia fuera mi insistencia, no podía cambiar ese hecho. En realidad, no tenía que ver con sus formas, extrañas muchas veces, ni con que tuviera una estrecha y casi íntima relación de amistad con Mathéo, un muchachito con el que mi mejor amigo lleva riñendo, en extremos casi desproporcionados y salvajes, por más de dos años. No era la indicada por qué, simplemente, yo no tenía mayor cosa para ofrecerle. No importaba cuantas veces lo intentara, nunca era suficiente, nunca lo sería. Mis esfuerzos, contrario a lo que pudiese parecer, lo único que conseguían era abrir una brecha honda entre los dos; un hueco oscuro que no podía ser llenado con nada. Ni siquiera con sufrimiento. Si yo caminaba un paso adelante, ella retrocedía tres. No podía alcanzarla, la albergaba una indisposición extraña porque, su rechazo, antes de ser rechazo, fue una cercanía ansiosa, enfermiza, lujuriosa. Ambos nos habíamos contaminado de necesidad, una peste que no debería llegarnos tan pronto, con tanta juventud, pues no conocíamos ninguna forma de manejarlo.

Estábamos destinados al fracaso.

Estábamos destinados al fracaso tanto como estábamos destinados a encontrarnos. Yo conocí a Jane de nombre, por lo menos, un mes antes de verla por primera vez. Fue extraño, como todo lo que pasó entre los dos, porque recuerdo haber sentido que algo dentro de mí, en el pecho, en el estómago o quizá había sido en la garganta, se movió, como si respondiera a ella. Al nombre que estaba leyendo. «Jane», «Jane Hesse». Yo no era un tipo de libros, pero apenas unos días atrás había leído Siddhartha, de Herman Hesse y, más allá de verlo como una curiosa coincidencia, supe que se trataba de aquel destino imposible que nos ataba. Fue esa misma idea la que me llevó a buscar su nombre en internet, en alguna página social o cualquier cosa que pudiera calmar la impresión que sentía. No se lo conté a nadie porque me hubieran encontrado enfermo del delirio; yo mismo me encontraba de tal modo.

La vi por primera vez en los pasillo del instituto. Esos pasillos que se volvieron pequeños, donde el aire no circuló bien y no hubo suficiente espacio para todos los que estábamos ahí. Se trataba de ella. Se robaba el aire y acaparaba todas las miradas, convirtiendo la mía en la de otro simple espectador que no podía aspirar a destacar, relegándose a estar bajo la sombra de su propia grandeza. Jane llevaba el pelo corto y parcialmente rubio; sonreía como si fuera lo único que pudiera hacer, se desenvolvía con una facilidad abrumadora, no le costó mayor esfuerzo hacerse con un grupo de amigos; pertenecía a aquel lugar, pese a que fueran esos los primeros pasos que daba ahí. Instantáneamente pensé que ninguna foto o pensamiento mío podía hacerle justicia, porque teniéndola delante, me daba cuenta que era lo más cercano que estuve nunca a una deidad. En palabras corrientes, si alguno me hubiera pedido moderación, hubiese dicho que el nombre le hacía justicia; que Jane Hesse resultaba interesante, que era inteligente, linda y, por demás, considerada.

Al inicio de cada clase solían tomar asistencia e, inevitablemente, cuando decían su nombre, sentía que el corazón daba latidos más rápidos, como si pudiera reconocer cada letra, cada sonido, la fonética perfecta y no podía no buscarla con la mirada; ahí, donde casi siempre se sentaba, en las primeras sillas. Y no apartaba los ojos de ella hasta que decían mi nombre, esperando que también me buscara, que hubiera algo en sus formas que fueran indicio de que me sabía de la forma en que yo a ella. Aunque, después de varias semanas, no tenía mayor certeza de nada. Alguna vez habíamos cruzado miradas, pero tenía la impresión de que yo me hacía invisible entonces y que, al final, miraba tras de mí, que me traspasaba y mis ilusiones se diluían ante esa duda. Sabía de mi existencia como uno sabe que sus vecinos existen, pero ¿había algo más que eso? Ahí recaían mis pesares, en la incertidumbre de mi presencia para ella; de que si podía sentir mi mirada constante, mi interés no disimulado y mi anhelo indeleble.

Solía decirme, buscando ánimo inocente, que ambos estábamos allí por la beca y que eso era lo único que debía importarnos. Que esa era la razón por el poco interés que mostraba en mí. «Poco» era muy esperanzador, porque su interés por mí, hasta entonces, había sido nulo. La primera semana no conseguí apartar la mirada de ella, no atendía instrucciones y mucho menos prestaba atención a las clases; mis ojos la buscaban y me quedaba prendido, exhorto en ella, en su simple presencia. La seguía, a una distancia considerable, por los pasillos, entre los salones e, incluso, hasta aquellos lugares más secretos donde buscaba esconderse. Me había convertido en una suerte de acosador sin principios, ni técnica ni vergüenza; buscaba que, uno de esos días, me encontrara con los ojos o que, cuando caminaba tras ella, se diera la vuelta para preguntarme qué cosa era lo que necesitaba, qué estaba buscando o, incluso, si era para mandarme al diablo. A Jane no le había costado mucho conseguir amigos en el instituto y eso, pronto, comenzó a limitarme.

La segunda semana fue una tregua circunscripta por mi parte; me obligué, dolorosamente, a tomar distancia porque comenzaba a sentirme enfermo. Traté de atender a las clases y a mi vida, una en la que ella no tenía espacio. Mi mamá se había enfermado y eso, por un corto tiempo, consiguió cambiar mis preocupaciones. Cuando acepté tomar el cupo de la beca, para estudiar en aquel instituto privado, lo hice sabiendo que Mathéo estudiaba ahí; que aquel era su mundo y que yo entraba a irrumpir en su territorio. Se lo dije a Nolan, mi amigo, y pese a su desacuerdo, seguí adelante porque era una oportunidad que no volvería a tener. Una oportunidad que me era mucho más importante que sus disputas necias. Por supuesto, eso no significaba que no hubiese tomado mis precauciones porque, después de todo, Mathéo me reconocía como amigo de Nolan y pese a que entre los dos no hubo nunca mayor roce, no era una salvaguardia de mi integridad. Lo que no tenía previsto era a Jane. No tenía previsto que se había convertido en objeto de mi deseo, obsesión casi; como tampoco que ella y Mathéo iban a cruzarse. Que se convertirían en amigos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.