Narra Danya
—Muy buen trabajo, chicos —la voz del Jefe resonó con una seca aprobación.
Sonreí, sintiendo el alivio al quitarme la molesta peluca rubia que había usado como disfraz durante una semana. El cabello natural, negro azabache y pesado, cayó sobre mis hombros.
—Gracias, señor —escuché la respuesta simultánea de mis compañeros.
—Estoy orgulloso de ustedes. Gracias a su impecable labor, hemos neutralizado a El Maleante —anunció, y la palabra "neutralizado" resonó con una finalidad que iba más allá de un simple arresto—. Como recompensa, tienen el resto de la semana libre. Vayan con sus familias.
Mis compañeros recogieron sus mochilas con entusiasmo. Yo me quedé quieta, esperando.
—¿Estás bien, Danya? —El Jefe se acercó a mí, su mirada penetrante.
—Sí, señor. Estoy perfectamente —respondí, deslizando mi mochila, ahora más pesada con el peso del secreto, sobre mi hombro.
—Excelente. Eres, sin duda, uno de mis mejores activos. Tu precisión es... inhumana —dijo con un tono complejo.
—Gracias, señor —contesté. Comencé a caminar hacia la puerta, pero su mano, grande y firme, se cerró sobre mi muñeca.
Sus ojos, tan azules como los míos, mostraban una mezcla de orgullo intenso y una tristeza antigua.
—Estoy muy orgulloso de ti, hija. Sé que ella también lo habría estado si estuviera aquí con nosotros —dijo, la voz apenas audible.
Lo miré fijamente. No hacía falta nombrar a Ella. Su recuerdo era el motor y, a la vez, la cadena que nos unía a este mundo de sombras.
—Gracias, papá. —Me acerqué y le deposité un pequeño beso en la mejilla, donde la piel se tensaba por la tensión—. Creo que ellas también habrían estado muy orgullosas de ti. Te amo, papá.
Salí del salón y me dirigí al estacionamiento.
Me presento. Soy Danya Davet Dorman, 24 años. Norteamericana, hija del Director David Davet. Mi trabajo es mi vida, y mi vida es una mentira constante. Soy agente de la ADIC (Agencia de Investigación Criminal).
Mi estatura es baja, mis ojos son azules, mi cabello es negro intenso, y mi piel blanca. Pero la verdad es que mi apariencia es la herramienta más efectiva de mi engaño.
Vivo en Nueva York con mi amado esposo, Clayton Dorman. Llevamos tres años casados. Él es mi ancla, y por él, haría cualquier cosa, incluso mentirle cada día.
Llegué a casa. El coche entró en el garaje con un susurro. Suspiré. Una semana de camuflaje, de ser otra persona, me había agotado. Una semana sin Clayton se sentía como un siglo.
Me quité la pistola enfundada y la placa del cinturón, guardándolas en el compartimento secreto de mi mochila táctica. La agente Danya se quedó en el maletero.
Revisé que la alarma estuviera correctamente configurada y entré a la casa. El silencio me golpeó. Quería abrazarlo, besarlo, enterrar mi rostro en su cuello y olvidar las caras de los hombres que había "neutralizado".
Dejé la mochila con mi doble vida en el desayunador y me dirigí a la cocina por un vaso de agua. Y allí estaba. Mi hermoso esposo, de espaldas, concentrado en la estufa.
Me acerqué lentamente, mis pasos de agente silenciosos. Lo abracé por la cintura. Sentí su cuerpo tensarse en un milisegundo —un reflejo de profesional entrenado— antes de que reconociera mi tacto y se relajara.
—Hola, mi amor —susurré en su espalda.
—Hermosa, te extrañé. No te sentí llegar, ¿acabas de entrar? —preguntó, su voz profunda y llena de afecto.
—Sí, hace un momento —respondí.
Apagó la estufa y se volteó. Me sonrió, y su beso fue una descarga eléctrica de deseo y anhelo. Me aferré a sus labios, sintiendo el sabor del hogar y la seguridad.
Al separarnos, él sonrió, acariciando mi rostro.
—¿Cómo te fue en el seminario de medicina legal? ¿Mucho que aprender? —preguntó.
—Bien, amor. Muy agotador —mentí.
Mi esposo no sabe que soy agente. Le miento para protegerlo. El trabajo me ha dado demasiados enemigos, y prefiero que siga creyendo que soy una analista forense sin riesgos.
La ironía es cruel: mi esposo, el hombre por el que arriesgo mi vida, es también un agente. Es un milagro que no me haya descubierto, un testimonio de mi propia habilidad para el engaño y, quizás, de su propia ceguera autoimpuesta. Es un oficial excelente, y estoy inmensamente orgullosa de él.
—¡Me alegra que te haya ido bien! Bueno, bebé, ve a darte un baño y a dejar tus cosas para que vengas a cenar. —Hizo una pausa, y su tono se volvió casual—. Tu padre llamó esta tarde, dijo que vendría a cenar.
Al parecer, uno de los equipos de su agencia tuvo la suerte de atrapar a El Rey hoy —comentó.
Tragué en seco. El Rey. El apodo que la prensa le había dado al Maleante. La misma operación que yo había liderado.
—¡Qué buena noticia, amor! Voy a subir a dejar esto —dije, tomando mi mochila.
Corrí a la recámara. Mi corazón latía con urgencia. Tenía un escondite detrás de un cuadro. Deslicé el arma y la placa en la pared falsa. La línea entre la agente y la esposa se acababa de borrar.
—¡Ya estoy lista! —Me miré por última vez en el espejo. El vestido de civil y la sonrisa de esposa de pronto me parecieron otro disfraz.
Al bajar, escuché voces en el comedor. Mi padre ya estaba en medio de una conversación.
—Hola, papá —me acerqué y lo abracé. Su sonrisa se tensó, una señal de nuestra complicidad silenciosa.
—Hola, pequeña. ¿Cómo te fue en el seminario? —preguntó, y noté el burlón destello de conocimiento en sus ojos.
—Bien. Fue un viaje largo y agotador —dije, devolviéndole la mentira con la misma naturalidad.
—Me lo imagino —comentó. Me senté y empecé a servirme la cena.
—Oye, David, ¿por qué esa agente no quiere que nadie sepa quién es? Es una idiotez. Es una heroína, ¿no? —preguntó Clayton, mi esposo, con genuina curiosidad policial.
Sentí cómo un pedazo de carne se atoraba en mi garganta. Tomé mi vaso y bebí agua lentamente.