Narra Danya
El silencio en la sala de reuniones era opresivo, cargado con la incredulidad y la furia contenida de un equipo traicionado. Mis ojos se fijaron en Clayton, cuyo rostro estaba en una máscara de hielo.
—Responda mi pregunta, Agente García —dije, mi voz firme, sin permitir que la tensión me afectara.
Nadie se movió. Decidí cortar el drama.
—Bien —continué, recorriendo la sala con la mirada—. Mi nombre es Danya Davet Dorman. He mantenido mi identidad oculta por razones estrictamente operacionales, que no son de su incumbencia. A partir de hoy, trabajaré con ustedes. Pero deberán respetar mis reglas. Son solo tres:
»Número uno: Obedecer mis órdenes y ser puntuales. La disciplina salva vidas.
»Número dos: Está ligada a la primera. No acepto errores por iniciativa propia. Si doy una orden, se ejecuta. No hay espacio para la duda en el campo.
»Y por último, la tres: Protegerse unos a otros. Ustedes son un equipo. Deben apoyarse y establecer una confianza absoluta entre ustedes. La desconfianza mata.
—¿Alguna pregunta? —terminé.
El primero en levantar la mano fue Pérez. Asentí.
—Usted tiene el mismo apellido que Clayton. ¿Son familia? —preguntó, la inocencia en su voz contrastando con el drama de la situación.
—No seas tonto, es su esposa —escuché a García susurrar.
—Sí, ella tiene razón —confirmé, mi mirada buscando, sin éxito, la de Clayton. —Yo soy su esposa.
—Muy bien, yo me retiro. Nos vemos mañana, grupo —dije, sintiendo que la tela de mi uniforme se tensaba con cada palabra no dicha. Salí de la sala con la cabeza en alto, pero el dolor me perforaba el pecho. Clayton ni siquiera me dirigió la palabra. Me merecía ese silencio helado.
Después de un viaje tenso, llegué a casa. Entré y dejé mi chaqueta en el mueble. La atmósfera era extraña, demasiado tranquila. Fui a la cocina por un vaso de agua.
Escuché un crujido sutil en el salón. Me detuve en seco. La tensión se disparó. Me dirigí a la cocina, sabiendo que mi arma de servicio estaba escondida en mi mochila en el desayunador, pero por precaución, revisé mi cadera. A pesar de haberla guardado en el escondite, mi arma de respaldo, una pequeña Walther, estaba en mi tobillo.
Avancé sigilosamente. Por el espejo decorativo de la entrada, vi un hombre encapuchado, alto, que registraba frenéticamente la sala, buscando algo o a alguien.
Saqué mi teléfono y envié un mensaje de texto cifrado a mi padre: "INTRUSO. Papá. NECESITO EQUIPO."
Vi cómo el hombre avanzaba hacia la escalera. Me apresuré a salir del pasillo. En la prisa, derribé accidentalmente un jarrón de porcelana.
—¡Maldición! —susurré.
El tipo se volteó como un resorte, un arma automática ya empuñada. No hubo advertencia; simplemente disparó. Me lancé detrás de la pared portante más cercana, sacando mi Walther de la tobillera en el mismo movimiento. El segundo disparo impactó donde mi cabeza había estado un segundo antes.
Le respondí con un disparo rápido y dirigido.
—¡Sal! ¡No te haré daño! —gritó el hombre. Como si yo fuera una tonta.
—Sí, claro —respondí con sarcasmo. Sentí sus pasos mientras flanqueaba mi posición. Disparé de nuevo a ciegas. Un gemido de dolor confirmó mi acierto: le había dado en el hombro.
En ese momento, las sirenas comenzaron a sonar a lo lejos, acercándose rápidamente. El tipo se alarmó. Salió corriendo por la puerta de servicio trasera. Lo seguí sin dudarlo. Vi cómo doblaba la esquina y se montaba en un coche BMW azul marino. Mi mente catalogó la información: Placa AAC - 1818.
Narra Clayton
El silencio de la sala de reuniones se rompió cuando mi suegro, el Director, bajó las escaleras. Su rostro estaba pálido, la preocupación pura.
—¡Vamos, chicos! —dijo, sin dar explicaciones. Nos levantamos, tomando nuestros chalecos, armas y placas.
—¿Qué pasa? —preguntó mi jefe de grupo, Rosario.
—Mi hija está en peligro —dijo, sin aliento.
Estaba abrochando mi funda. Al escuchar la palabra "hija", mi sangre se heló.
—¿Danya? —Mi voz era un rugido.
—Sí. Acaba de enviar un mensaje. Un hombre ha irrumpido en su casa. Necesita refuerzos ahora —dijo, corriendo hacia la salida.
La incredulidad sobre su secreto se desvaneció, reemplazada por el terror de perderla. No podía creer que ella me hubiera ocultado algo así, pero ahora solo me importaba encontrarla viva. Salimos disparados hacia mi casa.
Al llegar, la puerta principal estaba abierta de par en par. Entré, encontrando un desastre de vidrios rotos y agujeros de bala en las paredes. La furia y la desesperación se apoderaron de mí. Subí corriendo las escaleras, gritando su nombre.
La busqué en cada habitación. Nada. Bajé al salón.
—No está —dije, con el aliento cortado. El pánico me estaba volviendo loco.
—Llegaron tarde a la fiesta —dijo una voz.
Me volteé. Allí estaba Danya, entrando por la puerta trasera. Estaba ilesa, pero su ropa estaba rasgada y su rostro cubierto de hollín.
—¡¿Dónde demonios estabas?! —preguntó mi suegro, su voz temblando por la tensión.
—Persiguiendo al intruso —dijo Danya, con esa calma clínica que yo nunca había visto en mi "esposa forense"—. Escapó en un auto azul marino, marca BMW. Su número de placa es AAC - 1818. El hombre va herido de bala en el hombro. En ningún momento pude ver su rostro, llevaba capucha. Y, por cierto, estoy muy bien, gracias por preguntar —dijo, fulminándonos con la mirada.
Pérez, mi compañero, la miró boquiabierto. Sí, mi esposa tiene una memoria fotográfica. Y es un demonio.
Narra Danya
El equipo de investigación comenzó a registrar la casa en busca de pruebas. Yo no podía moverme. No me había acercado a ella, limitándome a observarla mientras hablaba con su padre. El dolor de la traición era punzante.
—Hola —dijo ella, acercándose lentamente a nosotros.
—Hola, hija —respondió mi suegro.
—Ire a trabajar —dije, cortante, dándole la espalda. Era la única forma de evitar gritarle.