La Puerta hacia Valle Frío (cuento)

PARTE 1

Recuerdos. Eran los recuerdos y sobretodo la falta de estos, los que empujaron a Reina Josefina del Carmen Villalobos Villalobos a guardar en su enorme cartera un cuchillo con el que pensaba cometer un asesinato. El primero y el único porque ella no era una criminal, pero uno que era totalmente necesario para calmar sus tormentos.

A pocos meses de llegar a la temida edad de los cuarenta años, Reina había notado que se había vuelto un poco más «soñadora», y nada más. No como todos a su alrededor le estaban haciendo ver: que estaba perdiendo la cabeza. Todo porque cada vez era más lenta y se le olvidaban muchas cosas. Le tomaba una eternidad encontrar las llaves del carro, por ejemplo, y mientras se despedía, y bajaba las escaleras, ya se había olvidado de si las llevaba consigo y se devolvía a comenzar el proceso de búsqueda. En el medio de toda esa confusión, perdía la noción del tiempo e incumplía con todos sus compromisos por lo que en su trabajo ya la habían amonestado dos veces y estaba a punto de ser despedida. Nada más.

Pero Reina no siempre fue así. Esto no era más que el resultado de la bola de nieve que se agrandaba con cada lucha intensa entre sus pensamientos que se oponían unos a otros, que ya a esa edad le estaban aplastando y quebrantando sus bases. Así, mientras buscaba las llaves una y otra vez para salir a matar a la fuente de todas sus angustias, su conciencia, en un atisbo de resistencia para tratar de hacerla entrar en razón, le presentaba algunos episodios agradables de su infancia para demostrarle que sí tenía recuerdos preciados.

―Ten, claro que tienes memorias bonitas ¿te acuerdas de los paseos navideños para ver las casas adornadas?

Y claro que se acordaba de que hace unos años en Maracaibo era una tradición salir a pasear a ver las fachadas iluminadas de las urbanizaciones. Después de cenar, todos al carro y a recorrer la ciudad, incluso una vez manejaron hasta Ciudad Ojeda a ver las casas de los americanos. Es que verdaderamente valía la pena, porque en esa época no se escatimaba en luces, guirnaldas, muñecos, pesebres y san nicolases que podían sobrepasar la altura de los tejados. Cada quien escogía su casa favorita, la que lucía más colores, formas y diseños, pero la de Reina siempre era, no importaba qué, la casa-barco de la urbanización la Estrella.

La casa-barco sin duda se llevaba todas las miradas y comentarios de una Maracaibo que en la época, disfrutaba con poco y Reina no era indiferente a ello, pues allí revolviendo su cartera buscando sus llaves, todavía podía verse parada delante de la pequeña cerca en forma de olas, admirando la enorme proa que sobresalía de una pequeña piscina que simulaba el mar.

CAPITÁN MARTÍNEZ

YVLX

se leía en grande muy cerca de la sobresaliente ancla. Era impresionante, pues buscando la perfección, el barco también incluía un mástil, un radar, una chimenea, una superestructura y hasta una bandera de Venezuela ondeando bajo el incandescente sol de la ciudad.

Cientos de personas se agolpaban en la acera durante el mes de diciembre a curiosear los detalles del buque y sus adornos. La experiencia era sin duda diferente para pequeños y adultos, los primeros eran por supuesto los más impresionados los que no se podían creer lo que estaban viendo y pasaban todo el rato con la boca abierta del asombro, señalando cada detalle con sus pequeños dedos. Por su parte los adultos, bromeaban y comentaban sobre las fiestas que allí dentro podrían hacer. Reina prestaba buena atención a lo que dijeran sus padrinos, y decepcionada, le parecía que siempre hablaban de lo mismo: de lo acaudalado que era el dueño y de lo molesto que debía ser tenerlo como vecino.

Para Reina la casa-barco representaba algo más, ya que con cada visita tenía la sensación de haber estado en ese lugar hacía mucho tiempo, desde cuando era una niña pequeña y no desde alrededor de los once años cuando empezó la tradición los paseos nocturnos. Siempre le pasaba lo mismo. Entonces luego, esa sensación le duraba poco y se convertía en algo desagradable, pues después de admirarla un rato, a ella esa casa le empezaba a molestar. Le molestaba porque tenía la idea de que esa fachada tan magnífica y tan perfecta tenía que estar ocultando algo, y mientras más la miraba, más se convencía de que las cosas no podían ser color de rosa ahí dentro.

Reina siempre pensaba eso de todo lo que le parecía hermoso. Y es que toda esta cuestión de mostrar lo que no es, le recordaba su propia vida, de la que no se podía quejar, pero que tenía un pasado negro del que solo recordaba imágenes borrosas de un rostro joven y cariñoso, de unas señoras arrugadas y el que más la intrigaba, el de una puerta que tenía una pequeña ventana con barrotes.

Los rostros que sí conocía a la perfección eran los de sus padrinos con quienes vivía desde que tenía memoria. Él, un hombre grande y peludo con una voz de trueno, médico y tan orgulloso de su carrera que ninguna otra tenía importancia para él. Ella, una mujer cariñosa, pero que lo único que había logrado en la vida era desarrollar una voz gruesa y alta como la de su marido, fruto de su veneración hacia él. Tenían dos hijos que trataban como lo mejor que podía existir que hasta la fecha no habían aportado nada importante a la sociedad.



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En el texto hay: asesinato, manicomio, familia

Editado: 14.06.2019

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