Las Crónicas de Draxcan - Volúmen 4

Capítulo I: Los Cimientos del Caos y de las Propuestas

Las galerías subterráneas bajo Draxcan seguían latiendo con el pulso de un corazón enfermo. La oscuridad, que en el reino de arriba era ausencia de luz, aquí tenía textura, densidad, peso. Era como respirar un líquido espeso que se filtraba en los pulmones y se quedaba allí, recordando a los intrusos que aquel no era un lugar para los vivos.

Nalia había esperado siglos. Desde que Equimio la desterró a aquel reino de sombras y piedra, había aprendido que la paciencia no era una virtud. Era un arma. Y ella la había afilado durante tanto tiempo que sus bordes podían cortar la realidad.

Equimio había dicho: "No podrás salir nunca de tu Reino Subterráneo. Solamente tus creaciones podrán salir."

Nalia lo recordaba cada día. No con amargura —la amargura era para los débiles— sino con la certeza de quien sabe que las cadenas solo aprisionan a quienes creen en ellas. Ella nunca había creído. Y sus creaciones, sus hijos de sombra y Caos, serían los dientes que morderían el mundo de arriba hasta partirlo en dos.

La Siembra del Odio

Poco a poco, el odio de la gente —especialmente el de los humanos y los magos— había ido alimentando a Nalia como la lluvia alimenta una semilla enterrada. Cada protesta en los distritos pobres, cada lágrima de una viuda que había perdido a su esposo en las minas de sal gema, cada suspiro de un mago que sentía cómo su cuerpo envejecía antes de tiempo, era un hilo más en la red que Nalia tejía desde las profundidades.

Ella no creaba ese odio. No lo necesitaba. Los mortales eran extraordinariamente buenos para generarlo por sí mismos. Solo necesitaba canalizarlo, darle forma, convertirlo en la llave que abriría las cadenas que Equimio había forjado.

El odio era el combustible. La desesperación era el fuego. Y la llave, esa llave que Nalia llevaba siglos forjando en secreto, estaba casi lista.

No era una llave de metal. Era una llave de almas. De voluntades doblegadas. De promesas susurradas en la oscuridad.

La Criatura que Salió a la Luz

Una de las creaciones de Nalia logró atravesar el velo que separaba el Reino Subterráneo de la superficie. No fue fácil. Equimio había puesto barreras que ni siquiera los dioses primogénitos podían cruzar sin permiso. Pero Nalia no era una diosa primogénita. Era algo más antiguo y más profundo: era el Caos hecho consciencia, la rebeldía hecha carne.

La criatura que emergió en el mundo de arriba no tenía nombre. No lo necesitaba. Era una extensión de la voluntad de Nalia, un recipiente vacío que su creadora llenaría con sus órdenes.

Su forma era cambiante. Al salir de la grieta, adoptó la apariencia de una sombra alargada, apenas visible contra el suelo del bosque donde había surgido. Luego, al sentirse expuesta a la luz del sol, se condensó en una figura humanoide, alta y delgada, con una piel gris como la ceniza y unos ojos que reflejaban el vacío.

No sabía hablar. No lo necesitaba. Nalia se comunicaba con ella a través de un vínculo que ni siquiera los magos más poderosos de Draxcan podrían detectar.

—Criatura de mi creación —dijo Nalia, y su voz resonó en la mente de la sombra como un trueno en una cueva vacía—. Te ordeno que busques a Cilio. El líder de la Alianza. El que se atreve a desafiar al Gran Sabio. Le ofrecerás mi oferta. Le dirás que quiero conversar con él. Tengo algo que ofrecerle que no podrá rechazar.

La criatura inclinó su cabeza sin rostro en un gesto de obediencia. No tenía voluntad propia, no tenía dudas, no tenía miedo. Solo propósito.

Nalia, después de un instante de reflexión, añadió:

—Te daré la habilidad de hablar. No quiero que mi mensaje se malinterprete por la falta de palabras.

Un instante después, la criatura sintió cómo su garganta, antes vacía, se llenaba de cuerdas vocales que no existían hacía un segundo. No era magia convencional. Era algo más primitivo. Era el Caos reordenándose a sí mismo para cumplir la voluntad de su señora.

La criatura abrió la boca y emitió un sonido. No era una palabra, no todavía. Era el primer balbuceo de un ser recién nacido a la comunicación.

—Ve —ordenó Nalia—. Y no falles.

La criatura se desvaneció en la luz del sol, adoptando la forma de un anciano encorvado, de esos que nadie mira dos veces en los caminos polvorientos de Draxcan.

El Ascenso de Seraphine

En el Castillo Dracking, muy lejos de allí, el Gran Tilio había regresado de su viaje a Laxkay. Los informes que Fox Altraz había acumulado durante su ausencia cubrían su mesa como un manto de nieve que amenazaba con sepultarlo. Los leyó todos. Uno por uno. Con la paciencia de quien ha aprendido que los detalles pequeños son los que matan reinos.

La noticia sobre Eltrix era cierta. Paul había envejecido veinte años en una noche. Se había convertido en el Gran Viejo. Y los libros prohibidos de la familia Lasmec habían sido abiertos.

—Todo encaja —murmuró Tilio, dejando el último informe sobre la mesa—. Todo maldito encaja.

Los generales de cada raza —Elroan, Seraphine, Aldric y Marcus— llegaron a la Cripta de los Juramentos al amanecer del día siguiente. Uno por uno, en el silencio pesado de la cámara circular cuyas paredes estaban formadas por los escudos oxidados de los caídos en la Guerra Elemental, juraron su lealtad al Gran Sabio.

Tilio los observó en silencio. No había necesidad de palabras grandilocuentes. Los gestos, pensó, a veces eran más elocuentes que cualquier discurso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.