El Castillo Dracking, en las horas muertas de la noche, era un lugar que pocos conocían en su verdadera dimensión. Los pasillos de piedra, que durante el día vibraban con el eco de botas y voces apresuradas, se sumían entonces en un silencio tan denso que parecía tener peso. Las antorchas, colocadas en los muros cada cierta distancia, crepitaban con una lentitud deliberada, como si el fuego mismo estuviera cansado después de tantos siglos de iluminar los mismos pasos de los mismos hombres.
Tilio caminaba sin rumbo. No podía dormir. No podía. El cansancio le calaba los huesos hasta la médula, pero cada vez que cerraba los párpados, las imágenes volvían: los informes sobre Eltrix, la cara de Paul envejecida de la noche a la mañana, los tatuajes brillando bajo su piel como si estuvieran vivos.
Llevaba horas así. Después de despedir a los generales, después de firmar los documentos que Fox había dejado sobre su mesa, después de ignorar la cena que los sirvientes habían dejado enfriando en la puerta de su oficina, se había puesto a caminar.
Y no podía parar.
El Peso de la Noche
Llegó a su oficina casi sin darse cuenta. Sus pies, más listos que su mente, lo habían guiado de vuelta al único lugar donde, paradójicamente, se sentía menos solo. Empujó las pesadas puertas de roble —tan viejas que, según los archivos, habían sido talladas por los primeros Elemens que habitaron el castillo— y el silencio del lugar se le vino encima como una ola.
Dejó caer su capa sobre una silla, sin preocuparse de doblarla. Se apoyó contra el ventanal que daba al este, donde las luces de la capital parpadeaban como estrellas caídas en la tierra. Miles de ventanas. Miles de vidas. Miles de problemas que él no podía resolver.
Quería marcharse.
El pensamiento no era nuevo. Lo visitaba casi todas las noches, como un fantasma que se niega a cruzar al otro lado. Deseaba con todas sus fuerzas tomar su montura —no el carruaje oficial, no la escolta de soldados, solo su caballo, el viejo Tormenta, que ya casi no usaba— y cabalgar lejos de allí. Hacia el norte, quizás. Hacia Eltrix, que ahora lo llamaba con la urgencia de una herida abierta. Hacia cualquier lugar donde no tuviera que firmar documentos, recibir informes, escuchar quejas, apagar incendios políticos que otros habían encendido antes de que él naciera.
Pero era imposible.
Acababa de regresar de Laxkay. La burocracia lo encadenaba a la ciudad con cadenas invisibles pero más fuertes que el acero. No podía permitirse abandonar la capital por segunda vez sin desatar un caos político. Los rumores ya estaban circulando: "El Gran Sabio huye", decían unos. "No sabe gobernar", susurraban otros. "Reax se equivocó al elegirlo", escupían los más osados.
Sabía que el Subreino de Eltrix había cambiado para siempre. Paul, su amigo, su compañero de viaje, el único Elemens que lo había tratado como a un igual antes de que el título lo separara de todo el mundo, ahora era el Gran Viejo. Y llevaba en su piel las marcas de un conocimiento que Tilio ni siquiera podía imaginar.
La culpa le quemaba el pecho.
No había estado allí cuando las cosas se desmoronaron. Había viajado a Laxkay para forjar alianzas, sí. Había conseguido el apoyo del rey Alkioz, sí. Pero a qué precio. Eltrix se había fortificado. Un anciano inocente había sido arrestado. Paul había pagado el precio del conocimiento con su juventud.
Y Tilio no había estado allí.
La Carta
Soltando un suspiro cargado de frustración, se sentó frente a su escritorio de roble. La madera, pulida por décadas de uso, reflejaba la luz temblorosa de la vela que acababa de encender. Tomó un pergamino amarillento del cajón —de los buenos, de los que se reservaban para asuntos importantes— y mojó la pluma en tinta.
Comenzó a escribir.
Las palabras salieron torpes al principio, como si tuviera que desatascar un pozo seco. Pero después de unos segundos, la tinta fluyó con una facilidad que lo sorprendió. Era como si las frases hubieran estado esperando allí, en algún rincón de su mente, listas para ser liberadas.
Carta del Gran Tilio a Paul, Gran Viejo de Eltrix:
Hola, Paul, Gran Viejo:
Me han notificado del gran cambio que ha sufrido el Subreino de Eltrix. Quisiera ir en persona para saludarte, pero hace poco regresé a Draxcan y me es imposible salir nuevamente de la capital. Ya sabes que este puesto es bastante demandante.
Por eso, te invito a Draxcan para hablar de lo sucedido en Eltrix y pedirte disculpas personalmente, cara a cara, a ti y a tu pueblo.
No quiero que tu gente me vea con malos ojos. Ya cargo con el odio de dos razas y no soportaría tener también el de los Elemens, sabiendo que esa tierra es sagrada para tu raza y tu clan.
Además, hay algo más que quisiera hablar contigo... algo que no sé cómo confesarle a alguien a quien he amado desde hace tanto tiempo.
P.D.: Manda saludos a tu mujer y a tus hijos. Están cordialmente invitados por el Gran Sabio.
Firma: Tilio Crazpo
Tilio leyó la carta dos veces. La primera, para asegurarse de que no hubiera errores. La segunda, para preguntarse si realmente iba a enviarla.
La posdata era peligrosa. "Alguien a quien he amado desde hace tanto tiempo". Cualquier lector curioso podría interpretarla como quisiera. Pero Paul no era cualquier lector. Paul lo conocía. Paul sabría.
Selló el pergamino con cera caliente y estampó su anillo. El lacre cayó sobre el pliegue como una gota de sangre, y el emblema del Reino Sagrado de Draxcan quedó grabado para siempre en la superficie.