Las Crónicas de Draxcan - Volúmen 4

Capítulo III: La Confesión y el Nacer de Darmir

Los fuegos artificiales se habían extinguido hacía más de una hora. El cielo sobre Draxcan, que antes había sido un tapiz de luces danzantes, ahora era solo una extensión negra salpicada de estrellas pálidas. La multitud se había dispersado lentamente, como un río que se divide en arroyos cada vez más pequeños, hasta que la plaza quedó vacía y el silencio regresó al castillo.

Tilio caminaba por los pasillos vacíos. No sabía adónde iba. No le importaba. Sus pies, más sabios que su mente, lo guiaron hasta el ala oeste del castillo, donde las habitaciones de los altos mandos se alineaban como soldados en formación.

Allí estaba Seraphine.

No la había visto desde que salió del balcón. Después del discurso de Tilio, ella se había retirado con la excusa de revisar el despliegue de los guardias para el resto de la celebración. Pero Tilio la conocía. Sabía que no estaba revisando nada. Sabía que estaba huyendo.

De él. De ellos. De lo que había pasado la noche anterior.

Se detuvo frente a la puerta de su habitación. La madera era gruesa, tallada con runas de protección que los magos de la corte renovaban cada año. Podía llamar. Podía marcharse. Podía fingir que no había notado sus lágrimas.

Llamó.

—¿Quién es? —la voz de Seraphine sonó al otro lado, congestionada, como si hubiera estado llorando.

—Soy yo —respondió Tilio, en voz baja.

Silencio. Luego, el ruido de pasos arrastrándose hacia la puerta. El cerrojo metálico chirrió al correrse.

La puerta se abrió.

Las Lágrimas de Seraphine

Seraphine estaba apoyada contra el marco, con la armadura puesta pero sin el casco. Sus ojos, que normalmente brillaban con la dureza del acero, estaban enrojecidos. Las mejillas, húmedas. No intentó ocultarlo. No podía.

—Gran Tilio —dijo, con voz ronca—. No esperaba...

—No me llames así —la interrumpió Tilio—. No ahora. Por favor.

Ella asintió. Tragó saliva. Sus dedos, cubiertos por los guantes de cuero de su armadura, temblaron ligeramente.

—Tilio —corrigió.

Se quedaron en silencio. Los dos sabían lo que había pasado la noche anterior. Los dos sabían que no podían fingir que no había ocurrido. Pero ninguno de los dos encontraba las palabras para empezar.

Finalmente, Tilio habló.

—Vi que llorabas. Durante los fuegos artificiales. ¿Por qué?

Seraphine desvió la mirada. Sus dedos jugueteaban inconscientemente con el pequeño collar de plata que llevaba bajo la armadura, el que Tilio le había regalado cuando eran niños.

—No es nada —murmuró.

—Seraphine.

El tono de Tilio no era el de un Gran Sabio dando una orden. Era el de un amigo preocupado. El de alguien que ha visto a esa misma persona reír, enfadarse, callar, pero nunca llorar así.

Ella se mordió el labio inferior. Luego, como si una compuerta se hubiera roto, las palabras salieron a borbotones.

—Hoy murió mi padre adoptivo.

Tilio parpadeó. No esperaba eso.

—No le pude pedir disculpas —continuó Seraphine, y su voz se quebró—. Estaba ocupada todo el tiempo. Trabajando aquí, en el castillo. Me aguanté todo el día. Pensé que podría... pensé que si me concentraba en el discurso, en la ceremonia, en los fuegos... no dolería tanto. Pero cuando vi las luces... cuando vi a los niños aplaudiendo... me acordé de él.

Se secó una lágrima con el dorso de la mano. No sirvió de nada. Otra cayó inmediatamente después.

—Él siempre me hablaba de pequeñas historias. De cada invento que nuestra gente creó. De los primeros Elemens, de los dragones, de la construcción del cráter... todo. Yo era una niña, no entendía la mitad de las cosas que me decía. Pero me encantaba escucharlo. Porque cuando él hablaba... cuando él me miraba... me sentía importante. Me sentía querida.

Su voz se apagó. Se cubrió el rostro con las manos.

—No puedo aguantarlo, Tilio. Perdón. No puedo.

Tilio dio un paso adelante. No sabía qué hacer. No sabía qué decir. Pero sabía que no podía quedarse allí, con los brazos cruzados, viendo cómo la única persona que le importaba se desmoronaba delante de él.

—Seraphine —dijo, y su voz era apenas un susurro—. Espérame. Quiero hablar contigo. Sobre eso y sobre otras cosas.

Ella levantó la vista. Sus ojos, enrojecidos y brillantes, se encontraron con los de él.

—¿Sobre qué?

—Sobre nosotros. Cuando éramos niños. Adolescentes. ¿No recuerdas que éramos amigos? No solo compañeros. Amigos.

Seraphine negó con la cabeza, apartando la mirada.

—Perdón, Gran Tilio. No soy digna para hablar con usted de cualquier cosa.

Esa palabra. Gran Tilio. Otra vez. Como un muro entre ellos.

Tilio sintió cómo algo dentro de él se rompía. No era ira. Era algo más antiguo, más profundo. Era la frustración de quien ha pasado años siendo visto no como una persona, sino como un título.

—No me llames Gran Tilio —dijo, y su voz tembló—. No me llames Gran Sabio. Nosotros nos conocemos. Y ahora no estoy hablando como Gran Sabio. Te estoy hablando como Tilio. Tu amigo.

Se acercó un paso más. Estaban tan cerca que podía sentir el calor de su respiración.

—No me gustaría usar mi poder para hablar contigo. No me gusta ese poder. Ya estoy harto. No puedo dormir bien. No me gusta que las razas me odien por cosas que yo no hice. Estoy harto. No tengo a nadie para hablar. Por eso vine aquí. Te vi llorando. Me preocupé por ti. Porque nunca me gustó que llores. Porque no sé por qué, pero cuando te veo llorar... me preocupo más. Y me siento más débil. Eso lo tengo desde que éramos jóvenes.




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