Las Crónicas de Draxcan - Volúmen 4

Capítulo IV: La Prohibición entre Clanes

La noche había sido larga. No en el sentido de las horas —aunque también— sino en la profundidad de lo que se habían dicho. Tilio y Seraphine habían hablado hasta que el whisky de la botella se acabó y el horizonte comenzó a teñirse de un gris pálido que anunciaba el amanecer.

Habían hablado de sus padres. De los sueños que tenían cuando eran niños, antes de que la vida los empujara por caminos separados. De las heridas que nunca se atrevieron a mostrar.

Y, en algún momento entre la tercera y la cuarta copa, habían dejado de hablar.

No era algo que hubieran planeado. No era algo que ninguno de los dos hubiera buscado conscientemente. Pero cuando la madrugada los encontró desnudos en el suelo de la oficina de Tilio, envueltos en la capa del Gran Sabio como en una sábana improvisada, ninguno de los dos se arrepintió.

Tilio se despertó primero.

No era algo inusual. Desde que asumió el cargo, su cuerpo se había acostumbrado a despertar antes de que los pájaros comenzaran a cantar. Pero esa mañana, al abrir los ojos, no sintió el peso habitual en el pecho. No sintió la angustia de los informes sin leer, de las leyes sin firmar, de las deudas sin pagar.

Sintió algo diferente.

Sintió la respiración cálida de Seraphine en su cuello. Sintió el peso de su brazo sobre su torso. Sintió, por primera vez en mucho tiempo, que no estaba solo.

Se quedó mirándola.

Dormida, Seraphine no tenía esa expresión dura que usaba como máscara en el campo de batalla o en las reuniones del senado. Sus rasgos se suavizaban, las líneas de tensión alrededor de sus ojos desaparecían, y sus labios, normalmente apretados en una línea firme, se relajaban en una curva que casi podía considerarse una sonrisa.

Tilio recordó entonces el collar. El pequeño collar de plata que ella llevaba siempre, incluso ahora, incluso desnuda, descansando sobre su clavícula. Las iniciales grabadas: T.S. y S.E. Tilio Seraphine. Seraphine Elemens.

Él se lo había regalado cuando eran adolescentes, antes de que la vida los separara. Había trabajado meses para comprarlo, ahorrando cada moneda que podía de su salario de asistente. No se atrevió a decirle por qué se lo daba. No se atrevió a confesar lo que sentía.

Pero ella lo había guardado. Durante décadas. Durante guerras, durante ascensos, durante todo el tiempo que estuvieron separados.

Tilio sonrió. Un movimiento suave, apenas perceptible.

La Mañana Siguiente

Se vistió en silencio, con el cuidado de no despertarla. No quería que este momento terminara. No quería que la realidad se filtrara a través de las rendijas de la puerta y lo obligara a recordar quién era, qué cargo ocupaba, qué leyes lo ataban.

Pero la realidad no espera.

—Gran Sabio, por favor abra la puerta.

La voz de Fox Altraz sonó al otro lado de la pesada puerta de roble, acompañada de unos golpes firmes pero respetuosos. Tilio maldijo en voz baja.

—Debe tomar esos documentos —continuó Fox—. Son de urgencia. Son las leyes que el senado aprobó. Solamente le falta su firma para que se aprueben oficialmente para todo el Reino.

Tilio miró a Seraphine, que todavía dormía, ajena al mundo exterior. Su capa, la que él había usado para cubrirla, subía y bajaba al ritmo de su respiración.

—Ya voy a abrir —dijo, alzando la voz lo suficiente para que Fox lo escuchara, pero no tanto como para despertarla—. Espérame un momento. Estoy arreglando la oficina. Está totalmente desordenada y sucia. Porque nunca la limpiaron y la ordenaron en un día.

Mintió. Y mintió bien. Fox era leal, pero no era tonto. Sin embargo, la lealtad, a veces, implicaba no hacer preguntas incómodas.

—Deja esos documentos en la mesa pequeña que está al lado de la puerta —continuó Tilio, mientras se ajustaba la túnica a toda prisa—. Ya los voy a recoger. Y si traes más y ves que no recogí los primeros, deja los nuevos encima de los primeros documentos.

—Ya, Gran Sabio —respondió Fox, y Tilio oyó cómo dejaba los pergaminos sobre la mesa de madera—. Le voy a dejar los documentos en la mesa pequeña. Cualquier cosa, le aviso de nuevas cosas.

Los pasos de Fox se alejaron por el pasillo.

Tilio exhaló.

—Ufff —dijo Seraphine desde el suelo, incorporándose con el pelo revuelto y los ojos aún adormilados—. Casi nos pillan.

—Casi —confirmó Tilio, esbozando una sonrisa torcida.

Seraphine se estiró, sin preocuparse por la capa que se deslizó por sus hombros. Tilio desvió la mirada. No por timidez —ya no había timidez entre ellos— sino porque necesitaba concentrarse en lo que venía.

—Tan temprano empieza tu trabajo como Gran Sabio —dijo Seraphine, con un dejo de curiosidad—. ¿A qué hora más o menos te despiertas todos los días para empezar tu día como Gran Sabio de todo el Reino?

Tilio se ajustó el cinturón.

—No te gustaría saberlo.

—Vamos, cuenta. No creo que te despiertes antes que los cuatro generales. Nosotros estamos entrenados para despertar temprano.

Tilio la miró. Una ceja levantada.

—¿Entrenados para despertar temprano? Estuviste dormida hasta que tocaron la puerta con fuerza. Ahí recién te despertaste.

Seraphine abrió la boca para protestar, pero la cerró. No podía negarlo.

—Está bien —admitió—. Pero igual quiero saber.




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