La noticia de la llegada de Paul se extendió por el castillo como el eco de un trueno en una cámara vacía. Los sirvientes, que normalmente se movían con la eficiencia silenciosa de los engranajes de un reloj, aceleraron el paso. Los cocineros sacaron los mejores ingredientes de las despensas. Los guardias, que habían pasado la semana anterior entrenando en el patio de armas con una intensidad inusual, se alinearon en formación frente a la entrada principal.
Tilio los observó desde la ventana de su oficina. Había cambiado su túnica de trabajo por un atuendo más formal: chaqueta azul oscuro con el emblema del Reino bordado en el pecho, pantalones grises, botas negras relucientes. No llevaba la capa de ceremonia. Había decidido que ese no era un día para ceremonias.
Era un día para viejos amigos.
La Recepción
Cuando las pesadas rejas del castillo se abrieron con un chirrido metálico que resonó en toda la explanada, Tilio ya estaba esperando en lo alto de la escalinata. A su alrededor, los soldados formaban dos filas perfectas, con las armaduras relucientes bajo la luz del sol y los emblemas del Reino brillando como pequeños soles.
El carruaje de Paul era modesto. No las carrozas doradas que los representantes de los clanes usaban para impresionar, sino un vehículo de madera oscura, sin adornos, con las ruedas manchadas de barro seco. Llevaba los emblemas de los Elemens y del Subreino de Eltrix: un dragón enroscado sobre sí mismo, formando un círculo que representaba la eternidad.
Un guardia de Eltrix —un hombre joven, de rostro marcado por las cicatrices que solo se obtienen en combates reales— bajó del pescante y abrió la puerta del carruaje.
Paul salió primero.
Tilio sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. No era el Paul que recordaba. El cabello, antes de un rubio oscuro que le daba un aspecto juvenil, ahora era blanco como la ceniza. Las arrugas alrededor de sus ojos, antes apenas perceptibles, se habían profundizado. Y los tatuajes... los tatuajes que cubrían su piel brillaban bajo la luz del sol como si estuvieran vivos, moviéndose lentamente, cambiando de forma.
Pero sus ojos seguían siendo los mismos. Grises como las tormentas de invierno. Y cuando se encontraron con los de Tilio, Paul sonrió.
—Gran Sabio —dijo, haciendo una reverencia.
Detrás de él, su esposa Martina bajó del carruaje. Era una mujer de cabello oscuro y ojos verdes, con la serenidad tranquila de quien ha visto muchas cosas y ha aprendido a no inquietarse por lo que no puede controlar. Les siguieron sus hijos: Andreisis, la mayor, de unos veinte años, con el cabello del mismo blanco ceniciento de su padre; Lantro, el segundo, de rasgos duros y mirada firme; y los pequeños, Matais y Rashi, que apenas llegaban a la cintura de su madre y miraban el castillo con los ojos abiertos como platos.
La familia completa.
Los soldados, siguiendo el protocolo, alzaron sus lanzas en posición de saludo.
—¡Salud al Gran Viejo de Eltrix! —gritó el oficial al mando, y los soldados repitieron la consigna al unísono.
Tilio esperó a que Paul y su familia terminaran la reverencia. Luego, para sorpresa de todos los presentes —soldados, sirvientes, cortesanos que se habían asomado a las ventanas—, el Gran Sabio se inclinó.
Él también hizo una reverencia.
Paul parpadeó. Martina abrió los ojos con sorpresa. Los niños, que no entendían de protocolos ni jerarquías, simplemente observaban.
—Bienvenidos al Reino de Draxcan —dijo Tilio, enderezando la espalda—. Bienvenido, Gran Viejo. Gracias por venir. Gracias por aceptar hablar, para solucionar cosas importantes entre ambos.
El silencio que siguió fue el silencio de los que acaban de presenciar algo que no entraba en sus esquemas del mundo. Los Gran Sabios no hacían reverencias. Los Gran Sabios recibían reverencias.
Pero Tilio no era un Gran Sabio cualquiera.
Paul fue el primero en reaccionar. Dejó escapar una risa corta, sorprendida, y extendió su mano.
—Eres un caso, Tilio —dijo, llamándolo por su nombre, no por su título—. Un maldito caso.
Tilio estrechó su mano. El contacto de la piel de Paul era cálido, pero los tatuajes bajo sus dedos vibraban con una energía que no supo describir.
—He tenido buenos maestros —respondió.
Se quedaron así un momento, sonriendo como los viejos amigos que eran, mientras el mundo a su alrededor seguía girando sin entender lo que acababa de ver.
El Paseo por el Castillo
Después de que los sirvientes se llevaran las maletas de la familia Paul a las habitaciones de invitados —Tilio había ordenado que les dieran las mejores, las que daban al jardín interior, donde los árboles de hoja perenne florecían incluso en invierno—, Tilio y Paul se retiraron a pasear por los jardines del castillo.
No era una conversación oficial. No había escribas tomando notas, ni secretarios grabando cada palabra para los archivos. Era, simplemente, dos amigos que caminaban entre arbustos de rosas silvestres y estatuas de generales muertos hace siglos.
—Parece que están en guerra —dijo Paul, observando a los soldados que patrullaban las murallas con una intensidad que no recordaba—. Los soldados inmediatamente hacen caso. Y parecen ser más obedientes que antes.
—Hemos hecho que el ejército sea más obediente a las órdenes —admitió Tilio—. Además, inventé un nuevo puesto militar de alto rango, que está debajo de mi poder.