Las Crónicas de Draxcan - Volúmen 4

Capítulo VI: La Charla Parte II y El Mensaje

La noche había caído sobre Draxcan cuando Tilio y Paul se retiraron a la biblioteca privada del castillo. No era la gran biblioteca pública, la que los eruditos visitaban con permiso del senado, sino una estancia pequeña, de paredes cubiertas de estanterías de roble oscuro, que solo los Gran Sabios y sus invitados más cercanos podían usar.

Un fuego crepitaba en la chimenea, lanzando sombras danzantes sobre los lomos de los libros. Tilio sirvió dos copas de vino tinto —el de 858 años, que había mencionado a Seraphine días atrás— y le tendió una a Paul.

—Como extraño la privacidad —dijo Tilio, sentándose en un sillón de cuero—. Y la paz. Este puesto es bastante pesado y estresante. Ya sabes cómo se sentía el Gran Reax. No se lo deseo a nadie.

—Se ve súper estresante —coincidió Paul, acomodándose en el sillón frente a él—. Yo todavía no estoy implementado del todo en Eltrix. Todavía estoy aprendiendo. Preguntando a los anteriores Grandes Viejos que me den su experiencia. Cómo controlar Eltrix y su gente. También políticamente. Como ejemplo, tú.

Tilio esbozó una sonrisa.

—¿Y qué te han dicho?

—Que es complicado. Que los Elemens son testarudos. Que cada familia cree tener la razón. Que los jóvenes quieren cambios y los viejos quieren que todo siga igual. Cosas de siempre.

—Cosas de siempre —repitió Tilio, con una nostalgia que no estaba del todo justificada—. Al menos en eso no cambia nada.

Bebieron en silencio. El vino era suave, con un dejo a frutos del bosque que se quedaba en la lengua mucho después de haberlo tragado.

La Confesión

Paul fue el primero en romper el silencio.

—Tilio... en la carta que mandaste, dijiste que tenías que hablar sobre algo de una persona. Alguien a quien has amado desde hace tanto tiempo.

Tilio sintió cómo la copa se le enfriaba entre las manos.

—Ah. Sobre eso. Ya está arreglado. Ya le hablé. Y estamos saliendo.

—¿Saliendo? —Paul se enderezó en su silla—. ¿Como en una relación?

—Sí. Pero a escondidas. Para que los noticieros no publiquen nada. Para que la gente esté más tranquila. El reino avanza. No quiero meter temas que no deberían importar.

Paul soltó una risa corta.

—Quién es, para tener tanto secreto. No debería haber tanto problema si eres el Gran Sabio. Debes poner un heredero, un sucesor para tu puesto en un futuro.

Tilio se llevó la copa a los labios. Bebió un sorbo más largo de lo necesario.

—Una cosa quiero preguntarte —dijo, dejando la copa sobre la mesa—. ¿Qué pasa si un Elemens... o alguien de otra raza... tiene una relación con una mujer o un hombre de otra raza?

Paul lo miró fijamente. Sus ojos grises, del color de las tormentas de invierno, parecían atravesarlo.

—Tilio, tú sabes la respuesta a eso. Todos los días lees leyes. Lees las leyes viejas y las leyes originales. Las que no se pueden modificar.

—Lo sé. Pero no se puede cambiar para nada esas leyes originales. Son del senado derrocado por el Gran Kaida. Él las respetó. No quiso cambiarlas ni eliminarlas.

Paul dejó la copa. Se inclinó hacia adelante.

—Tilio... ¿un familiar tuyo está saliendo con alguien de otra raza?

Tilio negó con la cabeza.

—No es ningún familiar mío.

—Entonces...

—Soy yo, Paul. Yo estoy saliendo con alguien que no es de mi raza.

El silencio se volvió denso.

Paul miró hacia la puerta, hacia las ventanas, hacia cualquier lugar donde pudiera haber oídos indiscretos. No había nadie. Estaban solos.

—¿Estás loco? —dijo, en un susurro—. Salir entre diferentes razas está prohibido por las Leyes Originales. Ningún miembro de un clan o raza puede juntarse o reproducirse con otra raza. Eso es penado por la institución del puesto inmediatamente. Y eliminación del Clan permanentemente. Para ambos.

—Lo sé.

—¡Entonces no puedes estar con alguien de otra raza! Debes terminar esa relación inmediatamente. Antes de que los líderes de los clanes sepan de esta violación. Las leyes originales son los pilares del Reino de hoy en día.

—Paul, cálmate. Pareces loco por lo que te dije.

Tilio se levantó. Caminó hacia la chimenea. El fuego crepitaba a sus pies, lanzando chispas que se elevaban hacia la campana de hierro.

—Estoy buscando una solución. Para poder estar junto a ella. Y ella conmigo. Y sé que las leyes originales son los pilares de hoy en día. Pero yo soy el Gran Sabio. Mi función en este puesto es cambiar las viejas costumbres. Las leyes que limitan a muchos clanes y distritos. Que están sufriendo por culpa de esas leyes que no están actualizadas a la nueva cara del Reino de Draxcan.

Paul suspiró. Se frotó las sienes.

—Tienes razón. Tu función —desde el Gran Kaida— es cambiar esas viejas costumbres y leyes que no deben avanzar. Por eso veo que el Distrito Imperial convive con todas las razas. Ese era el sueño del Gran Kaida. Y de otros Grandes Sabios antes de ti.

—Pero aún así está prohibida la procreación entre razas —dijo Tilio, volviéndose—. Hasta que no cambie esa ley, no puedo estar con ella.

—Exactamente —confirmó Paul—. Esa ley es bastante estricta. Y los únicos que la han mantenido al pie de la letra son los Elemens. Por eso hay tantos subreinos o reinos que ni siquiera conocemos. Eran parejas que expulsaron de sus clanes. Y del Reino de Draxcan. Hicieron sus propios reinos y subreinos. Afuera de aquí.




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