Las Crónicas de Draxcan - Volúmen 4

Capítulo VII: Los Ojos de la Oscuridad

La carta de Sudrac no solo llevaba un mensaje para la Convención. Llevaba algo más. Algo que ni siquiera Darmir había advertido.

Cuando el pequeño dragón cruzó el cielo nocturno de Draxcan, su sombra se proyectó sobre los techos de las casas, sobre las torres del castillo, sobre los jardines donde Tilio y Paul habían paseado horas antes. Pero esa sombra no era normal. Se movía con una lentitud deliberada, como si tuviera voluntad propia. Y donde caía, la oscuridad se espesaba.

Los guardias que patrullaban las murallas no lo notaron. Los magos que vigilaban el perímetro con sus hechizos de detección tampoco. La magia de Sudrac no era la magia de los dioses elemens. Era más antigua. Más sutil. Era el Caos disfrazado de sombra.

Y el Caos, pensaba Nalia mientras observaba a través de los ojos de su creación, siempre encontraba la manera de filtrarse.

En el Reino Subterráneo

Nalia estaba sentada en su trono de huesos, con los dedos entrelazados sobre el regazo. A su alrededor, las criaturas sombra se movían como peces en un banco, emitiendo chirridos agudos que solo ella podía interpretar.

Había visto la carta. Había visto el rostro de Soltra al leerla. Había visto la determinación en los ojos de los rebeldes.

—Todo avanza según lo planeado —murmuró.

Se levantó. Caminó hacia el centro de la cámara, donde los huevos del Caos flotaban en el aire como planetas en miniatura. Ya no eran docenas. Eran cientos. Cientos de huevos, cada uno del tamaño de un puño humano, cada uno con vetas doradas que pulsaban como venas.

Dentro de ellos, las criaturas de Nalia crecían. No tenían nombre, no tenían forma definida, no tenían otra voluntad que la de su creadora. Eran armas. Eran soldados. Eran la llave que abriría las cadenas de Equimio.

Nalia acarició el huevo más grande. El que contenía a su primogénito. El que abriría el camino para los demás.

—Pronto —susurró—. Muy pronto.

El huevo latió. Una vez. Dos veces. Tres veces. Como un corazón que se prepara para nacer.

En el Castillo Dracking

Tilio no durmió esa noche. No podía. Las palabras de Paul resonaban en su cabeza como campanas de iglesia.

"Debes terminar esa relación inmediatamente."

"Los únicos que han mantenido esa ley al pie de la letra son los Elemens."

"Falta lo más difícil. Convencer a los demás."

Se levantó de la cama. Se vistió. Salió al pasillo. No sabía adónde iba. Sus pies, más sabios que su mente, lo guiaron hacia la biblioteca.

La puerta estaba entreabierta.

Dentro, alguien había encendido una vela.

—¿Paul? —preguntó Tilio, asomándose.

No era Paul.

Seraphine estaba sentada en el sillón que él había ocupado horas antes, con un libro abierto sobre las rodillas. No lo estaba leyendo. Sus ojos, fijos en la llama de la vela, tenían una expresión que Tilio no sabía descifrar.

—¿No puedes dormir? —preguntó, entrando.

—No —respondió ella, sin levantar la vista—. Pensaba en lo que dijo Paul. Sobre la ley. Sobre los subreinos. Sobre las parejas que expulsaron.

Tilio se sentó a su lado.

—También yo.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Seraphine, cerrando el libro—. No podemos seguir así para siempre. Ocultándonos. Mintiendo.

—No lo haremos —dijo Tilio—. Sembraré la semilla. Hablaré con los clanes uno por uno. Buscaré aliados. Y cuando tenga suficientes, cambiaré la ley.

—¿Y cuánto tiempo llevará eso?

Tilio guardó silencio.

—No lo sé —admitió—. Años, quizás. Pero no me rendiré.

Seraphine apoyó la cabeza en su hombro.

—Yo tampoco —murmuró.

La vela parpadeó. El fuego crepitó. En algún lugar bajo tierra, Nalia sonrió.

El Viaje de Darmir

Darmir y Kidtez caminaban por un sendero de montaña, flanqueados por pinos negros que se elevaban hacia el cielo como dedos acusadores. El aire era frío, tan frío que la respiración se condensaba en pequeñas nubes de vapor.

—¿Cuántos subreinos hemos conquistado? —preguntó Darmir, sin mirar a su compañero.

—Siete —respondió Kidtez—. Ocho si contamos el que tomamos esta mañana.

—Muy pocos. Necesitamos más.

—Los encontraremos.

Darmir se detuvo. Observó el paisaje. Las montañas se extendían a lo lejos, cubiertas de nieve perpetua. Más allá, imaginaba, había tierras que ni los mapas más antiguos registraban.

—El plan de Cilion era ridículo —dijo—. Cinco años para viajar a unos pocos subreinos. No entendía la magnitud de lo que intentaba.

—Por eso nosotros estamos aquí —respondió Kidtez—. Nosotros sí entendemos.

Reanudaron la marcha. La nieve crujía bajo sus botas.

—¿Crees que la Convención nos esperará? —preguntó Kidtez—. Diez años es mucho tiempo. Pueden perder la fe.

—No la perderán —dijo Darmir—. Porque les enviaremos cartas. Y cada carta les recordará que estamos trabajando para ellos. Que pronto tendrán el ejército que necesitan para derrocar a Tilio.

—¿Y si alguien descubre la verdad?

—Nadie descubrirá nada. Porque nosotros somos la verdad ahora.




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