Las Crónicas de Draxcan - Volúmen 4

Capítulo VIII: Las Grietas del Poder

Los días se convirtieron en semanas. Las semanas, en meses. El otoño llegó a Draxcan con una paleta de colores ocres y rojizos que teñían las copas de los árboles como si el propio cielo hubiera decidido pintar el reino de luto.

En el castillo Dracking, la rutina de Tilio se había vuelto más pesada, más densa. Los informes de los delegados imperiales llegaban cada mañana, apilándose sobre su mesa como losas que amenazaban con sepultarlo. Las quejas de los distritos, las disputas entre clanes, las solicitudes de audiencia, los partes militares, las cartas de los subreinos que pedían más ayuda de la que Tilio podía dar.

Y, en medio de todo eso, la sombra de la ley prohibida.

Tilio no había vuelto a mencionar el tema con Paul. No había vuelto a mencionarlo con nadie. Pero la idea seguía allí, latente, creciendo en la oscuridad de su mente como las criaturas de Nalia crecían en sus huevos.

Seraphine había vuelto a sus funciones como Comandante de Divisiones. Pasaba la mayor parte del tiempo supervisando el entrenamiento del ejército, inspeccionando las guarniciones de los distritos, asegurándose de que las órdenes de Tilio se cumplieran al pie de la letra. Sus encuentros se habían vuelto más raros, más furtivos. Un beso robado en un pasillo vacío. Una mirada cruzada durante una reunión del senado. Una noche, de vez en cuando, en la que ella se deslizaba en sus aposentos después de que los sirvientes se hubieran retirado.

No era suficiente. Pero era lo que tenían.

Paul y la Carta

Paul seguía en Draxcan. No había vuelto a Eltrix, aunque Tilio le había ofrecido varias veces una escolta para el regreso. "Todavía no", respondía Paul cada vez. "Todavía hay cosas que hablar. Todavía hay cosas que hacer".

Pero Tilio sabía que no era por eso. Paul estaba preocupado. Por él. Por Seraphine. Por la ley. Por lo que podía pasar si alguien descubría su relación.

Una tarde, mientras paseaban por los jardines del castillo —ya sin los soldados formados en filas, sin las reverencias protocolarias, solo dos amigos caminando entre arbustos de rosas mustias—, Paul habló.

—He estado pensando —dijo—. En lo que me pediste. El cambio de la ley.

Tilio se detuvo.

—¿Y?

—Y creo que... quizás... hay una forma.

—¿Cuál?

Paul guardó silencio un momento. Los tatuajes en su cuello brillaron con un tono rojizo.

—Los Elemens somos los más poderosos. Pero también los más apegados a la tradición. Si logras convencer a los ancianos de Eltrix... si logras que ellos apoyen el cambio... los demás clanes seguirán.

—¿Cómo voy a convencer a los ancianos de Eltrix? —preguntó Tilio—. Ni siquiera me dejaron entrar en su ciudad hasta que no mostré las credenciales de asistente del Gran Reax.

—Necesitas una carta de presentación. Algo que demuestre que no eres una amenaza. Que respetas su cultura. Que no quieres imponerles nada.

—¿Y qué podría ser eso?

Paul sonrió. Una sonrisa enigmática, de las que Tilio no recordaba haberle visto nunca.

—Ya lo pensaré. Déjame unos días.

La Creación de Sudrac

En un valle escondido entre montañas que ningún cartógrafo había registrado, Darmir y Kidtez descansaban junto a una fogata. El fuego crepitaba lanzando chispas hacia el cielo estrellado, y el olor a pino quemado se mezclaba con el de la carne de conejo que asaban en una vara improvisada.

—Hemos cubierto ya once subreinos —dijo Kidtez, con la boca llena—. Once. En menos de tres meses.

—Pocos —respondió Darmir—. Necesitamos más.

—Los encontraremos.

—No podemos depender solo de los subreinos que Cilion conocía. Hay más allá. Mucho más allá. Territorios que ni siquiera los mapas más antiguos de Draxcan registran.

Kidtez lo miró.

—¿Cómo sabes eso?

Darmir se llevó un trozo de carne a la boca. Masticó lentamente.

—Porque Nalia me lo mostró. En el momento de mi creación. Me mostró el mundo desde arriba. No solo Draxcan. Todo el continente. Y más allá del continente, otros continentes. Otras civilizaciones. Otras guerras.

Kidtez guardó silencio. Su hermano —más nuevo, pero más poderoso— siempre lo sorprendía.

—Entonces necesitaremos más tiempo —dijo finalmente.

—Mucho más —confirmó Darmir—. Diez años, quizás. Quizás veinte.

—¿Y la Convención? ¿Nos esperará tanto?

Darmir arrojó el hueso del conejo al fuego. Las llamas lo devoraron en segundos.

—No les daremos opción.

Se incorporó. Estiró los brazos. Miró el cielo.

—Sudrac —llamó.

El pequeño dragón, que había estado durmiendo enroscado en una rama cercana, abrió un ojo. Chilló. Voló hacia él y se posó en su hombro.

—¿Ya hay que enviar otra carta? —preguntó Kidtez.

—No. Esto es otra cosa.

Darmir extendió su mano derecha. La oscuridad comenzó a formarse entre sus dedos, igual que cuando había creado a Sudrac. Pero esta vez, la forma era diferente. Más grande. Más amenazante.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Kidtez, incorporándose.

—Preparándonos para el futuro.

De la oscuridad surgió una criatura similar a Sudrac, pero el doble de grande. Sus alas eran más anchas, sus garras más afiladas, sus ojos más rojos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.