Las Crónicas de Draxcan - Volúmen 4

Capítulo IX: Los Ojos en la Sombra

La orden de Tilio se extendió por el castillo como un reguero de pólvora. Los generales partieron al día siguiente, cada uno en dirección a su zona asignada, llevando consigo escoltas de soldados de élite y magos rastreadores entrenados para detectar cualquier anomalía en los territorios que visitaran.

Elroan fue el primero en salir, al amanecer. Su caballo blanco, de crines plateadas, trotaba con una elegancia que contrastaba con la rudeza del camino. Detrás de él, una docena de jinetes elfos con armaduras de escamas verdes y arcos de madera de cedro.

Aldric partió una hora después. No cabalgaba. Prefería viajar en una carreta cubierta, donde podía revisar informes y mapas mientras el vehículo avanzaba. Sus acompañantes eran magos jóvenes, recién salidos de las academias, ansiosos por demostrar su valía.

Marcus salió al mediodía. No llevaba escolta. Solo él y su caballo negro, que había bautizado con el nombre de Tormenta —igual que el caballo de Tilio, aunque el suyo era más viejo y más terco.

Seraphine fue la última. Esperó hasta que el sol comenzó a descender hacia el horizonte, tiñendo el cielo de un color naranja sanguinolento. Quería despedirse de Tilio. No del Gran Sabio. De él. Del hombre.

—Cuídate —dijo Tilio, en el patio trasero del castillo, donde nadie podía verlos.

—Siempre lo hago —respondió Seraphine, ajustando la cincha de su montura.

—No me refiero a eso.

Ella se volvió. Lo miró. Los ojos grises de ella se encontraron con los grises de él.

—Saldré bien —dijo—. Y volveré.

—Lo sé.

—Entonces... ¿por qué pones esa cara?

Tilio no respondió. No sabía cómo explicar que, desde que asumió el cargo, cada despedida le parecía la última. Cada vez que alguien se alejaba, sentía que no volvería a verlo.

—Cuídate —repitió, en lugar de todo lo que quería decir.

Seraphine montó. Su caballo, un corcel negro de pura sangre Elemens, relinchó impaciente.

—Vuelve pronto —dijo Tilio.

—Lo haré.

Espoleó su caballo. El animal salió al galope, levantando una nube de polvo que se llevó el viento.

Tilio se quedó mirando el horizonte hasta que la silueta de Seraphine se perdió entre los árboles.

El Viaje de Seraphine

Los primeros días del viaje fueron tranquilos. Los caminos del este, aunque menos transitados que los del oeste o el norte, estaban en buen estado. Las posadas donde se hospedaban los soldados ofrecían camas limpias y comida caliente, y los lugareños saludaban a la comitiva con una mezcla de respeto y curiosidad.

Pero al quinto día, todo cambió.

Llegaron a las afueras de un subreino llamado Korma, enclavado en un valle rodeado de colinas cubiertas de robles centenarios. Seraphine había oído hablar de Korma. Era un lugar pequeño, apenas unas pocas docenas de familias, dedicadas a la cría de caballos y al cultivo de cereales. No tenía importancia estratégica. No tenía recursos valiosos. Pero estaba allí, y Tilio le había ordenado que investigara.

—Comandante —dijo uno de los soldados, un joven Elemens de cabello rubio—. Algo huele mal.

—¿A qué te refieres?

—A humo. Y no es de chimeneas. Es a humo de incendio.

Seraphine alzó la vista. En el horizonte, una columna de humo se elevaba hacia el cielo, negra y espesa.

—Rápido —ordenó—. Que los magos preparen hechizos de extinción. El resto, armas listas.

Entraron en Korma al galope.

El subreino estaba en llamas.

Las Cenizas de Korma

Las casas ardían. Los graneros ardían. Los árboles que bordeaban el camino ardían. El humo era tan denso que los soldados tosían y sus ojos lloraban. Los magos, con sus hechizos de extinción, lograron apagar algunos focos, pero la mayoría de las llamas ya habían consumido todo lo que podían consumir.

Seraphine desmontó. Caminó entre las ruinas.

No había cadáveres. Eso era lo más extraño. Había cenizas, sí. Había restos de lo que alguna vez fueron muebles, ropas, herramientas. Pero no cuerpos.

—Comandante —dijo el soldado rubio, acercándose—. Hemos registrado todo el perímetro. No hay supervivientes. Tampoco hay muertos.

—¿Cómo que no hay muertos?

—No hay cuerpos, señora. Ni humanos, ni animales. Es como si... como si todos se hubieran ido antes del incendio.

—¿O como si alguien se los hubiera llevado? —preguntó Seraphine, más para sí misma que para el soldado.

—¿Quién iba a hacer algo así?

Seraphine no respondió. Se agachó. Recogió un puñado de ceniza. La dejó caer entre sus dedos.

—Quiero que busquen cualquier rastro. Huellas. Señales de lucha. Restos de campamentos. Cualquier cosa.

Los soldados se dispersaron.

Seraphine se quedó sola en medio de las ruinas, rodeada por el olor a muerte y desolación.

—¿Qué pasó aquí? —murmuró.

El viento no le respondió. Solo trajo más humo, más ceniza, más preguntas sin respuesta.

El Descubrimiento

Fue uno de los magos quien encontró la pista. No era joven. Tenía el rostro surcado por arrugas y las manos manchadas de tinta de los informes que llevaba años redactando. Se acercó a Seraphine con una libreta abierta.




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