Legion de Acero

CAPITULO 2

Durante casi veinte minutos, Noble Escarlata recorrió los antiguos túneles bajo Nueva Zenda.

Las paredes de piedra estaban iluminadas por cristales rojizos que marcaban el camino hacia el exterior.

Por primera vez en semanas no escuchaba órdenes.

No escuchaba espadas.

No escuchaba gritos de guerra.

Solo el sonido de sus propios pasos.

Finalmente llegó a una escalera de piedra.

Subió lentamente.

Al final encontró una pequeña puerta oculta bajo un viejo granero.

La abrió.

Y salió a la superficie.

La noche había caído.

Una suave brisa recorría los campos.

Frente a él se extendía la Hacienda Flamante.

La propiedad estaba rodeada por árboles, jardines y cercas de piedra.

Había huertos perfectamente cuidados.

Un pequeño vivero lleno de flores y plantas medicinales.

Un estanque donde descansaban algunos patos.

Más allá podían verse los establos y los corrales de animales.

Las luces cálidas de la casa brillaban entre la oscuridad.

Era un lugar tranquilo.

Un lugar que valía la pena proteger.

Su hogar.

Dares caminó por el sendero principal.

Cada paso alejaba un poco más al Noble Escarlata.

Y acercaba nuevamente a Dares Flamante.

Cuando abrió la puerta principal, un aroma delicioso llenó sus sentidos.

Café recién preparado.

Pan caliente.

Canela.

Hierbas aromáticas.

La cocina estaba iluminada por lámparas mágicas.

Y allí estaba ella.

Mara.

Su cabello castaño caía suavemente sobre sus hombros.

Sus ojos brillaban bajo la luz cálida de la cocina.

Su sonrisa era suficiente para hacer desaparecer semanas enteras de cansancio.

Vestía ropa sencilla de trabajo y aún llevaba algunas manchas de tinta en las manos por sus horas en la biblioteca.

Para Dares, seguía siendo la mujer más hermosa del reino.

Él avanzó lentamente.

Mientras caminaba, retiró la máscara marrón.

Por primera vez en días quedó visible su verdadero rostro.

Cabello oscuro.

Piel morena.

Rasgos marcadamente mexicanos.

Una barba corta cuidadosamente arreglada.

El rostro de un hombre común.

No el de una leyenda.

Los ojos de Mara se humedecieron inmediatamente.

—Volviste.

Dares sonrió.

—Volví.

Antes de que pudiera decir algo más, Mara corrió hacia él.

Lo abrazó con fuerza.

Y él la sostuvo entre sus brazos.

Durante varios segundos ninguno habló.

Simplemente disfrutaron el momento.

El hecho de volver a encontrarse.

De saber que seguían juntos.

Después llegaron las risas.

Las preguntas.

Las historias.

La cena.

Horas después continuaban conversando mientras compartían café y pan recién horneado.

Por una noche, no existían guerras.

Ni dragones.

Ni batallas.

Solo ellos.

Más tarde se retiraron a su habitación.

Una habitación amplia y acogedora con vistas a los jardines de la hacienda.

Allí hablaron durante horas sobre todo lo ocurrido durante las semanas anteriores.

Mara escuchó cada historia.

Cada anécdota.

Cada preocupación.

Después preparó algunas hierbas medicinales de su vivero.

Con paciencia comenzó a tratar los cortes y golpes superficiales que Dares había recibido durante la campaña.

—Deberías cuidarte más.

—Intentaré que los dragones cooperen la próxima vez.

Mara soltó una carcajada.

—Claro. Estoy segura de que obedecerán.

Dares sonrió.

Aquella risa valía más que cualquier victoria.

Finalmente ambos se acomodaron bajo las mantas.

El silencio de la noche envolvía la hacienda.

Afuera, el viento movía suavemente los árboles.

Dentro, todo estaba en calma.

Por primera vez en mucho tiempo, Dares no pensó en guerras.

No pensó en enemigos.

No pensó en armaduras.

Solo pensó en Mara.

Y mientras el sueño comenzaba a vencerlo, una sola idea ocupó su mente.

Durante los próximos días habría paz.

Y eso era más que suficiente.

Mientras Dares Flamante descansaba junto a Mara, Nueva Zenda continuaba brillando bajo la noche.

Las calles estaban iluminadas por cientos de lámparas mágicas.

Siglos atrás, sabios, magos y genios habían trabajado juntos para crear una fuente de energía estable basada en cristales encantados.

Aquella energía alimentaba faroles, talleres, bibliotecas y edificios públicos.

Muchos viajeros afirmaban que ninguna ciudad del continente brillaba tanto después del anochecer.

Las familias caminaban por las plazas.

Los estudiantes salían de las universidades.

Las cafeterías seguían abiertas.

Los guardias patrullaban tranquilamente las calles.

Por una noche, Nueva Zenda parecía estar en paz.

A varios cientos de kilómetros de distancia y horas pasadas, el ejército de Uniestado continuaba su largo regreso.

Aún faltaban cuatro días para llegar a casa.

El ambiente era muy distinto.

No había celebraciones.

No había canciones.

Solo cansancio.

Derrota.

Y silencio.

Dentro de su carroza, el rey Lancero IV revisaba informes junto a varios comandantes.

Una esfera de comunicación descansaba sobre la mesa.

De repente comenzó a brillar.

La voz de un mensajero resonó en el interior.

—Majestad, acabamos de recibir información urgente.

El rey levantó la vista.

—Habla.

—El Reino Scar está movilizando tropas en la frontera norte.

La expresión de los comandantes cambió inmediatamente.

—Nuestros exploradores calculan que podrían iniciar una ofensiva en aproximadamente dieciséis días.

El silencio llenó la carroza.

Dieciséis días.

Eso significaba que apenas regresarían a casa tendrían que prepararse para otra guerra.

Lancero IV cerró lentamente los ojos.




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