Legion de Acero

CAPITULO 3

El amanecer llegó sobre Nueva Zenda con una tranquilidad que parecía imposible encontrar en los campos de batalla.

Los primeros rayos de sol iluminaron los bosques, los ríos y los tejados de las casas.

Las lámparas mágicas de las calles comenzaron a apagarse una por una mientras la ciudad despertaba.

A lo lejos se escuchó el canto de un gallo.

La mañana había comenzado.

En la Hacienda Flamante, Dares abrió los ojos lentamente.

Por primera vez en semanas despertó en su propia cama.

Junto a él, Mara comenzaba a desperezarse.

Ambos intercambiaron una sonrisa.

No hubo prisas.

No hubo órdenes militares.

No hubo alarmas.

Solo una mañana normal.

Tras vestirse, realizaron sus rutinas habituales de higiene.

En Nueva Zenda, gracias a siglos de avances en salud pública y educación, el cuidado personal era parte de la vida diaria.

Después bajaron al patio.

Dares se dirigió al granero.

En una zona lateral había varias máquinas de entrenamiento construidas por artesanos e ingenieros del reino.

Poleas.

Pesas.

Contrapesos.

Barras de acero.

Aunque estaba de vacaciones, el Noble Escarlata jamás descuidaba su condición física.

Mara se unió durante algunos minutos.

Realizó algunos ejercicios ligeros mientras se reían y conversaban.

—No entiendo cómo disfrutas levantar cosas tan pesadas.

—No entiendo cómo disfrutas leer libros de mil páginas.

—Tienen ilustraciones.

—Eso cambia todo.

Ambos rieron.

Después regresaron a la casa para desayunar.

Huevos recién preparados.

Tocino.

Pan caliente.

Café.

Y agua fresca del sistema de acueductos.

Era una comida sencilla.

Pero para Dares sabía mejor que cualquier banquete real.

Cuando terminaron, Mara se preparó para salir.

Se bañó.

Arregló su cabello castaño.

Tomó algunos documentos y libros.

Y poco antes de las ocho de la mañana salió rumbo a la Gran Biblioteca de Nueva Zenda.

—Nos vemos esta tarde.

—No trabajes demasiado.

—Lo mismo digo.

Mara sonrió antes de alejarse por el camino principal.

Dares observó cómo desaparecía entre los árboles.

Después comenzó sus propias tareas.

Recogió huevos del gallinero.

Alimentó a los animales.

Revisó cercas.

Cuidó algunas plantas medicinales del vivero.

Ordenó herramientas.

Inspeccionó los corrales.

Aquellas labores podían parecer simples.

Pero le gustaban.

Le recordaban que existía un mundo más allá de las guerras.

Horas después regresó a la casa.

Se bañó.

Se puso ropa limpia.

Y finalmente emprendió camino hacia el pueblo.

Su destino era la Carnicería Flamante.

Un negocio familiar muy conocido en la zona.

Aunque era el propietario, normalmente gran parte del trabajo administrativo lo realizaba desde casa.

Sin embargo, durante sus días de descanso quería atender personalmente el local.

Al llegar encontró a su hermano Liam organizando mercancía.

Dos trabajadores más acomodaban productos para la jornada.

La campana de la puerta sonó cuando Dares entró.

—Miren quién decidió trabajar.

Liam sonrió.

—Creí que te habías acostumbrado a que otros hicieran el trabajo pesado.

—Y yo creí que te habías acostumbrado a no quejarte.

Los hermanos se dieron un fuerte abrazo.

Durante unos instantes, Dares olvidó completamente las armaduras.

Las batallas.

Los dragones.

Y las responsabilidades del Hexágono.

Aquella mañana no era Noble Escarlata.

Era simplemente Dares Flamante.

Carnicero.

Esposo.

Hermano.

Y ciudadano de Nueva Zenda.

Sin saber que, muy lejos de allí, una oscuridad comenzaba a crecer en el corazón de Uniestado.

Aquí tienes la continuación del capítulo:

La Carnicería Flamante ocupaba una esquina importante del mercado principal de Nueva Zenda.

El edificio estaba construido con piedra clara y madera oscura cuidadosamente trabajada.

Grandes ventanales permitían observar el interior.

Un letrero tallado mostraba un toro sobre un escudo familiar.

Desde temprano llegaban clientes.

Familias.

Cocineros.

Posaderos.

Restaurantes.

Todos conocían la calidad de la carne vendida por los Flamante.

Detrás del mostrador se encontraba Liam Flamante.

A diferencia de Dares, Liam llevaba una vida completamente pública.

Era copropietario de la carnicería y dueño de la Perfumería Aromas del Valle, una de las más exitosas de Nueva Zenda.

Su situación económica era excelente.

No era noble ni pertenecía a la familia real, pero vivía cómodamente.

Sin embargo, el dinero nunca había cambiado su personalidad.

Liam era tranquilo.

Paciente.

Amigable.

Sus mayores placeres eran pescar en los lagos cercanos y fabricar pequeños juguetes de madera durante su tiempo libre.

Muchos niños del pueblo conservaban figuras hechas por él.

Aquella mañana trabajaba organizando pedidos cuando vio llegar a su hermano.

—Pensé que te quedarías descansando diez días.

—Yo también lo pensé.

—Entonces claramente algo salió mal.

Los dos rieron.

Pronto comenzó la jornada.

Dares ayudó a descargar mercancía.

Movió cajas.

Transportó piezas de carne hacia las cámaras de conservación.

Atendió clientes.

Realizó cortes precisos utilizando años de experiencia.

A veces incluso ayudaba a limpiar el local.

Muchos clientes no podían evitar sonreír al verlo trabajando.

Si alguien observaba aquella escena jamás imaginaría que aquel hombre era uno de los guerreros más famosos del continente.

Las calles de Nueva Zenda estaban llenas de vida.

Mercaderes abrían sus negocios.

Panaderos preparaban hornadas frescas.




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