Legion de Acero

CAPITULO 4

La tarde caía lentamente sobre Nueva Zenda.

El cielo adoptaba aquellos tonos azul oscuro y violeta que parecían propios de otro mundo. Las montañas lejanas se convertían en siluetas negras mientras las primeras estrellas comenzaban a aparecer.

Las lámparas mágicas de las calles empezaban a encenderse una a una.

Su luz dorada iluminaba caminos de piedra, puentes, jardines y plazas.

El pueblo seguía vivo.

Los panaderos cerraban sus negocios.

Los estudiantes abandonaban universidades y escuelas.

Los pescadores regresaban desde la costa.

Las tabernas comenzaban a llenarse.

Los niños corrían por las calles antes de que sus padres los llamaran a casa.

Nueva Zenda parecía estar disfrutando una noche más de paz.

En lo alto de la enorme Fortaleza Real, Arthur V observaba el horizonte desde una sala de estrategia.

La habitación estaba iluminada por esferas mágicas suspendidas en el aire.

Mapas cubrían varias mesas.

Alrededor del rey se encontraban los principales comandantes del reino.

Aurelian Drakhar, Gran Maestre de la Legión.

Generales.

Consejeros.

Sabios.

Y la Archimaga Real.

Una esfera de comunicación flotaba en el centro de la mesa.

Su superficie mostraba una imagen distorsionada.

El emisario del Reino Scar.

Su rostro estaba lleno de preocupación.

—Majestad... nuestras fronteras han caído.

El silencio llenó la habitación.

Arthur frunció el ceño.

—¿Uniestado?

—Sí.

—¿Cuántos hombres?

—No lo sabemos.

Porque siguen levantándose.

La sala quedó inmóvil.

Algunos comandantes intercambiaron miradas.

El emisario continuó.

—Nuestros soldados muertos regresan a luchar junto a ellos.

Nuestras murallas cayeron en menos de un día.

Nuestros hechiceros dicen que esto no es magia normal.

La comunicación comenzó a distorsionarse.

Antes de desaparecer completamente, la última frase llegó con claridad.

—Si Nueva Zenda es nuestro aliado... prepárense.

Porque vendrán por ustedes.

La esfera se apagó.

Nadie habló durante varios segundos.

Finalmente la Archimaga Real se puso de pie

Era una anciana de cabello blanco que había servido a tres generaciones de reyes.

Sus ojos reflejaban preocupación.

Algo que rara vez ocurría.

—He consultado mis visiones.

Arthur levantó la mirada.

—¿Y?

—Vi oscuridad alrededor de Lancero IV.

Vi algo antiguo.

Algo maligno.

Intenté buscar hechizos puros.

Protecciones.

Respuestas.

Pero cada camino desaparecía.

Como si algo estuviera ocultándose de mí.

La mujer guardó silencio.

—Lo que viene no es una guerra común.

Aurelian Drakhar apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Entonces debemos movilizar a los Hexágonos.

Arthur observó el mapa.

Scar.

Uniestado.

Nueva Zenda.

La distancia entre ellos parecía mucho más corta de repente.

Finalmente tomó una decisión.

—Activen la señal.

Pocos minutos después.

En lo alto de la fortaleza.

Un enorme mecanismo mágico fue preparado.

Cristales brillaron.

Runas se iluminaron.

Y una explosión de luz atravesó el cielo.

Una columna de humo rojo surgió sobre el castillo.

Luego otra azul.

Otra verde.

Otra blanca.

Otra negra.

Otra gris plateada.

Los colores de los seis guerreros del Hexágono de Honor y Acero.

Todo Nueva Zenda la vio.

Desde los mercados.

Desde las tabernas.

Desde los puentes.

Desde los muelles.

Desde las universidades.

Desde los bosques cercanos.

La gente levantó la vista.

Las conversaciones se detuvieron.

Los músicos dejaron de tocar.

Los comerciantes observaron el cielo.

Porque aquella señal tenía un significado.

Solo aparecía cuando el reino enfrentaba una amenaza extraordinaria.

En la Gran Biblioteca, Mara se quedó inmóvil junto a una ventana.

Observó las columnas de colores elevarse hacia el cielo azul violáceo.

Su corazón se aceleró.

Sabía exactamente lo que significaba.

—No...

susurró.

En la Carnicería Flamante, Dares estaba atendiendo a un cliente cuando vio el reflejo de la señal en una ventana.

No necesitó escuchar ninguna explicación.

Reconoció los colores inmediatamente.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

Luego respiró profundamente.

—Liam.

Su hermano ya estaba mirando el cielo.

—Ve.

Dares asintió.

Los dos entendían.

No hacían falta palabras.

Por toda Nueva Zenda ocurrió lo mismo.

Un profesor cerró un libro.

Un guardabosques abandonó un sendero.

Un ingeniero dejó planos sobre una mesa.

Un maestro de esgrima terminó una lección.

Los seis habían visto la señal.

Y ninguno dudó.

Al caer completamente la noche.

Las figuras encapuchadas comenzaron a desaparecer del pueblo.

Vestían túnicas marrones.

Máscaras marrones sencillas.

Parecían viajeros comunes.

Nadie sospecharía quiénes eran realmente.

Uno por uno regresaron a sus hogares.

Recogieron sus pertenencias.

Abrieron entradas ocultas.

Y descendieron hacia los túneles secretos.

Profundos.

Antiguos.

Protegidos por magia de los fundadores de Nueva Zenda.

Kilómetros de pasadizos recorrían el subsuelo.

Solo los auténticos miembros del Hexágono podían utilizarlos.

Cualquier intruso sería enviado a rutas falsas perdidas bajo las montañas.

Dares descendió por la escalera oculta de su granero.

La antorcha mágica iluminó las paredes.

Antes de desaparecer bajo tierra, levantó la vista.

A lo lejos podía ver las luces de su hogar.

Y una silueta observándolo desde la puerta.

Mara.




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