Legion de Acero

CAPITULO 5

Tras un breve descanso, los caballeros se equiparon nuevamente, ocultando sus rostros y personalidades tras el frío metal de sus armaduras. Salieron del hotel hacia las calles de Uniestado, donde el amanecer apenas se distinguía; el cielo se mantenía sumido en una penumbra perpetua, una característica de la región que apenas permitía breves y fugaces momentos de luz solar. Esta carencia de agricultura era la razón estratégica por la cual Uniestado ambicionaba la conquista de Nueva Zenda, buscando desesperadamente tierras donde el sol sí pudiera fecundar los campos.

El grupo ascendió por el camino empedrado que conducía a la imponente estructura. Al llegar al palacio, fueron escoltados hasta el salón principal, donde se encontraron con el segundo al mando del reino. El Rey de los caballeros, manteniendo el protocolo, tomó la palabra para relatar con sobriedad los peligros enfrentados durante el camino y la extraña naturaleza de las amenazas que habían hallado.

El segundo al mando escuchó con la actitud calculadora de un soberano, analizando cada palabra con sospecha. Tras un tenso diálogo, el alto oficial confirmó los temores de los caballeros: el Rey de Uniestado no era el mismo desde la última campaña militar. Según sus palabras, el monarca había comenzado a actuar de manera errática, distanciándose de sus consejeros y mostrando un comportamiento ajeno a su carácter habitual, sembrando la duda sobre qué fuerzas oscuras podrían estar manipulándolo desde la sombra.

El silencio se apoderó del salón en cuanto el guardia, un veterano de mirada cansada, se adelantó con paso dubitativo. Se inclinó ante el segundo al mando y ante los caballeros antes de hablar.

—Disculpen que me entrometa, mis señores, pero si buscan la raíz de este mal, deben saber lo que presencié esa noche en el bosque —comenzó el guardia, con la voz entrecortada—. Estábamos acampando a dos días al sur. Su Majestad, Lancero IV, comenzó a obsesionarse con una luz extraña; decía ver una «flama verde» entre los árboles, una que ninguno de nosotros alcanzaba a distinguir.

El guardia tragó saliva, visiblemente perturbado.

—De pronto, mientras lo observaba, su atención se desvió hacia la espesura. Cuando volví a dirigirle la palabra, el espacio donde estaba el Rey estaba vacío. Desapareció sin emitir sonido alguno, como si la misma niebla se lo hubiera tragado. Lo encontramos horas después, inconsciente junto al río, pálido y con una expresión gélida —continuó el guardia, dirigiendo una mirada de advertencia a los caballeros—. Desde esa noche, Su Majestad no es el mismo. Ya no es el estratega que conocíamos; sus órdenes son erráticas, sus ojos parecen mirar cosas que no están ahí, y a veces, en medio de la noche, lo he escuchado susurrarle a la nada sobre una victoria que le fue prometida a cambio de un precio que no termina de revelar.

El segundo al mando del reino, quien escuchaba con el rostro sombrío, asintió con lentitud.

—Es tal como temíamos —respondió el oficial, volviéndose hacia los caballeros—. El Rey ha cambiado desde que regresó de aquel bosque. Ha comenzado a hablar de ejércitos que no pueden morir y de un poder antiguo que hará que Nueva Zenda caiga ante nosotros. No es el monarca quien da las órdenes, sino algo que habita detrás de sus ojos.

El Hexágono de Honor y Acero intercambió miradas bajo sus cascos. Ya no se trataba solo de un rey peculiar; ahora comprendían que Lancero IV estaba atado a una fuerza oscura que, según el testimonio del guardia, se había manifestado en forma de aquella flama verde.

—Si el Rey ha sellado un pacto con lo que sea que habite en ese bosque, debemos encontrar el origen de esa influencia antes de que su ejército llegue a Scar —sentenció el Noble Escarlata, con voz grave—. Si esa bruja sigue con vida o si el recipiente que el Rey ingirió es la fuente, la guerra que se avecina no será de hombres, sino de sombras.

El segundo al mando los miró con desesperación.

—Las tropas están listas para marchar hacia Scar bajo las órdenes de un Rey que apenas reconoce a sus propios generales. Si van a hacer algo, el tiempo se les agota.

¿Cómo procedemos ahora? ¿Deciden los caballeros partir inmediatamente hacia el bosque para encontrar la cabaña de la bruja y el río donde fue hallado el Rey, o intentan primero infiltrarse en el campamento real para ver qué tipo de «ejército» está realmente bajo el mando de Lancero?

El Rey de Nueva Zenda, con la gravedad que la situación exigía, giró hacia su segundo al mando:

—Muy bien, ¿cuántos soldados nos quedan? —preguntó. Tras recibir la cifra exacta, ordenó que los prepararan de inmediato para lo que estaba por venir.

Acto seguido, trazó el plan de acción para el Hexágono de Honor y Acero: el Noble Zafiro, el Noble Morganita y el propio Rey de Nueva Zenda emprenderían la expedición junto con el guardia que había sido testigo de la aparición de la flama verde, con el fin de localizar a la bruja y poner fin a su influencia.

La preocupación no se hizo esperar entre los caballeros. El Noble Ónix alzó la voz, cuestionando la logística: —¿Cómo pretenden llegar a tiempo? Son dos días de camino —sentenció, recordando la premura del peligro.

El Noble Escarlata asintió, aportando una advertencia necesaria: —Y no olviden lo que sufrimos en el trayecto de venida; el camino está lejos de ser seguro.

Fue entonces cuando el Noble Diamante, recordando la naturaleza de las tierras que rodeaban Uniestado, lanzó una pregunta clave a los representantes del palacio: —Oigan, ustedes que conocen bien sus tierras... ¿hay dragones en las cercanías?

Los oficiales del palacio de Uniestado se miraron entre sí, y aunque el silencio fue tenso, la confirmación en sus ojos fue inequívoca. Ante esta revelación, se decidió que el grupo de búsqueda intentaría domar a una de estas bestias para reducir los tiempos de viaje. Mientras tanto, para asegurar la defensa del reino, el resto del Hexágono —el Noble Ónix, el Noble Escarlata y el Noble Diamante— se mantendrían en la frontera del norte, comandando el ejército restante para frenar cualquier incursión que pudiera surgir desde las filas del Rey Lancero IV.




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