El campo de batalla, una planicie yerma sembrada de rocas afiladas, se sumió en un silencio antinatural. El pequeño ejército de Uniestado, apenas cincuenta almas bajo el mando de Ónix, Escarlata, Esmeralda y Diamante, se erguía como un muro de acero. No había miedo en sus ojos, solo la resolución inquebrantable de lo que significa ser un caballero. A sus espaldas, el Rey de Uniestado se retorcía en una metamorfosis grotesca: su carne humana se resquebrajaba para dar paso a la armadura de hierro negro y energía vital del demonio.
Entonces, el cielo se rasgó. Desde el norte, una sombra devoradora descendió a velocidades imposibles: el dragón infernal, una aberración de metal líquido negro surcada por venas de luz verde esmeralda. Con un estruendo que hizo temblar la tierra, la bestia aterrizó, bloqueando el sol. Casi al mismo tiempo, un rugido grave y cálido resonó desde el sur. Era Magnus, el dragón de fuego rojo.
Sus escamas brillaban con un carmesí poderoso, aunque sus movimientos eran lentos; el dragón, aún debilitado por su cautiverio, apenas pudo aterrizar antes de desplomarse, gimiendo de dolor. Sabía que debía llegar a un volcán para recuperar su esencia, pero ante la urgencia de la batalla, dejó a sus jinetes a salvo en el campo antes de emprender su última fuerza hacia las montañas.
—¡Visores activados! —rugió Diamante. Los rostros de los caballeros se ocultaron tras sus yelmos, activando los sistemas de combate.
La lucha estalló con una violencia atronadora. El dragón infernal cargó, su cuerpo de metal líquido golpeando como una marea oscura.
Esmeralda se movía como una ráfaga, sus estocadas precisas buscaban las fisuras de energía verde del dragón, distrayendo a la bestia con acrobacias imposibles.
Diamante y Ónix formaron un frente de escudos, recibiendo el peso de las garras de obsidiana y devolviendo golpes que hacían saltar chispas de metal líquido.
Escarlata, sin embargo, desafiaba a la oscuridad, se lanzó directamente hacia la pata delantera de la criatura. Sus movimientos eran una danza de precisión letal; cada golpe de su espada, imbuida en un fuego sagrado, abría grietas en el metal negro, haciendo que la energía verde se filtrara y se disipara como humo tóxico. Escarlata no solo luchaba; él guiaba a los demás, sus ojos fijos en el demonio que cabalgaba sobre el lomo de la bestia, redirigiendo cada arremetida del dragón hacia las rocas más grandes para desestabilizarlo.
El campo era un caos de fuego, metal y magia. Mientras el dragón de metal líquido buscaba aplastar la resistencia humana, Escarlata se mantenía como el corazón de la defensa, su armadura destrozada pero su espíritu intacto, desafiando a la abominación a medir fuerzas contra el acero de un verdadero caballero.
Cuando el caos alcanzó su punto máximo y el dragón comenzó a enfocar su furia hacia el pueblo de Uniestado, el Rey, aún luchando contra la sombra que lo consumía, recuperó un destello de autoridad. Con voz rota por el esfuerzo, ordenó: "¡Caballeros, dejen esta vanguardia! ¡Su deber es proteger a su gente, el pueblo es primero!".
El plan cambió instantáneamente. La prioridad dejó de ser la victoria ofensiva para convertirse en un muro de contención humano. Aquí comenzó el despliegue épico de los Hexa:
Escarlata: Se convirtió en el pararrayos de la bestia. Con su armadura humeante, saltaba sobre las protuberancias de metal líquido del dragón, clavando su espada en las grietas donde la energía verde brotaba. Cada estocada era un desafío directo: "¿Es esto lo mejor que tienes?", gritaba mientras desviaba un zarpazo que habría nivelado una colina.
Zafiro y Morganita: Actuaban en sincronía perfecta. Mientras Zafiro lanzaba ráfagas de cortes rápidos para obligar al dragón a retroceder, Morganita utilizaba su arma para crear campos de fuerza que desviaban las salpicaduras de metal líquido candente, evitando que alcanzaran las casas cercanas. Eran el escudo y la lanza que mantenían a la bestia en el campo llano.
Ónix y Diamante: Se posicionaron en los flancos, unidos como un solo cuerpo. Ónix, con su fuerza bruta, recibía los golpes de la cola de la criatura, manteniendo su posición firme a pesar del impacto sísmico. Diamante, por su parte, buscaba puntos débiles en las patas traseras de la bestia, usando su técnica para inmovilizar los movimientos del dragón y evitar que avanzara un solo metro más hacia los muros.
Esmeralda: Se desplazaba con una agilidad casi sobrenatural, moviéndose por el aire y las rocas. Su papel era vital: vigilaba que ninguna chispa de fuego infernal escapara de la lucha. Con giros cerrados y saltos precisos, interceptaba los proyectiles de energía verde antes de que tocaran el suelo, desviándolos hacia el cielo con su capa imbuida en magia.
El Rey: Aunque el demonio forcejeaba por tomar el control total de sus extremidades, el Rey de Uniestado lograba mantener una resistencia interna asombrosa. Se veía luchando consigo mismo, a veces deteniéndose para contener una explosión de energía oscura que emanaba de su pecho, canalizándola hacia el suelo para evitar que sus propios hombres fueran alcanzados, sacrificando su salud física para que sus caballeros tuvieran un respiro.
La batalla se convirtió en un esfuerzo agónico por alejar a la bestia de las vidas inocentes. Zafiro y Morganita ejecutaron maniobras de distracción magistrales, utilizando sus armas para desviar los zarpazos de metal líquido y obligar a la criatura a moverse lejos del pueblo, alejando el peligro de los muros de Uniestado. En un instante de fuerza brutal, la criatura lanzó a los seis caballeros hacia un punto alejado del campo de batalla.
Al quedar solos frente a la amalgama de metal, almas y oscuridad, el pánico inicial dio paso al análisis táctico.
El plan de contención: Morganita insistió en que no debían buscar la destrucción total allí mismo, sino aislar a la bestia.
La revelación de la procedencia: Diamante recordó la fuente original, preguntando por el lugar donde habían rescatado al dragón de fuego.